La sonrisa se amplió en ella cuando el beso, ligeramente sudado, fue apretado contra su mejilla. La chiquilla, que había llegado pidiendo que le arreglaran el peinado que ella misma se había hecho, salió corriendo hacia el área de juegos de aquel McDonald’s donde decidió ese viernes almorzar con sus hijos y su hermano menor.
Todos yacían en los juegos, y es que, aun cuando su hermano fuera un estirado adolescente de quince años, la realidad era que gozaba jugando con los mellizos y entreteniendo, así como enseñándole, a una Kendall que ahora yacía sumergida en una piscina de pelotas. Ella, desde la mesa, solo pudo tomar de su soda y comerse una papita, revisando nuevamente el celular.
Su despertar fue agitado. Una incómoda pesadilla donde tenía que andar en aguas sucias y turbulentas con sus pequeños casi colgados de ella la llevó a sentir un pavor que no supo expresar o entender cuando abrió los ojos. La idea de poner a sus hijos en riesgo era uno de los mayores miedos de Montana, porque sabía bien que, en el momento en que eso ocurriera, su peor temor sucedería y sería apartada de los suyos.
Perder la custodia de los mellizos y de la misma Kendall se había vuelto una especie de miedo que se afianzaba a ella como si fuera una tortura, como si se tratara de garras afiladas que, cada vez que lo sentía posible, que reconocía que sí había personas que podían no ver su crianza como suficiente o adecuada y podrían lograrlo, se hundían un poco más en su delicada piel y, en cualquier momento, le alcanzarían el corazón.
Ella sabía que, en el proceso del duelo, hubo ciertos descuidos hacia los mellizos. Tan pequeños e indefensos, no tuvieron la atención de una esposa e hija que había sido aplastada de manera profunda por la muerte. Perder a Fabio le rompió el corazón, perder a su madre le rompió la mente y le tomó unos cuantos meses entender que esa pérdida era totalmente irreparable, que ninguno volvería y ella había quedado a la deriva.
Fue en esos meses cuando su suegro y cuñado se acomodaron en su casa, en esa propiedad hermosa donde empezó su familia, el símbolo perfecto no solo del amor que ella y Fabio se tenían, sino del cambio abismal que un golpe de suerte logró que ambos vivieran justamente cuando atravesaban una de las pruebas más duras de su matrimonio: los hijos en condición de necesidad.
Mientras comía otra papita, se permitió volver a esa noche, no a esa donde perdió al amor de su vida y a sus padres, sino a la que llegó dos años después, justamente en un aniversario de esa que marcó totalmente su vida. Se sintió drenada emocionalmente tras la misa que hicieron en honor al segundo aniversario, pero, por insistencia de su suegro, había organizado una especie de cena para los empleados de Fabio y para quienes fueron, en su momento más duro, compañeros de trabajo, amistades que ella aún conservaba para ese momento.
Atendió a dichos invitados, a sus hijos ya con seis años, a su hermano ya con trece, iniciando la adolescencia. Fue amable, recibió esos pésames que seguían llegando y se quedó escuchando las historias de todos ellos, esas donde destacaron al grandioso hombre que ella conocía, con el que se casó. El último invitado se fue pasadas las diez, pero la cocina quedó totalmente sucia.
Consciente de que solo tenía dos opciones, hacerlo en ese momento o hasta el día siguiente, viéndose en medio de esa suciedad haciendo el desayuno, que sumaría más suciedad, terminó haciéndolo esa noche y, mientras limpiaba, su cuñado se sumó. Entre una tarea y otra, entre una conversación y otra, algunas cervezas de las que habían quedado fueron compartidas.
Montana sabía que se tomó dos y, justo cuando le empezó a doler la cabeza, terminó dejando la tercera, a la que apenas le dio un trago. Recordaba haber visto a Raymond buscar unas aspirinas en el botiquín que tenían en un cajón de la cocina. Miró las dos pastillas que llegaron a sus manos, mismas que tomó y, aunque no quería mezclarlas con la cerveza, sí sabía que esa tercera lata que abrió fue la que llevó cuando Raymond, una vez que dejaron la cocina al menos limpia, la invitó a la terraza.
Recordaba que encontró algo de resentimiento en la voz de Raymond al describir cómo se sintió cuando ese golpe de suerte le llegó a su hermano. Que incluso le reclamó que ella hubiera permitido que Fabio no les diera a él y a su padre un poco más de lo que sí les dio, y que los hiciera trabajar como cualquier empleado cuando, por ser familia, tendrían que haber tenido mejores puestos. Y, entre una idea y otra, Montana solo recordaba que la terraza se fue disolviendo y pronto se vio sumergida en oscuridad.
Tragó saliva y bajó la mirada hacia las bandejas. Tomó otra papita, que comió con los ojos cerrados, concentrándose en los gramos de sal que encontró en ella. Acercó la mano nuevamente y tomó dos, luego un puñado más grande, mientras iba recordando lo que ahora solo podía tildar como vestigios, escenas que no podía separar entre lo real y un sueño. Su cuerpo siendo cargado, llevado a la habitación principal, a esa cama que ella compartió durante mucho tiempo con Fabio, y luego el cuerpo de Raymond acomodándose a su lado.
El puñado fue grande, no por hambre, sino por asco cuando recordó ese beso que quedó en su hombro y la mano fuerte, pero, sobre todo, segura, deshaciendo el primer botón de su vestido negro. Ante el roce que también llegó, ella solo abrió los ojos, negándose. Suspiró con alivio cuando Vinicio y una Kendall ligeramente sudada llegaron a la mesa. Él tomó de su soda, pero hizo reír a la niña cuando soltó un eructo.
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Editado: 15.08.2026