El primer instinto que tuvo, justo al pasar aquella puerta de madera, fue retener a su hijo, que iba seguro a buscar una mesa. Su mirada se deslizó por un lugar mucho más lleno de lo que habría imaginado, pero también con personas que no esperaba. Todos parecían haber salido de algún rancho o más de uno. Hombres fuertes, de aspectos que solo podía describir como rudos, de botas sucias, camisas con manchas de sudor, envueltos en una nube que olía a cigarrillo y cerveza, lo que la mayoría parecía tomar.
Notó algunos sombreros en las mesas y otros acomodados en las rodillas de los presentes, quienes habían puesto sus miradas intrigadas en ella y su pequeño clan. Pasó saliva, notó en la barra cómo un hombre ladeó la cabeza, pero se reacomodó de frente a ellos, por lo que tuvo una única orden: darse la vuelta e irse. Sin embargo, las palabras de Vinicio la detuvieron.
—Creo que tenemos código marrón.
—¿Qué?
Volteó a verlo, pero pronto solo notó el rostro sonrojado de su bebé, pujando con fuerza.
—Oh, por Dios…
Miró de nuevo hacia el lugar. La música se movía suave, no invasiva, pero sí de manera clara, y era obvio que la presencia de una mujer con tantos menores había llamado mucho la atención. Sin embargo, ella no se sentía nada cómoda con aquellas miradas, así que solo pudo ordenar:
—Okay, iremos a buscar un lugar donde la podamos cambiar y tenemos que volver a la ciudad…
—¡Mami, mira un toro mecánico! —anunció Jameson con emoción.
—Mami, tengo hambre y quiero ir al baño —susurró Jazlin.
En los brazos de Vinicio, la pequeña Kendall se empezó a quejar, por lo que el joven indicó:
—Creo que también debe tener hambre. Le hemos dado solo biberones y ya ella estaba con su alimentación y se le han pasado varios tiempos…
—Mami, ¿dónde nos vamos a sentar? —preguntó Jazlin.
—¿Puedo subirme al toro mecánico?
De pronto, a Montana le llovían las preguntas, las necesidades de sus hijos y la incertidumbre de su estado. La pequeña Kendall empezó a removerse, a hacer pucheros en los brazos de su hermano, que la sacudía ligeramente para calmarla. Jameson quería ir al área del toro mecánico, mientras Jazlin indicaba que le dolían los pies y necesitaba, ya con urgencia, un baño.
—¡Basta, por favor!
Todos guardaron silencio ante la petición, firme, aunque en un tono ligeramente ahogado.
—Voy a pedir una mesa, comeremos algo aquí, usaremos el baño… —Miró a Jazlin, quien cruzaba las piernas—. Esperen aquí, no se muevan.
Vinnie buscó cómo retener a Jameson a su lado. La pequeña Jazlin miraba los afiches y decoraciones del lugar, pegándose a la pierna de su tío cuando miró la enorme cabeza de un toro colgando al fondo de una pared. Buscó a su madre, quien, casi con timidez, se acercó a la barra porque no había sabido distinguir quiénes eran los meseros. Tras la misma había un hombre de aspecto corpulento que se quitó el trapo del hombro y empezó a secar unas jarras, viéndola con atención.
—Quisiera una mesa para… —Miró a los suyos— para cinco y una silla de bebé, por favor.
El bufido del hombre fue inmediato, pero ella solo pasó saliva, notando al hombre que, casi a su lado y en esa butaca alta, tomó de su cerveza mientras le delineaba la figura.
—Y me gustaría ver el menú, por favor.
Miró hacia el área donde la nube de humo se elevó y le pegó luego en las fosas. Sin dudarlo, indicó:
—Si puede ser en el área de no fumado…
—Esta es el área que tengo, señorita —el hombre tras la barra indicó—. Solo tenemos un área.
—Pero estoy con mi bebé y…
—¡Jonathan!
Ella misma dio un brinco en su lugar, volteando hacia esa mesa en la esquina donde un hombre yacía.
—Ve a terminarte esa porquería afuera. Ya demasiado apestosos andamos como para que vengas tú a ponernos peor.
—Pero…
—Afuera, Jonathan.
Montana notó cómo el joven que fumaba, el único que realmente lo hacía, se puso de pie sin cuestionar nada más y simplemente salió por la puerta principal por donde sus hijos y hermano se encontraban. Volteó de nuevo hacia esa mesa. No miraba realmente al hombre, no sabía cuál de los tres que se encontraban jugando con unos naipes había dado la indicación, pero solo pasó saliva cuando uno, moreno y bien alto, se puso de pie.
Le siguió el andar hasta esa otra mesa esquinera, apenas ocupada por dos. Hubo reclamos, lo pudo percibir, pero pronto se pusieron de pie. Uno de ellos incluso limpió el aro de humedad que la jarra de su cerveza había dejado.
—Parece que se desocupó una mesa para cinco —comentó el bartender—. Le debo la silla de bebé.
—No se preocupe. —Pasó saliva—. ¿Podemos usar el baño?
—Si se atreve…
—Ve a ver si hay papel y si estos vulgares descargaron —comentó la seria voz.
Montana lo buscó de nuevo. Los dos hombres, exceptuando al moreno que volvió a su lugar, lucían mayores en comparación con los otros en el área. Cabellos entrecanos, uno mucho más canoso que el otro. Notó que ese que estaba de espaldas tenía un bastón apoyado en el muslo, pero ella solo volvió hacia los suyos, sin saber a quién agradecer.
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Editado: 10.09.2026