Gabriel
―Señor, aquí tiene. Debe firmar estos documentos ―dice uno de los asistentes mientras me entrega una carpeta gruesa.
Respiro hondo antes de tomarla y empezar a revisar cada página. La tinta aún huele fresca.
―¿Alguna novedad? ―pregunto sin levantar la vista.
―Sus majestades, las reinas, están reunidas con la planificadora de bodas, mientras su padre y su suegro se encuentran jugando golf.
―Puedes retirarte.
―Con permiso, mi señor ―hace una pequeña reverencia y desaparece por la puerta con pasos silenciosos.
Apenas se cierra, escucho la voz de Arthur detrás de mí.
―Parece que los únicos que pueden divertirse acá son tus padres y tus suegros, mientras tú sigues enterrado en las obligaciones del rey ―dice, dejando un vaso de licor frente a mí como si fuera un regalo valioso.
Le lanzo una mirada de advertencia. Él sabe perfectamente que no bebo, no fumo y no hago absolutamente nada que salga de las benditas normas que gobiernan mi vida.
―No me lo recuerdes ―respondo, reclinando la silla hacia atrás y fijando la vista en el techo como si pudiera encontrar paz ahí.
Mi vida siempre ha sido dirigida por reglas estrictas, por la expectativa constante de ser perfecto. Perfecto para mis padres, perfecto para mi nación. Y me guste o no, debo serlo; en cuanto me case, la corona caerá sobre mi cabeza. Nadie me lo dice directamente, pero todos lo esperan. Todos lo exigen.
Ese peso lo llevo desde hace años. Desde el día en que mi pequeña hermana fue raptada. Desapareció sin dejar rastro, sin una pista real que seguir, y nunca volvimos a saber de ella. Desde entonces mi seguridad se triplicó. Mis padres tenían un miedo irracional de perderme también. Yo era el único hijo que quedaba… el futuro rey… el que no podía permitirse el lujo de desaparecer.
Ahí cambió todo. Dejé de asistir a la escuela, de tener contacto con cualquier niño de mi edad; solo Arthur, mi primo, quedó a mi lado. Él fue el único que logró burlar todas las prohibiciones, pues nadie se atrevió a decirle que no podía visitarme.
Me eduqué en casa rodeado de tutores estrictos, y cada salida al exterior se volvía una misión militar con un séquito de hombres siguiéndome como sombras. No hubo fiestas, no hubo experiencias espontáneas… solo eventos formales donde mi presencia era obligatoria, donde debía sonreír y comportarme como el heredero perfecto.
Ni siquiera pude ir a la universidad. Profesores privados, evaluaciones privadas… me gradué con honores como si hubiera competido, aunque nunca compartí aula con nadie.
Seguí cada regla sin cuestionar, cargando la culpa absurda de que la tragedia de mi hermana había sido indirectamente mi responsabilidad. Por eso debía ser perfecto. Por eso aceptaba todo sin protestar.
―Deberías empezar a relajarte ―dice Arthur, rompiendo mi espiral de pensamientos―. Ya eres un adulto a punto de casarse.
―Precisamente por eso tengo más responsabilidades ―respondo―. No puedo darme el lujo de perder el tiempo.
―Soy tu consejero real. Mi deber es evitar que cometas errores.
―Eres más bien mi mala influencia ―digo, y él ríe como si hubiera contado un chiste. Pero los dos sabemos que es verdad.
―Aunque sea, deberías seguir mi consejo de conocer a la novia antes de casarte.
―Ya te dije que no me interesa su aspecto. No me importa si es fea o bonita, flaca o gorda. Al final, será mi esposa.
―No hablo de su físico ―insiste―. Pero sería bueno que vieras al menos cómo es. A mí lo que me preocupa es su comportamiento. No vaya a ser una de esas celosas, locas, agresivas… o peor, una superficial que solo piense en estatus y dinero ―tiembla exageradamente, fingiendo escalofríos.
―No lo creo. He escuchado que la princesa Siham es educada y humilde, no como esas chicas que en vez de caminar… levitan ―comento, y ambos reímos.
―¿Cuánto falta para la boda?
―Tres semanas.
―Me queda poco tiempo para organizar tu despedida de soltero.
―No va a haber.
―¿Qué?
―He dicho que no ―le lanzo una mirada severa―. No me interesan esas fiestas donde los hombres se vuelven locos y observan a las mujeres como si fueran mercancía.
Arthur finge un ronquido con la boca abierta, como si mis palabras lo hubieran dormido. A veces me pregunto cómo lo soporto.
Se pone de pie, abotonándose el saco.
―De verdad, primo, eres tan aburrido ―dice―. Mejor me voy antes de que me contagies.
Hace una reverencia burlona y desaparece por la puerta.
Exhalo, dejo el bolígrafo sobre el escritorio junto con los documentos y cierro los ojos, respirando hondo mientras intento llenar mis pulmones con algo parecido a tranquilidad.