El silencio en la habitación era tan pesado que podía oír el zumbido de mi propia sangre golpeando en mis oídos. Pablo no se movió; se limitó a observarme con esa mirada que mezclaba una locura latente con una calma fingida que resultaba escalofriante.
—Dylan, no me mires así —dijo con voz suave, y por un instante, creí reconocer al Pablo de antes—. Sé lo que estás pensando, pero no soy el monstruo que todos creen. A veces mi mente simplemente explota y pasan cosas... como las de ayer, o como lo que ocurrió en tu casa con Alejandro. Realmente nunca fue mi intención matarlo.
Dio un paso hacia la cama, manteniendo el arma baja pero firme. Me incorporé con torpeza y retrocedí hasta que mi espalda golpeó el respaldo de madera.
—¿Tu mente explota? —mi voz salió como un hilo apenas audible—. Le destrozaste la cabeza a nuestro amigo, Pablo. Y no solo eso: fuiste por Melanie y acabaste con ella también. No te atrevas a hacerte la víctima ahora. ¡Destruiste mi vida y la de todos!
—¡Por eso estoy aquí! —exclamó, y por un segundo una sonrisa que pretendía ser sincera iluminó su rostro—. Sé que estás sufriendo. Puedo ver el dolor en tus ojos; es el mismo que yo cargo. No puedes dormir, los recuerdos te persiguen... yo te causé eso y me desgarra el alma.
De pronto, esa calidez fingida desapareció. Sus facciones se endurecieron y una seriedad gélida se instaló en su mirada.
—Yo sé cómo detenerlo, Dylan. Sé cómo hacer que el dolor se detenga para siempre —añadió con una sonrisa enferma asomando en sus labios.
Negué frenéticamente, saltando de la cama con una rapidez que casi me hace chocar contra el escritorio.
—No quiero tu ayuda. Tengo que aprender a vivir con este dolor que me causaste; no será fácil, pero es mi realidad ahora.
—Necesitas mi ayuda —insistió, levantando el arma lentamente hasta apuntar directamente a mi pecho. Su mano no temblaba—. Déjame ayudarte a descansar. Será rápido, lo prometo.
—¡No! —susurré, sintiendo que el corazón me iba a estallar—. No quiero nada de ti. ¡Vete a la mierda!
Todo sucedía demasiado rápido. El plan de Jonathan se había desmoronado antes de empezar. ¿Cómo había entrado Pablo a la casa sin que nadie lo notara? Los segundos siguientes se estiraron como si el tiempo fuera de goma.
Cuando vi que el dedo de Pablo empezaba a ejercer presión sobre el gatillo, el instinto de supervivencia tomó el mando. Me lancé contra él antes de que pudiera completar el movimiento. El estallido de un disparo sordo rozó mi oreja y el proyectil se incrustó en el colchón con un sonido seco.
Forcejeamos con una violencia desesperada. Pablo era más fuerte, pero yo estaba luchando por mi vida. Chocamos contra el escritorio, derribando lámparas, libros y marcos de fotos; el estruendo de los objetos rompiéndose llenó el aire cargado de pólvora.
—¡Detente! —grité, logrando encajarle un codazo en la mandíbula. Su respuesta fue un empujón brutal que me estrelló contra la pared. El impacto me sacó el aire y el dolor comenzó a irradiar por toda mi espalda.
—Solo quiero ayudar... —murmuró él con una tristeza delirante—. Déjame ayudarte.
De repente, la puerta se abrió de golpe.
—¡DYLAN! —el grito de Jonathan resonó en las cuatro paredes, cargado de un terror puro.
Esa distracción fue mi única oportunidad. Pablo giró la cabeza una fracción de segundo hacia la puerta y yo, reuniendo cada gramo de rabia y fuerza que me quedaba, corrí hacia él y clavé mis manos en sus hombros.
—¡DETENTE!
Pablo tropezó hacia atrás. Sus talones golpearon contra el marco de la ventana que seguía abierta de par en par. El tiempo pareció detenerse. Su mirada se cruzó con la mía y no vi odio, sino una expresión indescifrable, una mezcla de sorpresa y alivio. Su cuerpo se inclinó hacia el vacío y, sin soltar un solo grito, desapareció en la oscuridad.
Me desplomé en el suelo, sin aliento. Un instante después, el impacto seco contra el pavimento de la calle llegó hasta mis oídos. Mierda. Dios mío.
—¡Dylan! ¿Estás bien?
Jonathan corrió hacia mí, envolviéndome en sus brazos, pero mi mirada estaba anclada en la ventana abierta, por donde el aire fresco de la tarde seguía entrando, ajeno a la tragedia.
—¡Dylan! Por favor, responde —insistía Jonathan.
Apreté los ojos, sintiéndome mareado. Un nudo en la garganta me impedía articular palabra. Fue entonces cuando, al bajar la vista, vi los rastros de sangre en el suelo. Jonathan presionaba con fuerza mi brazo, de donde el líquido brotaba a chorros. No sabía si habían sido los vidrios de la lámpara o si el disparo me había alcanzado después de todo.
—¡La policía ya está aquí! —gritó Gabriela, sentándose a mi lado para ayudar. Ella también me abrazó, pero yo seguía en shock.
En mi mente se repetía la misma imagen: Pablo cayendo al vacío por mi culpa. Me convertí en lo que quería destruir. No quería que muriera. En un arrebato, me puse de pie y corrí hacia la ventana.
—Pablo, lo siento... —susurré hacia el vacío.
Lo vi allí abajo. Su cuerpo estaba en una posición imposible y un charco oscuro comenzaba a extenderse bajo su cabeza.
#126 en Terror
#974 en Thriller
#440 en Misterio
misterio, misterio terror suspenso, asesinato paranormal terror
Editado: 19.05.2026