La camioneta dio un frenazo ante la enorme casa. La arenilla se desprendió en todas las direcciones, pero pronto las botas tocaron el suelo. El agitado hombre buscó el interior del lugar. Llevaba el rostro compungido, las gotas de sudor se deslizaban por su piel erizada y solo pudo abrir con seguridad la puerta, encontrando una pesada penumbra.
Su mirada se agudizó en el área. El ambiente se había cargado de una sensación pesada y el calor del incendio se sentía tan cerca de consumir la zona, pero él sabía bien que debía estar ahí, que tenía que estar ahí. Fue haciendo llamados, buscando algún tipo de señal. Subió de dos en dos los escalones, revisando todas las habitaciones, pero pronto solo volteó cuando escuchó el grito.
Los pasos fueron rápidos, sacándolo de la propiedad. Notó a lo lejos la franja de ardiente fuego que iba consumiendo parte de ese bosque que poco se había explorado y los sembríos que apenas estaban reventando, listos para su cosecha. En ese momento no importaba, aun cuando hubieran sido meses de preparación y un arduo trabajo en equipo, un equipo que ahora se encargaba de frenar el alcance de aquel incendio.
Se movió rápidamente, sintiendo el bochorno del ambiente. Estelas de humo se elevaban, tornando el cielo de la tarde ligeramente más oscuro. El ambiente estaba pesado, pero el latir de su corazón lo era aún más.
—¡¿Hay alguien aquí?! —gritó firmemente.
Sabía bien que los empleados y su abuelo habían sido evacuados cuando el incendio empezó. Se movió a los animales con mayor riesgo, pero en ese periodo lo más importante para aquel reconocido y respetado vaquero fue atacado y no, no se trataba más del rancho, de sus tierras o sus sembríos, sino de ellos, la familia que no protegió como debía.
—¡Por favor, si hay alguien...!
—¡Rayner!
La voz infantil lo hizo acelerar los pasos. Corrió con fuerza hasta una de las caballerizas, ahora vacías. Empujó con fuerza las puertas dobles, pero las mismas yacían trabadas, así que empezó a dar patadas. Una, dos, tres, para pronto tomar un poco de distancia y salir corriendo. Su cuerpo ancho y fuerte se estrelló contra las puertas, rompiendo las cerraduras atoradas. Casi se fue de bruces, pero sus pasos firmes lo detuvieron.
Miró a todos lados. El área estaba vacía. El calor era agobiante en esa zona porque, a unos metros, se escuchaba el crepitar del bosque ardiendo, así que no dudó en llamar.
—¿Quién?
—¡Aquí, aquí, Rayner!
La voz desde el segundo piso lo hizo moverse con rapidez. Se encontró a los asustados mellizos, que de inmediato se abrazaron a su cuerpo sudado, pero pronto se acomodó en cuclillas ante el jovencito. Le tomó el rostro con ambas manos. Con el pulgar limpió la poca sangre que se había quedado cerca del labio, pero su mandíbula se tensó cuando notó también el golpe cerca del ojo.
El roce fue delicado, lo más que aquel hombre acostumbrado a las bestias y al duro trabajo podía darle al adolescente, que con la fuerza que le quedaba indicó:
—Se la llevó, Rayn... —la voz era apenas audible—. Se las llevó a las dos. Debes salvarla, debes salvarlas.
Sin dudarlo un segundo más, lo tomó en sus brazos. Con voz firme indicó a cada mellizo dónde tomarlo del cargador del pantalón y así fueron buscando la salida de aquella caballeriza. La chiquilla pegó un grito cuando notó el fuego envolviendo ya la madera del otro lado, por lo que él solo indicó:
—Vamos, vamos, vamos, princesa. No temas, ya Rayner está aquí.
Ella se agarró de sus caderas y ahí se apretó, cerrando los ojos, siendo guiada por su alto cuerpo, por su voz calma, pero firme, que la fue sacando del área.
—A la cuenta de tres salen corriendo hacia la casa y se suben a la camioneta —ordenó.
Hizo el conteo, viendo a los mellizos salir corriendo cuando llegó a tres. Se tomaron de la mano a medio camino, pero pronto cumplieron, ubicándose en la parte de atrás de la camioneta. Cuando llegó a la misma, bajó al adolescente que cargaba en sus brazos, a quien le acunó el rostro.
—Debes sacarlos de aquí...
—¿Qué? Yo... yo no...
—Te enseñé a conducir tractores y esta camioneta para que, en el momento adecuado, sacaras a tu hermana y sobrinos de casa si había una emergencia —le acunó más firme el rostro, incluso rozándole el moretón cerca del ojo—. Esta es una emergencia, Vinicio. Es una emergencia que necesita del tío Vinnie, del grandioso y poderoso Vinnie. —El jovencito hizo un puchero—. Sé que puedes. Sal de aquí. En la carretera está la caravana, deja ahí la camioneta y busca a los empleados. Ellos los llevarán a un lugar seguro. ¿Entendido?
—¿Qué hay de ti?
—Yo voy por ella... yo iré por ellas, ¿entendido?
—Entendido.
Dejó un beso en el centro de la frente sudada del joven y solo lo movió, viéndole la ligera renguera hacia el área tras el volante. El chico se acomodó, cambió la ubicación del espejo, del volante y del mismo asiento. Fue Rayner quien le aseguró el cinturón y, tras un asentimiento, le dejó clara una vez más esa confianza que le había entregado desde el primer momento en que le ofreció un trabajo en el campo, un trabajo que lo hizo crecer de tantas maneras.
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Editado: 28.07.2026