Gabriel
Me quedo unos segundos con los ojos cerrados, disfrutando del silencio que Arthur dejó atrás. Pero la tranquilidad dura poco: tocan la puerta con insistencia.
―Adelante ―digo sin entusiasmo.
La puerta se abre y aparece mi asistente personal, Malik, con el rostro tenso.
―Mi señor, su madre solicita su presencia en el salón azul. Dice que es urgente.
Contengo un suspiro. Cuando mi madre dice “urgente”, casi siempre se refiere a algo relacionado con la boda.
―¿De qué se trata ahora? ―pregunto poniéndome de pie.
―No lo sé con certeza, mi señor, pero… escuché algo sobre el color de los manteles.
Me llevo una mano a la frente.
―Increíble ―murmuro―. Muy bien, vamos.
Caminamos por los largos pasillos del palacio mientras los guardias se cuadran a nuestro paso. No importa cuántos años pasen, nunca logro acostumbrarme a tanta formalidad.
―Mi señor ―dice Malik de pronto―, hace unos minutos llegó un comunicado del reino de Samarah.
Me detengo.
―¿De Siham?
Malik asiente.
―Sí… al parecer, su comitiva llegará antes de lo programado. Dentro de dos días.
Abro los ojos sorprendido.
―¿Tan pronto? Se suponía que vendrían una semana antes de la boda.
―Hubo un ajuste por temas de seguridad ―explica―. Al parecer, la princesa deseaba llegar antes.
Deseaba. La palabra me sorprende más de lo que debería.
Retomo la marcha, intentando no pensar demasiado en ello.
Cuando llegamos al salón azul, mi madre está de pie frente a una mesa llena de muestras de telas, cristalería y arreglos florales. Apenas me ve, levanta las manos al cielo como si fuera mi salvación.
―¡Gabriel, por fin! ―exclama―. Dime tú, ¿estos manteles se ven demasiado simples? La planificadora insiste en que son elegantes, pero a mí me parece que les falta vida.
―Madre, todos los manteles se ven igual ―respondo con la voz más diplomática que puedo reunir.
―¡Eso es porque no prestas atención! ―dice ella, acercándome dos telas idénticas, supuestamente distintas―. Mira, este es marfil oscuro y este es marfil claro.
La miro sin parpadear.
―Son iguales.
―¡No lo son! ―protesta ella―. Tu boda no puede tener errores. Debe ser perfecta.
Perfecta.
Siempre perfecta.
―Madre ―empiezo con suavidad―, entiendo tu preocupación, pero…
La puerta vuelve a abrirse y mi padre entra con pasos firmes, interrumpiendo la conversación.
―Hijo, necesitamos hablar ―dice con su tono severo habitual.
Mi madre pone los ojos en blanco.
―¿Ahora qué pasa? Estamos eligiendo manteles.
―Esto es más importante que los manteles ―responde él, mirándome.
Lo sigo sin protestar. Mi padre no pide hablar. Ordena.
Caminamos hacia su oficina privada. Cuando cierra la puerta, sé que lo que viene no es trivial.
―Recibí una llamada del rey de Samarah ―dice sin rodeos―. Su hija está entusiasmada por conocerte.
Entusiasmada.
Otra vez esa palabra. No sé qué sentir.
―Me alegra escuchar eso ―digo con cuidado―. Será una buena reina.
Mi padre me observa con atención.
―Eso espero. Pero quiero que entiendas algo, Gabriel. Esta unión no solo es un acuerdo político. Necesitas llevarte bien con ella. Mostrar interés. Crear confianza. El mundo estará observando y sobre todo darnos un heredero.
Asiento lentamente.
―Lo haré.
―Bien ―dice él―. En dos días, cuando llegue la comitiva, quiero que la recibas personalmente.
Abro los labios para hablar, pero me interrumpe.
―Sin excusas. Sin delegar en nadie. ―Su mirada se endurece―. Es hora de que empieces a actuar como futuro rey… y como futuro esposo.
Trago saliva.
―Lo entiendo, padre.
Un silencio tenso nos envuelve.
Él asiente y agrega:
―Y Gabriel… intenta no parecer tan rígido. No queremos que la princesa huya al verlo.
Lo dice serio, pero la sombra de un chiste cruza sus labios. Me sorprende tanto que casi río.
―Haré mi mayor esfuerzo ―respondo.
Cuando salgo de la oficina, siento una mezcla de nervios y curiosidad que no esperaba.
Dos días.
En dos días conoceré a la mujer con la que pasaré el resto de mi vida.
Y por primera vez… no estoy seguro de estar preparado.