POV Karime.
Azoté la puerta al salir. La furia me nublaba la vista; no podía creer que esos imbéciles tuvieran al principal sospechoso frente a sus narices y simplemente decidieran cruzarse de brazos. ¿Qué mierda le sucede a Dylan? Pensé que él era el más interesado en encontrar al culpable de la muerte de Alejandro, pero ahora su actitud me genera más dudas que certezas.
Caminé a paso veloz, sintiendo el pavimento arder bajo mis pies. Necesitaba llegar a casa de Felipe cuanto antes. Tenía que hacerlo; no podía permitir que esta rabia me siguiera consumiendo. Yo quería a Alejandro, y si Felipe tuvo algo que ver con su muerte, juro que lo pagará caro.
—¡Karime! —una voz me sacó de mis pensamientos. Me giré de inmediato. —¿A dónde vas con tanta prisa? ¿Está todo bien?
Eran Gabriela y su hermano, Mauro. Me sorprendió verlos; pensé que ya estarían en casa de Pablo.
—Voy a confrontar a Felipe —solté sin filtros—. Erick está convencido de que él es el culpable.
—No lo creo —intervino Mauro con una seguridad que me dio escalofríos—. Pablo ha estado actuando como el verdadero culpable. Además, si él estuvo presente el día que murieron Harry y Ariana, tiene que saber quién estaba extorsionando a Alejandro. Estábamos yendo a verlo ahora mismo, pero…
—Nos necesitan en casa —interrumpió Gabriela con una sonrisa tensa, cortando a su hermano—. Lo dejaremos pasar por ahora. Ya hablaremos con Dylan para ver qué hacemos todos juntos.
—¿Me estás diciendo que Pablo sabe quién asesinó a Alejandro? —pregunté, sintiendo un vuelco en el estómago.
—Casi podría asegurarlo —la voz de Mauro sonó tan convencida que mi destino cambió en ese segundo.
Me despedí de ambos sin dar explicaciones. Los nervios empezaban a devorarme viva, pero la curiosidad era más fuerte. Pablo ocultaba algo y yo iba a descubrir qué era.
Llegué a su casa en pocos minutos. No me detuve a tocar; giré la manija con decisión y entré. Tenía un plan: lo confrontaría directamente, fingiendo que ya sabía toda la verdad para forzar una reacción. Como le había dicho a Dylan, debo ver su reacción ante la verdad.
Una sonrisa amarga se dibujó en mi rostro al escuchar el sonido del agua corriendo en la planta alta. Pablo se estaba duchando. Subí las escaleras con sigilo, conteniendo el aliento, y me dirigí a su habitación. Abrí la puerta centímetro a centímetro para no hacer ruido. Fue entonces cuando un nudo se instaló en mi estómago y mis manos comenzaron a temblar sin control.
Sobre el escritorio, la computadora de Pablo estaba encendida. Tenía abierto WhatsApp Web.
Ay, mierda.
Me acerqué a paso lento, sintiendo que el corazón se me saldría del pecho. Había varios chats en pantalla, pero el principal era una conversación con Dylan. Hice clic y el último mensaje me dejó helada:
Dylan: "No me dan miedo tus amenazas. Créeme que sé más de lo que piensas. Sé por qué estabas detrás de Alejandro, sé lo de Ariana y Harry, y sé sobre la foto".
¿Qué significaba esto? ¿Por qué Dylan lo amenazaba? Con los dedos entumecidos, moví el cursor hacia la barra de tareas y abrí el explorador de archivos. Al ver el contenido, casi me voy de espaldas. El corazón se me hizo diminuto. Era el video del día que murió Alejandro; el mismo video que había aparecido en la cuenta de Instagram de Jude y Erick.
La impotencia me invadió. Hice clic en otra pestaña abierta y el mundo se detuvo. Allí estaba: la foto. La maldita imagen con la que chantajeaban a Alejandro, la razón de sus mentiras y el motivo por el que ahora estaba muerto. Yo también aparecía en esa foto. Los recuerdos de aquel día intentaron emerger, pero se disiparon cuando el chirrido de la puerta del baño me devolvió a la realidad.
Pablo salió desnudo, secándose el cabello. Al verme, su expresión pasó de la sorpresa a una frialdad absoluta.
—¿Qué mierda haces aquí? ¿Qué estás buscando? —preguntó, su voz era un látigo.
No supe cómo reaccionar. Aparté la mano del mouse y comencé a retroceder, buscando desesperadamente una ruta de escape.
—No es lo que piensas… —balbuceé con la garganta seca.
Pablo me miró desafiante y se anudó la toalla a la cintura. Entonces, una sonrisa terrorífica, vacía de cualquier humanidad, se curvó en sus labios.
—¿Qué viste? —preguntó con una calma que daba más miedo que sus gritos. Yo solo negué con la cabeza, paralizada por el terror—. ¡¿Qué mierda viste?!
—No vi nada, lo juro, apenas acabo de entrar…
—¡Perra mentirosa! Ya lo sabes, ¿verdad? —dio dos pasos largos hacia mí, acorralándome entre su cama y el escritorio—. Esto es culpa tuya. Si hubieras ayudado a Alejandro con el dinero que te pidió, tal vez él seguiría vivo. ¡Te estaba salvando el pellejo!
Mis manos no dejaban de temblar. El aire me faltaba.
—¿Tú lo mataste? —solté, deseando con toda mi alma que se riera y dijera que era una broma.
—Realmente no estaba en mis planes, pero sí. Yo asesiné a Alejandro.
Las lágrimas empezaron a quemar mis mejillas. Busqué algún rastro de arrepentimiento, pero sus ojos estaban vacíos. El Pablo con el que solía reír no existía; frente a mí había un extraño confesando el asesinato de su mejor amigo.
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Editado: 19.05.2026