El silencio en la sala de Erick era tan denso que dolía. Pablo estaba acorralado contra la puerta, con la respiración entrecortada y la sangre de su nariz manchando el cuello de su camisa.
—¡Dilo de una vez, Pablo! —rugió Jonathan, dando un paso amenazante hacia él.
—¡No puedo! —chilló Pablo, rompiendo en un llanto que parecía desesperado, casi infantil—. ¡Ustedes no lo entienden! Si hablo, estoy muerto. Él no se detiene, él sabe todo lo que hacemos… ¡Me obligó! Yo solo quería protegerme, quería protegernos a todos.
Se dejó caer de rodillas, cubriéndose la cara con las manos y sollozando sobre cómo su vida se había vuelto un infierno desde aquella noche. Lo observé con una mezcla de náuseas y sospecha. Algo andaba mal; su reacción me parecía demasiado teatral, demasiado exagerada. Estaba seguro de que solo intentaba desviar la atención de lo que realmente importaba ahora.
—¿Quién es? —le pregunté. Mi voz salió casi como un susurro, cargada de una desconfianza que me quemaba la garganta.
Pablo levantó la vista. Al encontrarse con mis ojos, su llanto cesó abruptamente y me dedicó una leve sonrisa de lado. Se puso de pie con una calma que desmentía su crisis de hace un segundo.
—Edson —soltó finalmente, y el nombre cayó como una bomba en la habitación—. Edson estuvo conmigo esa noche. Él… él empezó todo.
Ay mierda. ¿Edson? Mi mente se convirtió en un torbellino. ¿Cómo era posible? Si él ayer tuvo la oportunidad de matarme y no lo hizo. No, debía haber un error; me costaba más creer que fuera él que sospechar de Felipe. Pero, ¿Edson?
Pablo disfrutó nuestra confusión. Mientras todos nos preguntábamos si Edson era realmente el asesino de Alejandro, él aprovechó el caos para escabullirse hacia la salida. Mauro, que era el más cercano, intentó ir tras él, pero Pablo nos detuvo con una mirada cargada de una furia animal antes de abrir la puerta.
—Si intentan seguirme, van a terminar igual que Karime —sentenció, y la puerta se cerró de golpe.
El impacto de sus palabras me dejó sin aire. Los recuerdos de esa mañana me golpearon: Karime saliendo de la casa furiosa por nuestra falta de respuestas. Ella se suponía que iría con Felipe, ¿cómo terminó con Pablo? ¿Qué le había hecho?
—¿Creen que Karime esté muerta? —preguntó Felipe, con la voz quebrada por la confusión.
—¿Quién es Karime? ¿Y qué mierda acaba de pasar? —intervino Christian, mirándonos como si estuviéramos en una película de terror de la que él no tenía el guion.
Gabriela se llevó las manos a la cara y rompió en un llanto desgarrador.
—¡Es mi culpa! —gritó—. Íbamos a ir tras Pablo, pero nos encontramos con ella e insistió en ir con Felipe. Le dijimos que Pablo era quien sabía la verdad… al final no fuimos, pero ella se aferró. Fue a casa de Pablo sola…
Mauro la abrazó con fuerza mientras ella se hundía en la culpa. Mi mente era un desastre. ¿Había sido Pablo quien asesinó a Alejandro? ¿Me había utilizado todo este tiempo? Me sentí como un estúpido. Debí delatarlo cuando supe que era él, Recordé las veces que Pablo me había defendido en la escuela, las veces que me dijo que era como de su familia. Había aceptado ayudarlo porque confiaba en él, y ahora resultaba que el monstruo siempre fue él.
—¿Qué haremos ahora? —la voz de Elena nos sobresaltó—. Les juro que no sabía nada, yo solo… solo tenía sexo con él.
—Ahora sabemos por qué nunca quiso involucrar a la policía; siempre tuvo miedo de que lo descubriéramos —dijo Jonathan, tecleando furiosamente en su celular. Me miró y, por primera vez en horas, la molestia en sus ojos había desaparecido, sustituida por una preocupación genuina que me dio un poco de paz.
—¿Los llamaremos ahora? —preguntó Felipe—. No sabemos qué pasó. Si realmente no fue Edson, lo meteremos en problemas. No podemos creerle a un asesino; tal vez solo lo dijo para distraernos.
Tenía razón. No podíamos confiar en la palabra de alguien que acababa de amenazarnos de muerte. Jonathan decidió que esperaríamos a que Edson viniera por la mañana para confrontarlo. El agotamiento finalmente nos venció.
Erick, aún asustado pero aliviado de no quedarse solo, nos ofreció las habitaciones de arriba. Mauro y Gabriela compartieron una, mientras que Jonathan y yo nos dirigimos a la otra. Nos detuvimos frente a una puerta llena de pegatinas rebeldes.
—Debe ser de su hermano, ¿no? —le sonreí débilmente.
—¿Vamos a dormir juntos? —preguntó él.
Asentí de inmediato. El cansancio me estaba matando. Apenas entramos, me desplomé en la cama y el sueño comenzó a vencerme. Escuché a Jonathan preguntar si quería ducharme con él, pero no alcancé a responder; me sumí en una oscuridad pesada.
***
Abrí los ojos lentamente. Los sentía pesados. Esperaba ver la luz del sol, pero la habitación seguía sumida en penumbras. El reloj marcaba las cinco de la mañana. Bostecé y miré a Jonathan, que dormía plácidamente a mi lado.
El sueño se me había ido. No podía sacar la imagen de Karime de mi cabeza. Aunque nunca nos llevamos bien, era horrible pensar que estaba muerta. Jonathan le había estado mandando mensajes, pero no había obtenido respuesta.
Me levanté con cuidado y salí al pasillo. El silencio era total. Con la pantalla del celular alumbrando el camino, bajé a la cocina por un vaso de agua. En los sillones vi a Elena y a Felipe, pero Christian no estaba. Pensé que estaría en el baño y no le di importancia.
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Editado: 19.05.2026