Descubriendo a Montana

Capítulo 9

Abrió los ojos despavorida cuando sintió que la cabeza se le sacudió en ese cabeceo. Parpadeaba confundida, tratando de ubicarse donde se encontraba, pero pronto suspiró al comprender que seguía en aquel autobús. Miró el reloj en su muñeca. Para ese momento ya llevaban un poco más de cuatro horas de viaje, ya pasaba del mediodía y el sol que se notaba tras las ventanas polarizadas parecía picoso y extremo.

Ubicó a los suyos, porque no iban sentados en las mismas filas, y aunque Jazlin primero se ubicó con ella, al parecer se movió dos filas más adelante con el tío Vinnie, quien iba con la cabeza recostada en el respaldo. Los tres pequeños, incluida una bien despierta Kendall, jugaban en el otro espacio, por lo que ella solo se limpió el rostro, buscó en uno de los bolsos a sus pies un poco de agua y, tomando el mismo termo, se movió de lugar.

—Vinnie.

—Sí, estoy despierto.

Ella sonrió, pero él no se reacomodó.

—Tomen agua —ordenó.

Los niños jugaban en sus tabletas, por lo que apenas le prestaron algo de atención, pero luego del primer trago, que llevó a Jameson a arrugar el rostro, el chiquillo le consultó:

—Mami, tengo hambre, ¿ya vamos a llegar?

—Sí, mi amor, ya casi vamos a llegar. Tengo algunas papitas y galletas, ¿quieres algo de eso?

—Yo sí, mami.

Ella asintió. Jazlin se movió de lugar, avanzando hacia el asiento donde Montana retomó su lugar, y tomando otro de los bolsos del piso empezó a sacar la pequeña dotación que había tomado desde su casa. Pronto, el mismo Jameson se acercó y terminó llevándole una bolsa de papitas a su tío Vinnie.

Montana suspiró. Había comido poco en el desayuno, pero su estómago tampoco estaba exigiendo mucho. Además, sentía que tenía que racionar cuanto pudiera el dinero y, si para hacer lo mismo debía alimentar solamente a los suyos, sin duda lo haría. Buscó el celular de su hermano, el que había llevado en su bolsillo, y solo notó cómo la aplicación del clima ya la ubicaba en el estado de Montana.

El miedo la llevó a negar, a comerse con suavidad la bolsa de papitas pensando en lo que podría suceder. Muchos escenarios se desplegaban para ella, ninguno positivo, pero ciertamente el más cruel y peligroso era ese que de mayor miedo la llenaba: la posibilidad de que Mario Barclay estuviera muerto por el golpe contundente que ella le dio en la cabeza, porque sabía que, de suceder lo mismo, no solo su libertad estaba totalmente condenada, también la seguridad e incluso la unidad de sus hijos.

Tentada estuvo a ser ella la que hiciera la comunicación. Sentía una profunda necesidad de saber qué había pasado, si estaba vivo, muerto, si la buscaban, si la habían dejado ir, si le permitirían empezar de cero como se convencía que debía hacerlo, pero solo pudo meterse dos papitas a la boca y elevar la mirada cuando, por el intercomunicador del autobús, anunciaron la cercanía de Bozeman, un lugar que ni siquiera sería capaz de ubicar en el mapa, pero sería su destino para empezar.

Buscó en esos compartimientos sobre sus cabezas el bolso que había hecho con apenas unas cuantas de sus cosas. Con ayuda de un pequeño espejo, se acomodó las castañas hebras en una coleta alta, se aplicó un poco del brillo labial que encontró al fondo y se notó las ya marcadas ojeras.

—Nada está arreglado, pero eso no implica que no lo estará —comentó para sí misma, pero se asomó por la cortina que cubría la ventana—. Por favor, mi amor, por favor, cuida de nosotros. Te lo ruego, te ruego que no permitas que me separen de nuestros hijos, de mi hermano. —Miró al cielo—. Mándame un ángel, alguien bueno y poderoso que se atreva a protegernos como sé bien que tú lo harías de estar aquí.

—Mami...

Cerró los ojos ante el llamado. Jazlin se acomodó a su lado y pidió del agua que Montana, sin dudarlo, también le dio. Al final aprovechó el momento para peinar a la niña, luego ella misma le pidió a Jameson que llegara y así, con toallitas húmedas, fue poniendo un poco más presentables a sus hijos.

Se puso de pie para acercarse a Vinicio.

—¿Ha tomado fórmula? —preguntó, tomando a Kendall en brazos—. Va bien sudada.

—Hace un calor de los mil demonios y, si abro un poco la ventana, se siente como ráfagas de fuego.

Ella sonrió.

—Qué dramático eres —le comentó.

—Aún tengo algo de agua en el termo. Ya anunciaron que vamos llegando.

Él asintió.

—¿Cómo te sientes?

—Bien, con calor, pero bien. ¿Dormiste al menos un poco?

—Sí, sí, algo...

—Okay, iré rápido al baño.

—Okay, gracias, Vinnie.

Él solo asintió, pero Montana apretó a su hija contra el pecho. Ella sabía bien que su hermano solo había protegido a sus sobrinas y que tenía muchísimo que agradecerle, porque no era solo el cuidado en ese momento, sino el de siempre: la protección, estar pendiente de ellos, jugar. Sentía que había sido un gran pilar en su vida desde que ambos fueron golpeados por tan duras pérdidas.

Se movió con la bebé en brazos hacia su asiento y, utilizando las mismas toallitas húmedas de Kendall, le secó el sudor y esos puntos de su cuerpo rollizo donde solían formarse pequeñas pelusitas. Peinó con suavidad el cabello ligeramente ralo y estaba buscando un lazo para que luciera encantadora cuando sintió la vibración.




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