No recuerdo cómo llegué a la casa de Vero. Solo sé que ella me cuida desde cachorro.
Admito que no siempre fui buen compañero... Me gustaba robarle sus pantuflas. Era divertido ver cómo me corría por toda la casa. Cómo fingía estar cansada para que yo bajara la guardia para así volver a intentar atraparme, la verdad, yo siempre fui más rápido.
Para mí Vero era alguien muy atenta. Como mi mamá.
Solo que de dos patas...
Ella siempre me hacía comida muy rica y me compraba juguetes raros. Pero a mí siempre me gustó la pelota, una de tenis que era de su novio Juan, otro de dos patas.
Jamás comprendí por qué él se molestaba cada vez que la usaba. Pero a mí siempre me gustó robarla y correr con ella.
Juan y yo nunca pudimos llevarnos bien. A él parecía no gustarle los perros y a mí no me gustaba que me robara la atención de Vero.
Pero a los dos nos tocó compartir.
Juan era alguien que la visitaba seguido, pero últimamente dejó de venir.
La verdad es que ya hacía tiempo parecían estar mal y, aunque no entendiera del todo, sentía que era el responsable de esas peleas.
Ella no parecía estar bien, así que fui con mi pelotita para que me la tire y se distraiga. De paso se divierte conmigo y hasta quizás me quiera llevar al parque al que me saca a veces.
Le dejé la pelotita de tenis en los pies. Pero no la vio.
Decidí ladrar para obtener su atención. Solo me pateó la pelota. Corrí para agarrarla y la volví a dejar a sus pies. Solo suspiró.
Se levantó y caminó hasta su habitación. La seguí, pero me dejó afuera. Le rasqué la puerta y me gritó que me fuera.
Me quedé en silencio. Pero entonces Vero empezó a llorar.
Ella empezó a estar distante y algo perdida. Empezó a olvidarse de dejarme el agua y la comida. Dejó de sacarme al parque. Así que no pude ver a mis amigos...
Pero decidí no desanimarme. Esto no era algo que iba a pararme.
Cuando decidí esperarla a que llegara del trabajo, Vero volvió con Juan.
Juan parecía molesto cuando me vio. No sé qué le hice. Capaz seguía molesto porque la última vez le rompí el cordón.
Se fue con ella a hablar a la cocina.
Escuché que me mencionaron. Y cómo Vero se largaba a llorar. No entendí por qué me nombraron. Ni las lágrimas. Así que seguí jugando hasta que decidieran salir.
Al rato salió Juan de la cocina. Fue al perchero y agarró mi correa. Vino hasta el comedor donde me encontraba yo. Aunque me pareció raro que él fuera quien me llevara a pasear, quería salir.
Susanita salió. Justo cuando Juan terminó de ponerme la correa, Vero se agachó. Me dio un beso en la cabeza. Y también me dijo algo en un solo susurro.
Juan me sacó y paseamos un rato. Quizás quería que nos llevemos mejor, así que decidí portarme bien. Así le hablaba a Vero de lo bien que me comporté.
Me llevó hasta su coche y ahí empezó un viaje muy aburrido. No abría la ventana. La verdad no me gustaba, pero no tuve otra que conformarme. No sé cuánto tardamos hasta que frenó el auto. Pero sí sé que fue un recorrido largo.
Cuando Juan bajó del auto me llevó con él. Caminamos un poco hasta llegar a un bosque. Yo lo miraba raro mientras hacía un nudo extraño.
Y ahí me dejó.
Ya no volvió.
Después de pasar días entendí lo que Vero me susurró.
Aun cuando lloré, ladré y nadie volvió.
Y eso que esperé que volviera.