El olor a pintura fresca y a cajas de cartón llenaba el aire de la nueva casa. No era tan grande como la anterior, pero tenía algo que a la otra le faltaba desde hacía ya mucho tiempo: una sensación de paz.
El sonido de las risas y los muebles arrastrándose resonaba por todo el pasillo. Mis padres se habían ido a arreglar los últimos detalles de la venta de la casa anterior, pero no me sentía solo. Felipe y Christian subían un pesado sillón por las escaleras entre quejas y bromas, mientras Paola y Gabriela organizaban la cocina, discutiendo sobre cuál era el mejor lugar para guardar las tazas. Erick y Lily estaban en la entrada, desempacando cajas con una eficiencia que solo el deseo de terminar pronto podía explicar. Sarah y Elena estaban afuera, recibiendo al último camión de mudanza.
La tragedia nos había marcado a todos, pero, de alguna forma extraña y dolorosa, también nos había vuelto inseparables. Ya no éramos solo un grupo de amigos; éramos los supervivientes de una pesadilla que solo nosotros entendíamos.
Me retiré un momento a mi nueva habitación, que aún estaba invadida por torres de cajas. Jonathan estaba ahí, terminando de armar el soporte de mi escritorio. Al verme entrar, dejó las herramientas y me dedicó esa sonrisa que se había convertido en mi único refugio seguro.
—Lograste ganar la habitación más grande —sonrió, acercándose a mí—. Aquí hay lugar de sobra para mí.
—Es perfecta —le respondí, dejando que me rodeara con sus brazos. Me apoyé en su pecho, escuchando los latidos de su corazón a un ritmo que ahora me recordaba que estábamos vivos—. A veces me cuesta creer que estamos a salvo.
Jonathan me besó la frente con ternura.
—Ha mejorado todo, ¿no crees? Las sesiones con la terapeuta te están ayudando y… bueno, nosotros también estamos muy bien.
—Mucho mejor —asentí, mirándolo a los ojos. Nuestra relación, forjada en medio del caos y el miedo, finalmente tenía espacio para respirar sin la sombra de Pablo acechándonos—. Gracias por no haberme dejado solo cuando todo era oscuridad.
—Nunca lo hubiera hecho —prometió él, dándome un último apretón antes de volver al trabajo—. Vamos a terminar, que la pizza está a punto de llegar.
Me acerqué a una de las cajas más pequeñas que había traído personalmente. Al abrirla, mis ojos se toparon con un objeto que me detuvo el aliento por un segundo: era el celular de Alejandro. Lo tomé entre mis manos, sintiéndolo frío. Ya no sentía ese escalofrío de terror, sino una melancolía dulce.
Era el último vínculo con el inicio de todo, pero también un recordatorio de que Alejandro siempre estuvo conmigo. Esbocé una pequeña sonrisa, una de verdadera despedida. Fui hasta mi clóset, donde esa pequeña caja de zapatos ya estaba guardada. Nadie conocía el contenido, así que lo dejé ahí y, sin decir nada, la cerré.
—¡Dylan! ¡La pizza llegó! —gritó la voz de Christian desde abajo.
—¡Ya voy! —respondí.
Eché una última mirada a la habitación. Por primera vez en semanas, el futuro no parecía un túnel oscuro, sino un camino abierto a cualquier posibilidad. Salimos del cuarto y cerré la puerta, dejando atrás, por fin, el peso de lo desconocido.
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Editado: 19.05.2026