Los ojos se abrieron de golpe cuando llegó el pequeño quejido. Se removió despacio, notando, con apenas un ápice de consciencia, a la pequeña removiéndose cerca de sus costillas. Delicada, empezó a llamarla, a rozarle la cabecita con apenas algo de cabello, pero entonces solo sonrió cuando la chiquilla se acomodó hacia un lado para, con un movimiento más seguro, quedarse sentada viendo la pared.
Se restregó los ojos de esa forma encantadora, como si su pequeño cerebro le indicara cómo hacer para empezar el día, pero cuando la ubicó terminó tirándose a sus brazos, así que ella solo la tomó con dulzura, apretándola contra su pecho de una manera delicada, sosteniendo lo que sabía que no volvería, porque el tiempo nada ni nadie, aun cuando lo había intentado más de una vez y lo había rogado muchísimas veces más, lo detenía.
—Buenos días, mi niña hermosa, buenos días. Feliz diez meses.
Le besó con encanto la cabecita. Ella solo sonrió, mostrándole la adorable dentadura que ahora poseía. Afortunadamente, el malestar de los últimos dos dientes que salieron no resultó tan incómodo como los primeros, y ya su pequeña bebé, que crecía cada día, estaba cumpliendo al fin esos diez meses.
Cuando la adorable mano terminó en su camisa de pijama, que fue jalada, arrancándole la risa en el momento en que la chiquilla se asomó para ver sus senos, supo que era hora de despertar.
—Sí, ahí siguen —le indicó—. Y sí, aún son tuyos, pero ya estamos usándolos menos. ¿Tienes hambre? —El balbuceo fue inmediato—. Okay, okay, vamos entonces a preparar el biberón y a arrancar con este nuevo día.
Le besó la frente y la tomó en sus brazos, logrando su risa suelta. Con los piecitos hacia arriba y viendo todo a su alrededor, la pequeña fue con ella balbuceando, anunciando su despertar en aquella casa de dos pisos apenas iluminada por la luminosidad de las cinco de la mañana, hora a la que llevaba varias semanas despertando, porque no había forma de que la pequeña alargara un poco más su siesta.
En la cocina preparó el biberón con la niña en sus brazos y estaba buscando ese sillón con balancín cuando la figura masculina que apareció ante ella la llevó a dar un brinco.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió con voz calma.
—Parece que aún no logras que duerma más tiempo.
Se acercó a ella, besó la cabecita de la niña, pero luego dejó la mano sobre la mejilla femenina, elevándole el rostro. Cuando el roce de un beso fue dado en sus labios, ella dio un paso hacia atrás, saliendo del espacio tan pequeño que él ya había construido.
—Montana...
—No me he cepillado los dientes y ella tiene hambre —respondió sin voltear a verlo—. ¿Ya vas a correr?
Él suspiró con pesadez, pero terminó señalando:
—Sí. Por favor, tenme el desayuno listo a mi regreso. Recuerda que solo tienes una hora. Que no suceda como ayer, que me tocó comer hasta después de prepararme. —Se vieron a los ojos—. Deberías despertar a tu hermano. Vinicio ya estaba lo suficientemente grande como para que te ayudara con los quehaceres de esta casa donde vivía.
—Todos deberían ayudarme con los quehaceres de esta casa, no solo mi hermano adolescente.
Le notó la tensión en la mandíbula, por lo que ella solo suspiró, reacomodándose a la niña en el otro costado. Cuando iba a moverse hacia la sala, la mano con fuerza la tomó del brazo. Ella volteó hacia él con confusión.
—¿Eso qué significa?
La pregunta fue firme, directa y cargada de una seriedad que la llevó a tragar saliva.
—No significa nada. No tiene por qué significar nada.
—Claro que sí, porque lo soltaste como un maldito reclamo. —Ella tuvo que calmarse, buscar serenidad—. ¿Piensas que no ayudo? ¿No es suficiente para ti con trabajar ocho horas al día, atender un negocio que ni siquiera es mío, pero que he logrado mantener a flote y hacer crecer? —Cuando lo miró de frente, él apretó más fuerte—. ¿Acaso no es suficiente?
—Es suficiente —respondió rápido, sin pensarlo—. Claro que es suficiente, Raymond, y, como te dije, no significa nada lo que dije. Solo fue un comentario...
—¡Que sonó a reclamo!
—Pero no lo fue... —Cuando los dos escucharon la desesperación de la bebé, ella suspiró—. Tiene hambre. Le daré el biberón y, cuando termine, me pondré a hacer el desayuno para todos. Ve a correr. No te retrases.
Él no la soltó de inmediato, por lo que ella miró el agarre y luego al hombre que tenía de frente. No entendía por qué, después de tantos años, el corazón se le había empezado a acelerar, y no de una manera romántica o como solían decir las personas para describir los nervios del enamoramiento, sino ese agitamiento que llegaba como señal, como una alerta que no sabía interpretar porque, aun cuando toda su vida había cambiado hacía un tiempo, la realidad era que el hombre ante ella solo la había ayudado.
—Raymond.
—No solo tú te viste afectada por la muerte de mi hermano. —Ella lo miró con atención, conteniendo la respiración—. Y admito que todos los días me pregunto si llegará el momento en que tu corazón realmente se abra a mí, me dé la oportunidad de... de hacerme mi lugar. —La mano que la sostenía pasó a su mejilla—. Montana, yo no quiero reemplazarlo, y, a estas alturas, que me rechaces se siente absurdo, cuando ya tenemos una hija.
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Editado: 15.08.2026