La pantalla del celular iluminaba mi rostro en la oscuridad de la habitación; una luz fría que hacía que los ojos me ardieran. Tras leer el mensaje, dejé el dispositivo a un lado y decidí ignorarlo. No pensaba caer en sus amenazas otra vez.
Intenté cerrar los ojos y conciliar el sueño, pero el silencio de la noche se volvió insoportable, roto únicamente por la vibración constante del teléfono sobre mi mesita de noche.
“¿Estás ahí, Dylan?”, pude leer en un segundo mensaje antes de que la pantalla se apagara.
“Sé que no has dormido nada. Sé que piensas en Mauro. Fue una lástima, de verdad. Él no tenía por qué morir, pero tú no evitaste que entrara”.
Sentí un nudo de impotencia en la garganta. La manipulación de Pablo era absurda. ¿Cómo pretendía que me culpara por la muerte de Mauro? No; el único responsable era él.
“Necesitamos hablar, Dylan”.
“Solo tú y yo. Sin policías, sin Jonathan. Solo nosotros dos para hablar con libertad. Te espero en el edificio abandonado F&P”.
“Ni se te ocurra volverme a traicionar. Nunca sabes lo que pasa por mi mente”.
Mis dedos temblaron al leer esa última frase, pero tenía que responderle; no iba a permitir que siguiera jugando conmigo.
“Vete a la mierda, Pablo. No voy a ir a ninguna parte contigo. La policía ya te está buscando y es solo cuestión de tiempo para que termines encerrado”.
Apagué el celular y lo arrojé contra el suelo. No podía más; solo quería dormir y olvidarme de todo por un momento. Apreté los ojos con fuerza, dejando escapar las lágrimas que tenía atrapadas. Finalmente, el cansancio me venció y me dejé llevar por la pesadez de la noche.
Unos leves golpes en la puerta me despertaron. Abrí los ojos con dificultad mientras el sol entraba por la ventana con una alegría que me resultó casi ofensiva. Sarah abrió la puerta y me sonrió; se veía algo desaliñada.
—Quieren hablar con nosotros, baja ya —dijo, y salió de la habitación sin añadir más.
Me levanté rápidamente y lo primero que hice fue recoger mi celular. Al encenderlo, comprobé con alivio que no había más mensajes de Pablo, solo algunos de Jonathan de hacía unos minutos preguntando cómo me encontraba. Sonreí levemente y me arreglé un poco para iniciar el día.
Al bajar a la cocina, me encontré con una escena que no veía desde hacía años: la familia completa sentada a la mesa. Café recién hecho, fruta, pan tostado… y un silencio tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Mi padre dejó el periódico a un lado y me miró con una seriedad que me puso nervioso.
—Dylan, Sarah —comenzó, entrelazando sus dedos sobre la mesa—. Su madre y yo hemos tomado una decisión. No podemos seguir aquí. Esta casa… ya no es un hogar, es una escena del crimen.
—Hemos contactado a la inmobiliaria —añadió mi madre. Tenía los ojos hinchados, pero su tono era firme—. Vamos a vender la propiedad. Nos mudaremos más cerca de la oficina de su padre. Empezaremos de cero, lejos de esta atrocidad. Las cosas van a mejorar.
Miré a Sarah. Ella simplemente asintió con la vista fija en su taza de café. El futuro se estaba decidiendo por nosotros, como si marcharnos de allí pudiera borrar lo ocurrido.
—No tengo mucha hambre —dije poniéndome de pie, recordando mi arrebato en el restaurante—. Voy a casa de Erick, vuelvo pronto.
Pensé que intentarían detenerme, pero no lo hicieron; simplemente continuaron con lo suyo. Al salir, el aire fresco me recibió como un alivio; me sentía asfixiado en esa mesa donde los recuerdos de los cuerpos sin vida de Mauro y Edson parecían seguir presentes.
Caminé hacia la casa de Erick. Antes de llegar, leí un mensaje de Jonathan avisando que ya estaba allí. Al entrar, la atmósfera era distinta, cargada de una tristeza compartida. Allí estaban todos: Jonathan con la mirada sombría; Christian tratando de consolar a Gabriela, que parecía haber llorado toda la noche; Erick, que me abrió con una sonrisa gentil; Felipe con su semblante serio de siempre; y Lily, abrazando a Paola, quien también tenía las mejillas húmedas.
—La policía no tiene ni el más mínimo rastro de él —dijo Gabriela con amargura cuando me vio—. Estuvieron en casa esta mañana haciendo un montón de preguntas, como si no hubieran sido suficientes.
—Pablo me mandó mensajes anoche —solté. Las miradas se clavaron en mí como si hubiera soltado una bomba—. Insiste en que me reúna con él.
—¡No irás! —exclamó Jonathan, molesto.
Asentí, tratando de no mirar a Gabriela para no contagiarme de su dolor. Ella se acercó al sillón donde yo estaba y me abrazó con fuerza.
—Pablo nos destruyó, Dylan —susurró contra mi pecho—. ¡Ese hijo de puta nos destruyó!
—La avaricia pudo más que el afecto que nos tenía —comentó Paola con amargura—. Siempre pensé que su grupo era genial por no tener problemas. Cuando supe que Pablo estaba detrás de Alejandro y luego de mí, me sentí estúpida.
—Tal vez pudiste prestarle el dinero a Alejandro para que se lo diera a Pablo —dijo Felipe mirando a Paola con una serenidad acusatoria—. De igual forma lo hiciste: pagaste para que desapareciera esa foto que nos hundía a todos.
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Editado: 19.05.2026