Descubriendo a Montana

Capítulo 2

Su mirada estaba clavada en el paño húmedo que usaba para terminar de limpiar la cocina. Los trastes ya habían sido ubicados y, aunque le ardía la zona baja de la espalda, odiaba irse a acostar dejando trastes sucios para el día siguiente, pero tampoco podía limitarse a lavarlos y dejar la cocina en un estado, a sus ojos, indecente.

De reojo notó la figura masculina ingresar, pero la mandíbula se le tensó cuando la misma acomodó en el fregadero, ya limpio y oloroso, un par de platos y tazas sucias. El hombre, de cabello canoso y ese aspecto arrugado ganado por la edad, pero también por los varios años que laboró en un taller, la miró por encima del hombro, por lo que ella solo le sonrió.

Terminó tragando saliva cuando el escupitajo fue expulsado en el mismo fregadero, justo al lado de los platos sucios, pero él lo limpió con el agua que dejó correr.

—¿Me ayudas con esos? —La voz masculina la hizo suspirar, pero no dudó en asentir.

—Sí, no se preocupe, yo me hago cargo.

—Gracias, linda. ¿Ya mi nieta se durmió?

—Sí, sí, las dos se durmieron... —Él solo se puso a reír, pero ella frunció el ceño—. Bueno, los cuatro ya están dormidos. Afortunadamente, aún tienen el horario de la escuela, pero imagino que eso durará solo una semana.

—No, no, no. —Él se reacomodó, recostándose delante del fregadero—. A los niños se les disciplina desde la infancia porque, si no, llegan a adolescentes, como tu hermano, queriendo hacer lo que quieren. —Ella solo lo miró a los ojos—. Mis nietos no serán vagos que se despierten hasta las dos de la tarde, rascándose las nalgas para buscar qué comer y luego irse a pegar a una pantalla durante horas, jugando videojuegos.

Ella solo acomodó la toalla en la cintura, pero respondió con suavidad:

—Con sinceridad, no quisiera que mis hijos se perdieran su infancia. Ya llegará la vida adulta, que los hará levantarse muy temprano para cumplir un horario de oficina o bien del negocio, si acaso quieren montar uno. Por el momento, a mí no me afecta que se despierten a la hora que quieran.

La sonrisa en él fue ladeada, totalmente burlona.

—Eres débil, Montana. —Ella sonrió más por nervios que por felicidad—. Ese pensamiento moderno está haciendo a esta generación de cristal. No aguantan nada. Al primer llamado de atención renuncian; a la primera corrección física, lo tildan de maltrato.

—Jamás podría pegarles a mis hijos.

Él se encogió de hombros.

—Lo que no se corrige en casa, en la calle lo harán.

—De eso estoy clara, señor, pero no usar la violencia física no implica que no educaré bien a mis hijos para que no tengan que recibir lecciones en la calle o de ajenos. —Lo miró de frente. Él entrecerró los ojos—. Me gustaría lavar los trastes que ha traído para irme a recostar.

—¿Tan temprano?

Ella miró la hora en el reloj del horno. Pasaban de las diez de la noche, pero no dijo nada. En cambio, él sí remarcó:

—En mis tiempos, las mujeres se despertaban a las tres y se iban a dormir hasta medianoche. No se sentaban a tomar respiros de nada, y Dios guarde que no tuvieran la cena a tiempo... —Le mostró el dorso de la mano—. Uno, bien dado en la mejilla, y todo se corregía.

—Qué bueno que esos tiempos ya quedaron muy, muy atrás —respondió ella.

—Quizás hay que volver.

De nuevo dibujó esa mueca de sonrisa, la que no podía siquiera describirse de esa manera porque nacía cuando los momentos la incomodaban, como aquel en el que su aún llamado suegro volvía a relucir su clara afinidad por el maltrato o la violencia física como una forma de corrección, algo que ya empezaba a causarle más temor del que podía aceptar.

Se acercó al fin al fregadero cuando él se movió, pero, para desgracia de Montana, el hombre no se alejó del lugar. Ella intentó no verlo a los ojos, no buscar cómo continuar una conversación que ya no quería, así que se dispuso a lavar los trastes, desesperada por cambiarse e irse a meter a la cama.

—¿Ya te dijo Raymond que saldrá de viaje? —Ella volteó a verlo, pero negó—. Sí, tiene una especie de feria donde quiere comprar algunos equipos para el taller. —Montana frunció el ceño, pero no dijo nada, así que él continuó—. Se va desde el viernes y vuelve el martes de la otra semana.

—Varios días.

—Sí, me pidió que fuera con él, pero no considero ideal que un viejo como yo ande por esos rumbos. Además, debo cuidar del taller en su ausencia. —Ella asintió—. Pero creo que deberías ir tú.

Montana de inmediato lo miró con incredulidad.

—Para que veas que no soy uno de esos viejos machistas, como tildan a un hombre con convicción. —Ella tragó saliva, pero de nuevo dibujó esa mueca, suspirando—. Pienso que debes ir, aprender del negocio que mi hijo fundó y ahora su hermano ha hecho crecer y mantenido a flote. Además, puede hacerte bien. Unos días de descanso, ¿no?

Ella sonrió, nerviosa, y pronto negó.

—¿Por qué no?

—Señor Barclay, no puedo irme de viaje durante cinco días. Tengo una bebé de diez meses, dos niños de ocho años y un adolescente de quince que dependen de mí...




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