Desearía ser tu amigo

14-Desearía ser tu amigo.

En la oscuridad, solamente guiándonos con la linterna; Alan, Diana y yo empezamos a correr hasta alejarnos de la residencia. Al detenernos… Ese lugar… ese paisaje, es donde Víctor visitaba mis sueños, no sabía que era real, el ambiente pero de noche. Nos detuvimos, agotados, yo era la única que quería seguir en el camino sin destino.
— ¿Chicas? —preguntó Alan— creo que debemos de regresarnos a la residencia.
—Tienes razón —opinó Diana.
—Lo siento—interrumpí—… pero tenemos que seguir.
— ¿Estás loca?—dijo Alan— Estamos corriendo sin sentido.

Aunque lo escuchaba, lo ignoraba, pues sentía que nada podía detenerme en mi camino. Seguía corriendo, aún con las advertencias de los dos, pero la oscuridad me tendía una trampa; sin mirar el suelo, me detuve al llegar un precipicio, su tentación era peligrosa. Algo raro producía en los cuerpos de Alan y Diana, no podía distinguir si era nostalgia o trauma pero los dos reconocían el precipicio.
—Miranda, aléjate de ahí— ordenó Diana, sólo me di media vuelta y los miré.
— ¿Es aquí donde murió Julio?—pregunté.
— ¿Tú qué crees?—exclamó Diana, sólo Alan la miraba. Solamente escuchaba el viento y susurraba sin sentido:
— ¿Por qué sucede esto?, no entiendo— preguntaba en el aire y con mirada pérdida— ¿Cómo pedirle perdón a Julio?

Sólo di un paso atrás, una miserable piedra provocó que tropezara, cayendo al abismo como cayó Julio; golpeada por rocas, arañada por las ramas y a punto de morir por una espada de madera atrapada. Milagrosamente lo esquivé sin saber cómo.
Abro los ojos y veo una cruz. Al parecer es en esa posición donde murió Julio, la espada de madera desapareció o algo así. Recuperaba la razón pero sentía sangre en mi cabeza, estaba perdida. Sin visiones, miraba a Julio sin su apariencia sangrienta y siendo la misma imagen infantil.
— ¿Julio?—pregunté.
—Miranda… hace tiempo que no te veía.
—Julio… no sabes…
—Ya lo sé. Sé lo que sientes— adivinó Julio y un silencio alargó la conversación. Comencé a llorar, creo que fue por el arrepentimiento.
—No, no… no sé qué decir.
— ¿Por qué lloras? No es necesario. Yo debo ser el emocionado.
—Pero te traté mal. No pude valorarte.
—No te pongas así. Siempre he deseado ser muy agradable, pero en especial a ti. Desearía ser tu amigo —recordaba Julio sus propósitos y lo admiraba—… Desearía ser tu amigo pero estoy muerto. Te he molestado otra vez y las malas vibras se convirtió en maldición. Desearía ser tu amigo.
— ¿Sabes? Yo también desearía ser tu amiga. Y más que eso… que me perdones.
De repente, de un huracán de arena, Julio se convirtió en Víctor, el chico que siempre me enamorada.
—Perdóname si también invadí tus sueños pero estoy enamorado de ti.
El instinto nos dominaba; cerramos los ojos y el beso era muy apasionado, hermoso, amoroso. Los labios se unían como fuego y agua en alianza, se detenía el tiempo, ese instante sentí el amor. Dejamos de besarnos y un rayo de luz nos iluminaba, el cielo reclamaba el alma de Julio. Miré el cielo y después miré a él.
—Te veré algún día —se despidió.
Sin nada más, desperté, vi la cruz y ya no sentía el amuleto. Trataba de levantarme pero estaba débil. De lo alto, un sujeto me ayudó a levantarme y a subir arriba. Al llegar, Diana y mi madre me preguntaban cosas y se preocupaban. Poco a poco, me atendían los paramédicos en su ambulancia. De muchas preguntas, contestaba que me sentía bien. Mientras me atendían, la madre de Diana apareció ante las personas, mirándome con una sonrisa y alzando su pulgar en agradecimiento. Al parecer, sentía que su hijo por fin descansará en paz. En cambio, yo le sonreía para corresponderle. Pues en los objetivos de la vida, si es por amor, se cumplen.




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