Desearía ser tu amigo

4-¿Qué me sucede?

Las dudas crecen cada día, los pensamientos parecen pasatiempos. Pero ese fantasma tiene su propósito... que yo sea loca.

En la vida real, en el mismo lugar que soñé, despierta, yo sólo veo el asiento de madera muriéndose por el tiempo, sin mantenimiento. Pensando en las palabras que dijo Alexa y su triste funeral, apareció de la nada Julieta buscando mi compañía.

–Creo que esperabas soledad y no compañía –dijo Julieta evitando tener contacto visual y mandando palabras en su espalda.

El grado de mi mirada fue pequeño, encogiendo mis ojos hacía ella la miré. Ambas caímos en imágenes tristes pero las expresiones eran hacia mi culpabilidad.

–No sabía que esto sucedía, esto es la realidad no ficción –argumenté.

–Lo siento, ahora esto es la realidad aunque parezca gráfico –comentó Julieta pero mirándome.

–Ok, entonces... esto puede ser mi culpa –razoné.

–Yo diría que sí.

– ¿En serio crees en eso?

–Na... no lo sé. Pero no creo que sea coincidencia que Alexa muriera por mencionar el nombre completo de –se detuvo por temor –... ya sabes quién.

Me puse a pensar, estaba aferrada que no era verdad la maldición. Recordando lo sucedido en el entierro, no podía creer que Julio tuviera hermanos. Miré a Julieta y le pregunté:

–Oye, ¿Julio tenía hermanos?

De repente, Julieta me miró de manera nefasta y reclamando que no la molestara con lo mismo se retiró, no supo cómo tolerar esa idea. Valla maravilla, yo también me alejé y siguiendo adelante me topé con Diana, también mirándome nefastamente, trataba de alejarse de mí pero yo lo evitaba. Al perseguirla por mucho tiempo. En el parque verdoso y amarillento dejó de caminar y me reclamó:

– ¿Por qué me persigues?

–Quiero saber cosas de tu hermano –reclamé sin pensarlo.

–Bien, te diré esto. Él ya murió. Ahora déjame en paz.

– ¡No! –grité tomando fuertemente su brazo izquierdo.

– ¡Suéltame!, me avergüenzas.

–No. No te soltaré hasta que me ayudes a saber cosas sobre la maldición. Y si es posible detener esta situación.

–Ay niñata, hay maldiciones que deben durar por siempre para que el ser humano sea castigado y reflexione sus errores –dijo Diana con tono de frialdad.

– ¿En serio?, ¿Hasta el más inocente debe ser castigado por la muerte como mi difunta amiga Alexa?

– ¿Quién... la drogadicta?, ella dejó caer en la tentación y vivir su vida en vicios. Así que eso no es inocencia.

Quería defender el nombre de mi amiga pero me quedé muda. Así que decidí irme a mi casa, algo raro es que Diana quería acompañarme a la residencia. La conversación que sosteníamos era solo de la maldición:

– ¿Me puedes decir alguna parte de tu hermano antes de que muriera? –pregunté.

–Según lo que sé. Dos días antes de que se finalizara la generación escolar, Julio hizo collares de monedas plateadas con una sonrisa, parecidos como a los emoticones. Hizo como diez y quería repartirlos a las diez personas que quería que fueran sus amigos; en especial a Julieta, Brandon y una tal Miranda –mi alma se petrificó, viví ese suceso y me arrepentí de repente– .Las entregó ese día y cinco de ellas fueron a la basura, otros los rechazaron y la ramera de Miranda le dijo "Julio, eres un niño odioso, estúpido y maricon. Yo nunca seré tu amiga y nunca tendrás amigos. Lo siento pero serás solitario" –terminó Diana de contar la historia y ese remordimiento me afectó la cabeza y los ojos.

– Desearía conocer esos collares.

–Oh creo que tengo uno –aseguró Diana y extrajo de su sudadera ese collar: simplemente una moneda plateada que estaba atravesada una cuerda delgada roja pero sin sonrisa.

– ¿Dónde está la sonrisa? –pregunté.

–No lo sé, este creo que no lo hizo mi hermano.

Seguimos caminando hasta llegar a un árbol color amarillo y marrón otoñal cercano al letrero "Alto". Nos detuvimos y aparecieron Alan, Julieta y Mauricio buscándome o para reclamarme algo.

–Miranda, por fin te encontramos –dijo Julieta y Diana me miró con sorpresa.




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