Descubriendo a Montana

Capítulo 6

Las miradas se encontraron, pero él solo entrecerró un poco la suya para continuar avanzando. El área no lucía como solía hacerlo, menos a esa hora, cuando aún era la tarde. No había olor a comida o incluso a productos de limpieza, no encontró algún regadero de juguetes, como había ocurrido en otras ocasiones, pero tampoco encontró actividad infantil, por lo que, sobre su hombro, buscó a la joven que iba tras él, como pisando su sombra.

Ingresó a la cocina, analizando lo mismo. No había señal de que hubiera habido almuerzo, pero aun así se dispuso a revisar el horno, el microondas y esa alacena donde a veces se guardaban los platos que ella dejaba para ellos, pero no encontró nada. Esbozó una sonrisa de burla, se encaminó al frigorífico y del mismo sacó una lata de soda.

El sonido de la misma siendo abierta rompió el silencio que los envolvía, pero ella continuó ahí, solo observándolo con detenimiento.

—Veo que el dicho tiene razón, apenas el capitán sale del barco los ladrones hacen fiesta —comentó él, viéndola de reojo—. Mi hijo se va de viaje unos días y se te pega lo floja. No hay almuerzo y ya son las cinco, no has empezado la cena.

—No voy a cocinar cena. Es más, no voy a cocinar más...

Él entrecerró la mirada, pero no volteó a verla de inmediato. Tomó un trago de la bebida y despacio se dio la vuelta hacia ella. La mirada que posó sobre la misma fue intensa, acusatoria de forma inmediata, pero ella no parecía intimidada, no como solía hacerlo, así que él arqueó una ceja.

—¿Qué dijiste, Montana?

La pregunta fue expulsada con frialdad, con ese nivel de seriedad que se imponía como un poder destructor sobre ella.

—Dije que no cocinaré, ni la cena ni nada más. No para usted, no para Raymond.

—¿De qué estás hablando?

Montana tragó saliva cuando él avanzó, pero se quedó ahí, ante la isla que lo separaba de ella. Acomodó sobre la misma la lata tras darle un trago, pero ladeó la cabeza, como si fuera una bestia cruel analizando a su presa.

—Estoy hablando de que necesito que se vayan de mi casa... —Mario escuchó con atención—. Usted hoy mismo y, para cuando Raymond vuelva, ya tendrá sus cosas trasladadas a donde sea que usted se ubique. No pueden continuar aquí.

Él se burló, lo hizo de manera inmediata, pero solo suspiró, cruzándose de brazos ante ella.

—Esta no es tu casa... Es la casa de mi hijo. Mi hijo Fabio, el que murió por ir a traer a tus padres, mismos que tú insististe en tener en tu cumpleaños, como una pequeña caprichosa que no podía aguantarse a verlos un día después. —Montana tragó saliva, pero dio un brinco cuando Mario golpeó con las manos abiertas la isla—. Así que pídeme ahora mismo una disculpa... ¡y ponte a hacer la cena! —gritó—. Antes de que sea yo quien te enseñe de verdad quién tiene el poder aquí...

Montana no se movió, solo lo miraba con atención, con una profundidad que, aun cuando aquel hombre estuviera pegando gritos, muy en el fondo lo hacía sentirse incómodo, expuesto de alguna manera y, por lo mismo, tomó la lata, le dio un trago y, tras apretarla en su mano, la lanzó hacia donde estaba la joven.

El movimiento ya era violento, pero no le pegó, aunque sí le salpicó parte del rostro y la pierna.

—¿Qué demonios te sucede? ¿Quieres que llame a la policía? —le preguntó con firmeza—. ¿Quieres que me haga cargo de lo que debí hacer hace años, cuando casi dejaste morir a mi nieto? —Montana tragó saliva—. Tú eres una desequilibrada mental. Te declararon con depresión, una mujer incapacitada para el cuido de sus propios hijos, y hemos sido ¡nosotros! —se golpeó el pecho— quienes hemos estado ahí para ti, para tu familia, porque aun cuando eres la responsable de la muerte de mi hijo, no te castigamos como debíamos por lo mismo.

A Montana el cuerpo se le había paralizado. La mente la tenía cargada de ideas, entre lo que ese hombre había dicho, las acusaciones que claramente pensaba de ella y la forma en la que la miraba, más las amenazas que ella sabía bien siempre habían existido, que habían sido las responsables de haber alimentado y hecho crecer esa garra que se hundía en su piel, combinándose con lo que su hermano, a quien sí le creía, le había advertido.

Mario gimoteó, burlándose de ella, pero terminó negando para buscar la salida. Montana se apartó de su lado, pero vio a ese hombre moverse con rapidez hacia el área del salón, buscando el teléfono de la casa, lo que para ella resultó una estrategia clara.

—No sé a qué estás jugando, Montana —le señaló Mario—, pero si quieres medir poderes, te puedo enseñar el mío. No vas a aprovecharte de que Raymond, a quien te recuerdo te le metiste como una total... fácil —remarcó con sorna—, no está en casa para poner orden.

—Esta no es su casa —respondió ella—, ni es suya. Es mi casa y el orden lo pongo yo. —Lo miró de frente—. Fabio la hizo. Las escrituras tienen su nombre y, aun cuando yo no haya terminado la universidad, estúpida no soy. Sé bien que tengo mis derechos como su viuda, como su esposa, ¡porque me casé con él! —le recordó con firmeza—. Y pongo muy en duda, día a día, que haya sido realmente yo la que se le metió a su hijo Raymond.

Mario endureció profundamente sus expresiones y dio un paso firme hacia ella, quien se mantuvo firme en su espacio, viendo a ese hombre descomponerse ante sus ojos.




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