Desconocido

Capítulo 40. "Último aliento”

El estruendo del disparo todavía vibraba en las paredes cuando el cuerpo de Edson se desplomó pesadamente sobre la alfombra. Un hilo de sangre comenzó a desprenderse desde su pecho, pintando el suelo de un rojo oscuro y denso. Sarah ahogó un grito, hundiendo el rostro en mi hombro para no ver la realidad. Jonathan se quedó paralizado, observando el cadáver de Edson con una pregunta muda en los ojos: ¿qué mierda había pasado? Se suponía que él era la salida para Pablo.

Pablo, en cambio, sonrió. Bajó el arma apenas unos centímetros y observó con una indiferencia gélida el charco que empezaba a crecer bajo el cuerpo.

—Creo que las cosas tienen que cambiar un poco —dijo. Su calma era tan antinatural que me revolvió el estómago—. Su historia está narrada desde el victimismo, ¿saben por qué? Porque cuando fuimos por Melanie, él ya buscaba lo mismo que yo: el puto dinero. Siempre supe que era demasiado débil, pero tú…

Pablo señaló a Jonathan con una sonrisa cargada de malicia. Jonathan intentó replicar, pero la rabia y el miedo le anudaron la voz en la garganta.

—¿De qué hablas? —logré articular yo, con la garganta seca.

—Es obvio, ¿no? —Pablo comenzó a caminar detrás del sofá, obligándonos a mantener la mirada al frente mientras sentíamos el roce metálico y frío del cañón pasando cerca de nuestras nucas—. Jonathan no pudo soportar que Alejandro lo rechazara. El despecho es una motivación tan… clásica.

—¡No! —grité e intenté ponerme de pie, pero Jonathan me sujetó del brazo, impidiéndolo—. No puedes culparlo. Nadie te creerá.

—El "marica" volvió a la ciudad en busca de venganza. ¿No les parece sospechoso que lo de Alejandro ocurra justo cuando él regresa? —Pablo seguía moviéndose a nuestras espaldas. No podía verlo, pero sentía el peso de su sonrisa estúpida en el aire—. Un crimen pasional. La gente se lo tragará sin dudar, Dylan.

Negué con la cabeza, ardiendo de furia. Sus palabras nos golpeaban como ráfagas. Estábamos los tres alineados en el sofá, como blancos fijos, con el arma paseándose por nuestras vidas. El peso de la muerte de Edson asfixiaba la habitación. Pensé en mis padres, en Melanie, en Ale… y en lo cerca que estábamos del final. Cada segundo se sentía como el último aliento.

—Cierren los ojos —susurró Pablo detrás de nosotros—. Es hora de que Jonathan repita después de mí.

El silencio que siguió fue sepulcral. De reojo, vi que Pablo sacaba su celular para grabar la confesión forzada. Pero entonces, el silencio saltó por los aires. Unos golpes violentos y desesperados retumbaron en la puerta principal.

—Papá y mamá… —sollozó Sarah, todavía apretujada contra mí.

—¡Dylan! ¡Abre la puerta! —era la voz de Gabriela, cargada de una angustia que reconocería en cualquier parte del mundo.

Pablo se llevó un dedo a los labios, ordenándonos un silencio mortal. Apoyó el cañón directamente en la cabeza de mi hermana; ella apretó los ojos con fuerza, temblando al sentir el metal.

—¡Dylan, sabemos que están ahí! —gritó ahora Christian.

—Tu plan es basura, Pablo, y lo sabes —soltó Jonathan con una sonrisa amarga—. No somos los únicos que sabemos la verdad. ¿De qué te sirve obligarnos a mentir si afuera todos saben que fuiste tú?

El rostro de Pablo se transformó. La confianza se evaporó, dejando paso a una furia errática. Al comprender que Gabriela, Christian y Mauro estaban al otro lado, entendió que su mentira no tenía cimientos. La puerta cedió finalmente ante el empuje de Mauro, quien entró primero, impulsado por el instinto de protegernos. Pablo, en un acto de puro pánico y maldad, apretó el gatillo.

El disparo alcanzó a Mauro de lleno en el pecho antes de que pudiera dar dos pasos. Cayó hacia atrás con un golpe seco, un sonido sordo que me perseguirá en mis peores pesadillas. Gabriela soltó un grito desgarrador que pareció quebrar los vidrios de la casa.

Pablo, consciente de que ya no podía controlar el caos, retrocedió hacia la cocina.

—Nadie se mueva o no dudaré en disparar de nuevo —rugió, con la mirada fija en Gabriela, quien se había lanzado al suelo para intentar despertar a su hermano.

Escuché sus pasos apresurados golpeando el suelo mientras huía hacia la puerta trasera, la misma que encontramos abierta la noche que hallamos a Alejandro. Me puse de pie de inmediato y corrí hacia Mauro.

—¡Llamen a una ambulancia! —grité, intentando presionar la herida por donde la vida se escapaba a chorros de sangre.

—¡Mauro, no! —Gabriela me miró con los ojos llenos en llanto.

La envolví en un abrazo, deseando con toda mi alma que hubiera esperanza, pero el frío en el cuerpo de Mauro me decía que ya era tarde.

Las sirenas de la policía empezaron a aullar en la calle. Sarah, con la voz rota, hablaba por teléfono con nuestros padres. Si antes querían enviarme lejos, esto sería la prueba definitiva de que mi vida era un imán para la tragedia.

Jonathan nos ayudó a levantarnos y nos envolvió en sus brazos, dándole un pequeño beso en la frente a Gabriela.

—Lamento no haber podido hacer nada, pero si lo intentaba todos íbamos a terminar muertos.

En pocos minutos, mi casa se convirtió en una colmena de oficiales y luces azules, una repetición macabra de lo vivido hace dos semanas. Me dejé caer en el sofá, agotado, con un deseo físico de cerrar los ojos y no despertar en mucho tiempo. Un oficial se acercó a mí con un cuaderno.




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