Descubriendo a Montana

Capítulo 7

Cuando la cabecita terminó recostada en su hombro, por reflejo el cuerpo le dio un brinco. Al fin despegó su mirada ida de ese respaldo del asiento del autobús donde había subido a sus hijos y a su hermano menor. No tenía idea de a dónde se dirigía, no tenía un destino, no tenía siquiera un plan, porque sabía bien que aquella huida no era la forma en la que deseaba terminar su viernes.

Pronto el mentón le tembló y solo pudo reacomodar a su hijo contra su pecho, abriéndole el brazo para que se recostara bien. Iban en la última fila de asientos de ese autobús iluminado por pequeñas luces doradas en el techo. No eran los únicos en el lugar, pero sí parecían los últimos pasajeros, los que tenían como destino la terminal del mismo.

No sabía dónde se encontraba, sí que había recorrido mucho. Que no salió del residencial andando, sino en un taxi que, afortunadamente, acababa de llevar a una persona a una calle de distancia. El hombre, al verla con tantos niños, le preguntó si iban a la terminal de autobuses y ella, en modo automático, aceptó lo mismo, sin imaginar que cuarenta minutos después estaría arrepentida de pagar un viaje tan costoso y de haber llegado a un punto donde no tenía idea de cómo avanzar.

Miró a los suyos. Los miraba a través de un velo cargado de miedo, de una adrenalina que no la hacía sentir fuerte; por el contrario, deslizaba corrientes eléctricas por su espalda, convirtiéndola en una especie de muñeca de trapo que no sabía cómo sostenerse. Temía caer, temía gritar, temía asustar a sus propios hijos y que ellos fueran los que huyeran de ella, pero, sobre todo, temía perderlos, porque sabía bien que, después de lo que hizo, esa era la única y más segura posibilidad.

—Mami...

La pequeña Jazlin, que se había acomodado en su pierna la última media hora de viaje, se sentó en el asiento, viendo con confusión la oscuridad tras el vidrio trasero del autobús. Se sentó mejor, pero se acercó a la ventana que tenía cerca de ella, volteando luego hacia donde estaba su madre.

—¿Dónde estamos?

Montana tragó saliva, pero pronto solo le abrió el otro brazo a su hija. Jameson seguía dormido.

—Estamos empezando una aventura.

—¿En serio iremos a acampar? —preguntó ella.

—No, no tan así como Jameson lo dijo, pero hoy vamos a dormir en otro lugar...

—¡¿Un castillo?! —preguntó la niña emocionada.

Montana no pudo evitar dibujar para ella una sonrisa, pero pronto la misma se borró, cargándola de un miedo que le hizo temblar el mentón. Jazlin, ante ese gesto, giró la cabecita hacia un lado, le dejó su mano en la mejilla a su madre, quien solo negó con esas lágrimas ya en sus pupilas.

—¿Qué pasa, mami? Está bien si no hay dinero para un castillo...

No pudo decir nada. Tomó a su hija y la apretó contra su pecho. Dejó su mejilla recostada en la aún perfumada cabecita y ahí buscó la fuerza, la seguridad y la determinación que necesitaba, porque aun cuando seguían estando bajo su poder, en ese punto todos ellos iban a sobrevivir gracias a su protección y no podía dejarse desfallecer, aun cuando el miedo se moviera bajo su piel como hormigas embravecidas.

—No iremos a un castillo... —le indicó—. No aún, pero vamos a dormir en un hotel, el más bonito que encontremos.

—¿El tío Raymond estará ahí?

—No, no, no, mi amor. El tío Raymond ha viajado y no volverá aún.

—¿Y nosotros cuándo volveremos a casa?

Montana suspiró con pesadez, pero el rabillo del ojo la llevó a voltear hacia donde estaba Vinicio, que, del otro lado del mismo asiento, había visto toda la interacción. Kendall se despertó a la llegada a la estación, pero en su tío encontró de nuevo el sueño y, en ese viaje que se había tornado tan largo y pesado, volvió nuevamente a quedarse dormida en sus brazos.

—Por ahora vamos a buscar un lugar bonito donde quedarnos y luego vamos a hablar todos —le indicó Montana a su hija—. Solo te indico, princesa mía, que no importa dónde estemos, mamá siempre va a cuidar de ti, ¿sí?

—Sí, mami. ¿Puedo usar mi tableta?

—Sí, mi amor. Claro, mientras llegamos.

Le besó la coronilla y la dejó separarse, viéndola buscar en la mochila que había preparado y que ella realmente no revisó, la tableta que prontamente la distrajo, pegándola un poco a la zona de la ventana. Montana dejó que Jameson se acomodara en sus piernas, donde ella le puso un suéter como almohada, pero pronto, y rozando el cabello de su hijo, volteó hacia donde estaba Vinicio, que apenas se corrió un poco más cerca de ella.

—¿Crees que él...?

—No lo está —suspiró con pesadez, pero pronto tuvo que controlarse—. Sé que tomé impulso, que lo di con fuerza. —El joven estaba tan pálido como ella—. No podía siquiera permitir... no cabía en mí la idea de que dejara que él te hiciera daño...

—Eso se puede tomar como defensa, ¿no?

—Vinnie... —Montana apretó los labios—. Ahora no quiero hablar de eso, ¿sí? Necesito un plan, necesito ubicarme, saber a dónde nos dirigimos y buscar un lugar donde podamos pasar la noche. Descansar un poco despejará mi mente y me permitirá pensar mejor...

Montana recostó su cabeza en el asiento y solo cerró los ojos unos segundos.




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