Descubriendo a Marte

Capítulo veintitrés

Las semanas pasan y el dolor no disminuye en lo absoluto. Sé que nunca se irá, siempre estará presente, pero me aferro a la esperanza de que tal vez se vuelva más pequeño y soportable.

Cada segundo tengo que acostumbrarme a la idea de la soledad de mi cama y el silencio en toda mi casa. Ahora solo somos dos, y cada vez somos menos. Siento que el día en que estaré completamente sola se acerca.

La única diferencia esta vez es que tengo esperanza en poder recuperarme. Cuando murió papá, pasaron años para que pudiera salir de ese hoyo lleno de oscuridad, y no sé si logré sanar por completo. Pero esta vez estamos haciendo las cosas mejor. Mamá me está llevando a terapia porque ninguna de las dos puede lidiar sola con la muerte de Olmo.

En terapia descubrí que sufro de ansiedad y ataques de pánico. Tener un diagnóstico por fin me da un poco de alivio, ya que al llevar un tratamiento con la psicóloga me siento más esperanzada. Los ejercicios que hago cuando se acerca un ataque de pánico están funcionando cada vez mejor. Últimamente, son seguidos, ya que todo me recuerda a Olmo y la presión en el pecho es muy dolorosa.

Este proceso de duelo está siendo diferente, y no lo digo porque ahora soy un poco mayor, ya que eso no tiene nada que ver. Me siento incluso un poco más vulnerable que cuando era niña, pero ahora tengo amigas en las que puedo apoyarme. Me acompañaron en ese día horrible en el que me despedí de Olmo y desde entonces no me han dejado sola.

Marjorie y Majo vienen a casa cuando mi mamá está de guardia y cuidan de mí, no se van hasta que he ingerido algo y están pendientes de mí.

Todos los fines de semana, Samuel y Jota se quedan conmigo e intentan que todo vuelva a ser como antes, aunque sé que ya no lo será y que no es culpa de ellos.

Estoy rota, pero me aferro a la esperanza de que el dolor desaparezca, aunque sé que nunca se irá por completo, solo se hará más llevadero. Tengo que repetírmelo a menudo para creerlo.

Paula me dio mi espacio, pero sé que siempre está ahí para mí. Está ayudándome con mi solicitud a varias universidades, llenando formularios y enviando cartas a las universidades, incluida a la que asistió papá.

Me di cuenta de que si no logro entrar en la universidad de mi papá, todavía tengo otras opciones y no me quedaré sin estudiar. No tengo que presionarme, hay muchas formas de ingresar a la universidad de papá, como hacer un traslado con mis notas, hacer una maestría o una especialización. Tengo que tomarme las cosas con calma y confiar en mí misma. No puedo presionarme más porque ya estoy dando todo lo mejor de mí. 

Mamá ha reducido algunos de sus turnos para estar más tiempo conmigo y se lo agradezco tanto, porque me reconforta saber que ella también puede descansar y que podemos superar nuestra tristeza juntas.

Solo faltan dos meses para que finalice mi último año escolar y todo esto termine de una vez.

Es sábado y Jota y Samuel no me han llamado para hacer algo, así que supongo que no vendrán hoy. Agarro mi tablet y abro mi aplicación de estrellas. Ver las constelaciones se ha convertido en un pasatiempo que me distrae de mis pensamientos intrusivos.

La terapeuta me explicó sobre los pensamientos intrusivos. Nunca había escuchado sobre eso, pero ahora que lo sé, comprendo muchas cosas. Los pensamientos intrusivos son pensamientos involuntarios y no deseados, pensamientos malos que yo no busco. Ahora entiendo por qué mi mente me maltrataba tanto, y me culpaba a mi misma por pensar así. Esos pensamientos incrementaban mi ansiedad y hacían que mi salud mental se deteriorara, porque solo pensaba en mí de una forma mala. Pero ahora, gracias a la terapia, sé cómo sobrellevarlos y, con algunos hobbies, como el de ver las estrellas, cada vez son menos esos pensamientos.

Estoy en la aplicación durante veinte minutos hasta que suena el timbre de la puerta. Mi madre ha salido a hacer unas compras, así que estoy sola en casa.

Bajo y trago saliva al ver la puerta abierta sin que Olmo esté ladrando y rasguñando. Me cuesta un poco, pero intento poner buena cara.

-¡Feliz cumpleaños Marte.- Sí... Hoy es mi cumpleaños número 18. Lo había olvidado completamente. La verdad es que nunca me emocionaba mi cumpleaños y menos ahora. No siento que deba celebrar, pero tampoco quiero ser malagradecida, así que intento aceptar esas muestras de cariño.

-¡Gracias!- Esbozo una sonrisa sincera y dejo que Jota me abrace.

-Te traje una planta, sé que no es el regalo más original del mundo, pero tiene sentido si me dejas explicarte.

Me río un poco porque noto que está nervioso. Dejo que pase y cierro la puerta.

-Nadie te detiene.- respondo intentando fingir un tono relajado.

Jota se ve más arreglado de lo normal. Trae unos jeans negros, una polera morada y huele a ¿perfume?... Jota nunca usa perfume.

-Estuve pensando en qué cosa podría hacerte sentir mejor, al menos por un segundo.-Jota evade mi mirada y solo observa la planta, parece que habla con ella en vez de conmigo. - Sé que no hay nada que te diga o haga que pueda quitarte ese dolor.- Continúa.- Entonces me dije, "no quiero que Marte se sienta sola ni nunca piense que lo está" y me acordé de tu jardín y del árbol que siempre ha estado frente a tu ventana, dándote compañía. Pensé que tal vez...- Finalmente me mira a los ojos.- Hablé con tu mamá y le comenté que había visto algo que te gustaría. Me dijo que lo intentara, y aquí estoy. Esta es una planta, la cual se puede plantar... las cenizas de Olmo. Sé que tal vez no es una buena idea, pero al menos verás cómo vuelve a crecer y de cierta forma... renacerá y estará contigo para siempre. Sé que esto no es lo tuyo, Marte. Si no quieres la planta, me la puedo llevar ahora mismo. No quiero incomodarte.

No puedo decir nada porque mis lágrimas deciden salir sin mi permiso. Intento limpiarlas rápidamente.




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