Descubriendo a Montana

Capítulo 8

El cuerpo se sacudió cuando el agua fría le tocó el rostro. Se agarró del lavabo y suspiró, continuando con esa lavada de rostro que se estaba dando. No tenía más jabón que ese que sí llevó de su pequeña bebé, mismo que terminarían usando posiblemente todos, porque apenas les habían dejado una barra de jabón bastante pequeña que presentía se desintegraría apenas el agua la tocara.

Suspiró mientras se secaba con la toalla, viéndose en ese espejo mediano. No había dormido mal; en algún momento su muy cansada mente simplemente se apagó, pero sí había despertado, incluso sin la alarma, a la hora de siempre. Notó el sol colarse por las cortinas que la habitación tenía. Afortunadamente, el aire acondicionado funcionó muy bien y resultó silencioso. Y una vez que los chicos cenaron los sándwiches improvisados que hicieron entre lo conseguido en las máquinas expendedoras y lo que ella trajo de su casa, cayeron rendidos.

Movió el cuello de un lado al otro y solo tomó el celular de su hermano, viendo la hora. Ya era un poco después de las seis de la mañana.

—Necesitas un plan —se indicó, asintiéndose—, y la primera parte es que no te puedes quedar en Idaho. Tienes que salir... —suspiró con suavidad—. Tienen que salir de este estado...

Cerró el váter y, sentada sobre la tapa, fue revisando en el celular de Vinicio la mejor ruta que podía tomar. De viajar hacia el norte terminaría en la frontera con Canadá y sabía bien que eso no era una opción. Wyoming parecía una buena idea, pero al buscar cuánto tardaría en llegar por transporte terrestre desde donde estaba, solo abrió grandes los ojos. Trece horas de viaje con tres niños y un adolescente no parecía buena idea. Fue entonces cuando el límite noroeste, Montana, la llevó a buscar información del mismo.

Parecía una buena opción. Era muchísimo menos tiempo y, de hecho, estaba más cerca de donde se encontraban, por lo que solo asintió.

—¿Y qué hay en Montana para ti?

Cuando tocaron la puerta, solo elevó la mirada. Bloqueó el equipo, pero abrió, sonriéndole a ese Vinicio que lucía medio dormido.

—Lo siento, quiero ir al baño.

—No te preocupes, ya había terminado...

Él asintió. Ella salió encontrándose con todos los pequeños aún dormidos.

—Tengo aún tu celular, por si lo has buscado.

—Sí, sí, está bien. Creo que hay que ponerlo a cargar antes de irnos —respondió él desde el baño—. Ayer estaba un señor en recepción. Me dijo que ellos no servían desayuno, pero que hay una especie de comedor o cafetería como a cinco minutos caminando, que la comida no es mala, es casera.

Montana suspiró.

—Puedo ponerme unos tenis e ir a buscar algo para cuando despierten los chicos.

—No, no, no. Es algo temprano aún. Mejor vuelve a la cama para que descanses un poco más.

Dio unos pasos hacia atrás cuando la puerta se abrió, viendo al alto chico, ya en ese momento superándola por algunos centímetros, recostarse en la madera cuando la cerró.

—¿Te ha llamado? ¿Alguien te ha contactado o sigues con el teléfono apagado?

Ella suspiró, pero terminó señalándole:

—Dejé mi equipo en el autobús...

—¿Qué? Hay que ir entonces a la estación. Quizás el conductor lo encontró y...

Montana rápidamente le negó.

—Fue a propósito, Vinicio —aclaró ella. Él frunció el ceño—. Yo no sé cómo funcionan estas cosas y si hay alguna posibilidad de rastreo a través del mismo. Antes de bajarme, lo dejé bajo el asiento que teníamos adelante, pegado a la pata del mismo, y está apagado. Dudo que lo encuentren tan fácilmente. —Suspiró, pero pronto miró hacia la cama—. Mi deber ahora mismo es cuidar de ustedes, con lo poco que tengo, y debo también transformar ese poco en mucho.

—Te dije que tengo algo de dinero...

—No se trata solo de eso, Vinnie. Esto puede durar uno o dos días, pero no puedo someter a mis hijos a dormir en moteles de carretera o viajar horas y horas en autobús...

Pronto se puso a negar, pero terminó tocándose el pecho cuando le dolió. Vinicio suspiró cuando la vio acomodándose en ese sillón pequeño, que pareció chillar con el peso de Montana, dejando claro lo viejos que eran los resortes. Ella pronto suspiró, se recostó en el respaldo y, aunque el sillón anunció a su hermano sentándose a su lado, ella no se movió de lugar. Su mirada yacía puesta en esa marca de humedad del techo.

—No creo que podamos volver... —susurró—. Y quizás seas la persona menos adecuada para esto, porque eres, después de todo, un niño aún.

—Ya tengo quince.

Ella sonrió.

—Lo sé, Vinnie, lo sé. —Lo miró unos segundos—. Pero no dejas de ser un niño, un adolescente que debería estar en su habitación, dormido hasta la hora que quiera, disfrutando de sus vacaciones de verano y esperando con ansias el campamento al que... —sollozó, pero tuvo que cubrir su boca para no ser muy escandalosa— no podrás ir, Vinnie.

El paso de saliva fue pesado, pero no pudo acercarse a ella, aun cuando quería hacerlo, porque le vio las lágrimas corriendo rápidamente por sus mejillas.

—Hemos huido. Dios... —soltó al fin—. He huido con tres hijos y mi hermano menor a un rincón del país donde no tengo idea de qué pasará, porque ahora mismo lo único que tengo seguro es que no podemos volver. No puedo volver a mi casa.




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