El silencio que siguió a la amenaza de Christian era tan pesado que podía escuchar los latidos de mi propio corazón. Christian nos observaba como si fuéramos sus experimentos, con una calma que resultaba obscena.
—Espera… —la voz de Mauro salió ahogada—. Tú dijiste que íbamos a la misma clase… pero yo no estudio con ellos. Yo no debería estar aquí, Christian. Te has equivocado de persona.
—¿Qué dices, idiota? —Christian gruñó, acercándose de nuevo a Mauro con la mirada alterada.
—¡Que no soy yo! —gritó Mauro con desesperación—. Ellos van juntos, pero yo no. Me confundiste, por favor, déjame ir.
Christian lo miró fijamente durante unos segundos. Pude ver un destello de duda cruzando sus ojos, pero al parpadear, la incertidumbre fue reemplazada por una furia ciega.
—¿Estás diciendo que soy estúpido? —rugió Christian, mirándolo de forma amenazante—. Eres Jonathan y acabas de llegar a la ciudad hace un mes.
Mauro negó frenéticamente, pero antes de que pudiera articular otra palabra, Christian descargó en él toda la rabia de haber cometido un error. Le propinó un segundo puñetazo directo en la mandíbula. La cabeza de Mauro se sacudió violentamente y un hilo de sangre espesa comenzó a resbalar desde la comisura de su boca, manchándole la camiseta.
—¡Ya basta! —grité, sintiendo las lágrimas de impotencia quemándome los ojos—. ¡Déjalo en paz!
Christian me ignoró. Se frotó los nudillos contra el pantalón y volvió a posicionarse frente a los tres. Una sonrisa aterradora se dibujó en su rostro.
—No importa quién esté en el lugar de quién —sentenció con frialdad—. Ya estás aquí y ahora vas a jugar. Así que volvamos a lo importante: uno de ustedes decide quién vive y quién muere. Felipe, tú pareces el más valiente… o el más cobarde. ¿A quién quieres que eliminemos primero?
Miré a Felipe, esperando ver el mismo terror que Mauro y yo sentíamos. Sin embargo, él estaba extremadamente quieto. No me había dado cuenta, pero detrás de su espalda, sus dedos estaban logrando lo que ni Mauro ni yo habíamos conseguido. Sus manos estaban libres; las mantenía ocultas, esperando el momento exacto.
—¿Quieres una respuesta? —preguntó Felipe con voz ronca, sosteniéndole la mirada a Christian.
—Habla ya —respondió Christian, visiblemente emocionado.
—Mátalo a él —dijo Felipe con una seguridad que me desgarró el alma—. Mata a Dylan.
El mundo se detuvo. Mauro, a pesar del dolor, abrió los ojos de par en par. Sentí que el suelo bajo mi silla desaparecía. Felipe me había condenado en este estúpido juego; me había sentenciado a muerte.
—¡No! —grité aterrado—. ¡Por favor, no quiero morir!
Frente a mí, ahora estaban las tres personas: Christian acompañado de los dos enmascarados. Uno de ellos tenía mi celular en las manos y juro que pude ver que estaba escribiendo algo. El aparato llegó a las manos de Christian, quien sonrió y caminó hacia mí.
—Ya veo. El Jonathan de los mensajes es quien debería estar en su lugar.
Mauro me miró asustado, pero se mantuvo en silencio. Intenté leer la pantalla, pero con los movimientos de la mano temblorosa de Christian me fue imposible.
—Christian, tú no quieres hacer esto. Por favor, solo déjanos ir y nos olvidaremos de todo —supliqué, sintiendo el terror devorándome por dentro.
—¿Quieres que Jonathan venga a rescatarte? —se burló Christian sin despegar la vista de mi celular.
Negué con la cabeza. En el fondo quería decirle que sí, que deseaba que Jonathan viniera a salvarme, pero sabía que eso solo lo pondría en peligro, y eso no podía permitirlo.
—¿Es tu novio? —preguntó con una risa burlona. Por fin acercó el celular y pude ver un fragmento del chat.
Dylan: "No me ignores. Tal vez esta sea la última vez que hablamos."
Jonathan: "No eres él, no eres Dylan. ¿Qué mierda está pasando? ¿Dónde está? Te juro que si le haces daño te vas a arrepentir, idiota de mierda."
Dylan: "Qué miedo. Aún hay tiempo para que lo salves, supongo que ya debes saber dónde está, maldito homosexual."
El último mensaje estaba marcado como leído hace algunos minutos. Solo esperaba que Jonathan no fuera tan estúpido como para intentar salvarme. Sé que yo haría lo mismo por él, pero no quería que terminara en este infierno.
Al levantar la vista, vi a las dos personas enmascaradas; en sus manos portaban armas. El recuerdo del arma que vi bajo la almohada de Alejandro me invadió; se veían idénticas. Era una maldita arma real.
—Felipe nos pidió que te matemos, y eso es lo que haremos, Dylan —Christian sonrió y tomó una de las pistolas. La levantó de manera torpe y me apuntó directamente.
Ay, mierda. Cerré los ojos con fuerza, esperando el impacto, el momento en el que dejaría de existir y todos los problemas se quedarían aquí, sin mí para resolverlos.
—¿Por qué están grabando? —logré escuchar la voz de Mauro—. ¿Es una maldita broma?
Abrí los ojos nuevamente. Christian negaba con la cabeza y, justo cuando se disponía a apuntarme otra vez, un fuerte estruendo sacudió el sitio. Un destello de luz atravesó la sala.
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Editado: 19.05.2026