Pablo se paseaba por la sala con una tranquilidad que resultaba obscena dadas las circunstancias. El arma en su mano le otorgaba una autoridad que nunca antes había tenido frente a nosotros; parecía disfrutar de cada segundo de nuestro terror.
—Es muy simple, Dylan —dijo, deteniéndose frente al televisor apagado, cuya pantalla negra reflejaba su silueta—. Vamos a grabar un video. Una confesión honesta y desgarradora de nuestro querido Edson. Él dirá que no pudo con la carga de la culpa, que el dinero de Alejandro lo tentó y que Karime sabía demasiado. Dirá que Melanie y Jude fueron solo daños colaterales en su misión por conseguir el dinero.
Miré a Edson. Estaba temblando de forma incontrolable; su pie golpeaba el suelo en un rimo frenético y sordo.
—¿Y después? —pregunté con la garganta seca—. Si él confiesa… ¿nos dejarás ir?
Pablo soltó una carcajada, carente de cualquier rastro de humor.
—Después, Edson se “suicidará”. Una tragedia clásica de remordimiento. Ustedes serán mis testigos estrella. Dirán que intentaron detenerlo, que irrumpieron en la casa y lo encontraron armado con una pistola que, casualmente, pertenecía a Alejandro. Diremos que intenté quitarle el arma, pero que fue demasiado tarde; que se la puso en la boca y terminó con su miseria ante sus ojos.
—¡No lo haré! —sollozó Edson, ocultando el rostro entre las manos—. Por favor, Pablo… detente ya.
—Tienes que hacerlo. Es la única manera de que Sarah no sea la primera en morir —sentenció Pablo.
Caminó hacia mi hermana y apuntó directamente a su cabeza. El clic del seguro al quitarse resonó en la habitación como una sentencia de muerte. Sarah estalló en un llanto más agudo mientras estrujaba mi mano, negando desesperadamente.
—No quiero morir, Dylan… no quiero morir —susurró ella entre espasmos.
De repente, el sonido de unos pasos rompió la tensión. Venían del porche. Mi corazón dio un vuelco violento. Reconocería ese andar en cualquier parte: era Jonathan. La puerta se abrió de golpe y él entró con la mochila al hombro y una sonrisa ligera que se extinguió al instante. Antes de que pudiera procesar la escena, Pablo ya lo tenía en la mira, obligándolo a entrar y cerrar tras de sí.
—Hola, Jonathan. Llegas justo a tiempo para el espectáculo que Edson nos ha preparado —gritó Pablo, gesticulando con el arma para que se uniera a nosotros—. Siéntate y cállate. Si te mueves un centímetro, Dylan se queda sin hermana.
Jonathan me lanzó una mirada cargada de confusión y rabia. Vi cómo sus músculos se tensaban, amenazando con levantarse, pero el cañón apuntando a Sarah lo mantuvo anclado al sofá.
—Pablo —dije, tratando de ganar tiempo y desesperado por entender—. Si esto va a terminar así… realmente quiero saber qué pasó esa noche. Deja que Edson hable. Si él va a ser el culpable en tu video, al menos quiero escuchar la verdad de su boca.
Pablo sonrió, visiblemente divertido por mi petición. Se apoyó en el respaldo de un sillón, relajando un poco la postura, pero sin bajar el arma.
—Habla, Edson. Cuéntales cómo le destrocé la cabeza a Alejandro mientras tú mirabas como el cobarde que eres. Cuéntales todo antes de matarte.
Edson levantó la vista. Tenía los ojos inyectados en sangre de tanto llorar. Tras un suspiro tembloroso, se rindió a la narración.
—Yo no quería que terminara así… quise evitarlo, pero no pude. Pablo quería el dinero a cualquier precio. Esa noche, Dylan… esa noche íbamos por ti.
***
POV Edson.
Pablo estaba sentado frente a mí, esperando que le diera alguna idea, ya que la suya me parecía demasiado arriesgada. No quería meterme en más problemas de los que ya tendría si Alejandro descubría lo que habíamos estado haciendo.
—¿Nada? —insistió Pablo, irritado—. Te digo que la única opción es secuestrar a Dylan. Las amenazas sobre él y Melanie han funcionado de maravilla; está desesperado. Esta mañana lo vi suplicando por dinero a Jude.
No supe qué decir. Esbocé una sonrisa falsa para calmar su temperamento y terminé aceptando.
—Nos vemos esta noche —me dijo.
Él se marchó con una sonrisa depredadora grabada en el rostro. Yo, en cambio, sentía un vacío en el estómago. Al salir, me crucé con Felipe y los demás. A lo lejos, vi a Pablo acercarse a Alejandro y su grupo. No podía confiar en él; si era capaz de traicionar así a su mejor amigo, ¿qué me esperaba a mí, que apenas era un conocido?
—¿Dónde estabas? —me preguntó Paola al verme llegar.
—Recogiendo unos apuntes. Por cierto, no sé si vaya a la fiesta de hoy.
—¡Ni se te ocurra faltar! —exclamó Felipe emocionado—. Es la fiesta de Jude, todo el mundo estará ahí.
—Habrá sorpresas para todos —Jude asintió con una sonrisa.
Les devolví una mueca que intentaba ser una sonrisa y me alejé. Al terminar las clases, me encerré en casa. Los nervios me carcomían; sentía que, de alguna forma, Alejandro ya sospechaba de nosotros.
Horas más tarde, la música retumbaba en mis oídos y las luces estroboscópicas me mareaban. El poco alcohol que había ingerido solo servía para alimentar mi paranoia.
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Editado: 19.05.2026