El trayecto en el auto se sentía irreal, como si nos moviéramos a través de una densa neblina que solo existía en mi cabeza. Mis manos no dejaban de temblar; aunque Jonathan estaba a mi lado al volante, yo seguía atrapado en la sensación de estar amarrado a aquella fría silla de metal. Saqué mi celular con torpeza y le escribí a Sarah. Necesitaba que fuera mi cómplice una vez más. Le pedí que les mintiera a mis padres; que les dijera que me quedaría a estudiar o a dormir en casa de un amigo. Omití el nombre de Erick; si ellos sospechaban algo, serían capaces de venir por mí y llevarme directo con mi abuela. No podía irme ahora, no cuando estaba tan cerca de entender este caos.
Jonathan conducía en un silencio sepulcral, pero el aire dentro del vehículo era asfixiante. En el asiento trasero, Felipe y Christian completaban un cuadro que parecía sacado de una pesadilla.
—Dylan… de verdad, yo pensaba que todo era solo una broma —la voz de Christian rompió el silencio. Tenía una suavidad fingida que me revolvió el estómago—. No quería que Mauro ni tú salieran heridos, fue solo la adrenalina. Perdóname, ¿sí?
Sentí su mano rozar mi hombro desde atrás. El gesto, que pretendía ser reconfortante, se sintió tan repulsivo como las amenazas que nos lanzó mientras estábamos cautivos. Mauro, a su lado, bufó molesto mientras se sobaba el rostro golpeado.
—Si sabías que era una broma, ¿por qué fuiste tan duro con Mauro? —intervino Erick, quien iba encogido contra la puerta, tratando de poner distancia de por medio.
—Solo hice lo que sentí correcto para que la broma fuera creíble. No me culpen por ser tan buen actor —Christian sonrió con cinismo—. Además, estaba muy nervioso, especialmente teniéndote a ti enfrente, Dylan. Te ves increíble cuando tienes miedo.
Jonathan apretó el volante con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos y aceleró bruscamente, dejando clara su furia ante el comentario. Mi mirada, sin embargo, estaba fija en Felipe. Él se mantenía en el otro extremo, pegado a la ventana, observando el camino con una seriedad imperturbable.
—Felipe —dije, y mi propia voz me resultó extraña, carente de cualquier rastro de la calidez de antes—. Tenemos que hablar. Ya leí el mensaje del "Desconocido", pero necesito saber qué puede ser tan grave como para que decidieras matarme.
Felipe tragó saliva. Su rostro era un mapa de pánico y nerviosismo.
—No aquí, Dylan —alcanzó a decir en un hilo de voz—. Cuando lleguemos lo haré. Solo puedo decirte que… no tuve opción.
El resto del camino fue una cuenta regresiva. Cuando finalmente estacionamos frente a la casa de Erick, supe que una parte de la noche estaba por terminar, pero otra más oscura comenzaba. Mi cuerpo dolía; mis muñecas, adormecidas y marcadas por las cuerdas, me ardían. Antes de siquiera tocar la perilla de la entrada, la puerta se abrió de par en par.
Gabriela fue la primera en salir. Corrió hacia su hermano y lo envolvió en un abrazo desesperado, sollozando sobre su hombro.
—Erick me contó todo. Estaba muerta de miedo, sabía que algo andaba mal, pero no que se trataba de un maldito secuestro —exclamó, mientras Mauro se quejaba suavemente por el dolor en su rostro.
—Por suerte llegaron a tiempo, o la historia sería otra —añadió Mauro, separándose de su hermana para entrar a la casa.
Los seguimos en silencio. El cansancio me estaba venciendo, pero me obligué a mantenerme en pie. Necesitaba saber qué ocultaba Felipe. Tal vez fuera lo mismo que atormentó a Alejandro: esa maldita foto que yo aún no veía y de la cual no conocía a los involucrados.
—Dylan, ¿cómo estás? —me preguntó Pablo, forzando una leve sonrisa.
—¿Tú lo sabías? —le espeté sin rodeos.
Pablo negó de inmediato, pero no le creí. Lo tomé del brazo y lo arrastré hasta la cocina, donde le mostré con rabia el mensaje que el "Desconocido" le había mandado a Felipe.
—¡Cálmate, Dylan! Yo no sabía nada —insistió—. De haberlo sabido, te habría avisado. Ya te dije que no dejaré que nada te pase, eres mi familia.
—No lo sé… ya no sé si puedo creerte. Tengo que saber la verdad antes de que sea demasiado tarde, Pablo.
—Lo único que debes saber —dijo él, bajando la voz— es que la razón por la que el "Desconocido" contacta a los demás es la misma por la que lo hizo con Alejandro: esa maldita foto que nunca debió existir.
Pablo dio media vuelta para marcharse, pero la puerta de la cocina se abrió de golpe. Era Jonathan. Sus ojos despedían chispas de furia.
—¿Quién estuvo contigo esa noche? —disparó Jonathan. Pablo retrocedió, confundido—. ¿Quién es tu cómplice? ¿Es Elena?
—Lo siento, Pablo —susurré apenas audible.
Jonathan lo tomó por el cuello de la camisa y lo empujó contra la barra de la cocina, haciendo que varios trastes cayeran al suelo con un estrépito metálico.
—¡Dime el puto nombre de tu cómplice! —rugió.
—¡Aléjate de mí, mierda! —Pablo se defendió con un empujón tan violento que hizo que Jonathan cayera al suelo.
Entonces, Pablo me miró. Su expresión de amigo protector se desintegró, reemplazada por un odio puro y una sensación de traición.
—Se suponía que me ayudarías, Dylan. Ya no puedo confiar en ti. Me largo de aquí, quédate con tu estúpido noviecito; no van a durar nada —se burló con amargura—. Pronto se dará cuenta de que eres un cobarde, que no puedes defenderte solo y que solo arrastras a quienes te rodean al mismo infierno que tú solito provocas. Da gracias que te aprecio, si no, ya estarías muerto.
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Editado: 19.05.2026