Desde que te vi

7. Mi casa siempre será tu casa

April:

Llamo a mi madre para contarle lo sucedido, pues necesito hablar con alguien, pero resulta que ella ya lo sabe. Noah me dio la noticia en el estacionamiento de la universidad, estando rodeados de un montón de estudiantes, muchos de los cuales, conocían a los gemelos. Andarsa es un pueblo pequeño, así que la noticia se esparció como la pólvora.

Le cuento todo lo que sé y ella me permite llorar, de hecho, me acompaña en el sentimiento. Por mucho que los gemelos me hayan lastimado, formaron parte de nuestras vidas tanto tiempo, que era imposible no tenerles cariño. Antes de colgar, me ofrece venir a pasar la noche conmigo, pero me niego. Ahora necesito estar sola.

Me baño y, antes de acostarme, me aseguro de que la alarma del móvil está encendida para las seis de la mañana. Veo dos mensajes de Hayley de hace dos horas, así que abro el chat que tengo con ella: “¿Estás bien?” “¿No te he llamado porque sé que sigues con él?”

Y, de esa forma, sé que también sabe lo que ha ocurrido.

Mis ojos se llenan de lágrimas una vez más. ¿Alguna vez podré detenerme?

Escribo una rápida respuesta indicándole que mañana hablamos, porque, justo ahora, no puedo hacerlo. La cabeza se me quiere reventar de tanto dolor.

Caigo en la cama y por más que lo intento, no puedo dormir. Solo consigo dar vueltas de un lado a otro, mientras los recuerdos me atormentan.

Cuando suena la alarma a la mañana siguiente, siento que me ha pasado un camión por encima. Me levanto con calma, intentando ignorar el terrible agotamiento, el ardor en los ojos por la falta de sueño y el llanto y la sensación de que a mi alma le han arrancado un pedazo.

Es difícil de explicar, pero definitivamente hay un vacío en mi pecho que ayer no estaba.

Voy al baño, me aseo y me visto antes de dirigirme a la cocina para preparar el desayuno. Todavía tengo quince minutos antes de que deba despertar a Nath para llevarlo a la guardería.

Justo cuando saco cuatro huevos del refrigerador para prepararnos una tortilla, entra un mensaje al celular. Es de mi hermano Esteban.

Steb: Tienes un polizón en el jardín desde hace exactamente treinta y cuatro minutos.

Frunzo el ceño y, a paso rápido, me dirijo a la ventana de la sala. Deslizo la cortina y mi corazón late vertiginoso al ver a Noah sentado en el banco con las piernas estiradas frente a él, la vista centrada en sus botas y las manos dentro de los bolsillos de su chaqueta.

Inmediatamente, le escribo a mi hermano.

Yo: ¿Cómo lo sabías?

Es demasiado temprano para que lo haya visto de camino al trabajo. Al igual que yo, se está preparando para llevar a Kamila, su hija, a la guardería.

Steb: Tu vecina de la derecha me escribió desde el móvil de su marido.

Ruedo los ojos.

Yo: Gracias por avisar.

Cuando voy a guardar el celular en el bolsillo trasero de mi pantalón, me entra otro mensaje.

Steb: Siento mucho lo de Nathan. Más tarde hablamos.

Trago el nudo de emociones en mi garganta y guardo el móvil sin responder. Me dirijo a la puerta y luego de respirar profundo varias veces, abro.

—¿Noah? —inquiero cuando solo nos separan unos metros.

Me pregunto dónde anda perdida su mente, que ni siquiera me escuchó acercarme.

Levanta la cabeza, sobresaltado, y, al verme, se incorpora.

—Ey, hola… —susurra.

—Hola. ¿Qué haces aquí tan temprano?

—Quería ver a Nathan antes de que te fueras para la universidad. Ver si necesitas a alguien que lo cuide o si lo hace tu mamá, no sé. —Se encoge de hombros.

—Está en la guardería.

—Ah… —Es su única respuesta.

Se rasca la frente, mira a su alrededor, se muerde el labio y luego me mira.

¿Por qué está nervioso? Noah no es de los que se ponen nervioso por cualquier cosa.

—¿Puedo verlo antes de que lo lleves? Si no es molestia, claro.

Frunzo el ceño ante su actitud. No estoy acostumbrada a que ande con pie de plomo a mi alrededor. De hecho, no me gusta que lo haga. Él no es así.

—¿Por qué te quedas aquí afuera en vez de tocar la puerta?

—No sabía a qué hora salían, por eso vine temprano, pero no quise interrumpir vuestra rutina. —Se encoge de hombros y yo cruzo los brazos sobre mi pecho.

—¿Dónde está el chico que actúa primero y pide permiso después? —pregunto, sorprendentemente enojada—. Este no eres tú, Noah.

Suspira profundo.

—Ese chico, justo ahora, se siente un poco perdido, si te soy sincero.

—Patrañas. Básicamente sigo siendo la misma, cinco años más vieja, así que necesito que dejes de actuar tan raro. Mi número sigue siendo el mismo, así que si necesitas preguntar cualquier cosa, llama, y la llave de repuesto de la casa sigue en el mismo lugar.




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