Río de Janeiro es una ciudad complicada para vivir. Las personas que no han crecido entre la necesidad y el festejo suelen tardar bastante en adaptarse. Aquí, los ancianos son abandonados en las carreteras para que dejen de ser un incordio; mientras tanto, los niños juegan descalzos a las puertas de las peores favelas con una lata de refresco como único juguete.
Los jóvenes que consiguen no caer en el mundo criminal sueñan con hacerse profesionales en un deporte que les permita vivir en el extranjero. Sin embargo, aunque se diera la oportunidad, su escasa educación no les permitiría entender los contratos que se manejan entre los peces grandes del país. En muchos casos, las familias ni siquiera podrían permitirse ropa limpia para acudir a una cita así.
Pocos hemos tenido la oportunidad de ir a la escuela. Mis padres siempre me animaron a estudiar, aunque tuviese que pasarme horas en el transporte público. El núcleo urbano donde construyeron las escuelas se encontraba a kilómetros de la favela donde vivíamos mi abuelo materno, mi madre, mi padre y yo. Fui una niña feliz, pero en pocos años todo cambió.
No estoy segura de si ocurrió tras la muerte de mi madre o con el paro cardíaco de mi abuelo, pero por aquellas fechas mi padre se vio solo, pagando facturas y a cargo de una niña de ocho años. El dinero escaseaba; sin embargo, de la noche a la mañana, empezaron a entrar billetes grandes en casa y pudimos permitirnos algún que otro capricho. Yo nunca pregunté de dónde venía. Mi padre tampoco habló jamás del tema.
Con los años y una mayor percepción de la realidad, fui reparando en los detalles. Personas desmayadas en la calle, intercambios sospechosos en las esquinas, miradas desconfiadas entre vecinos de toda la vida y jóvenes desesperados tras un par de billetes. Las palabras «adicción» y «vicio» fueron allanando el terreno para la llegada de una más cruda: «droga». Poco a poco, su significado y sus consecuencias calaron en mí hasta que la sospecha alcanzó a mi propio padre.
Una noche decidí seguirlo a escondidas a una de sus tantas reuniones de trabajo. Quizás una parte de mí ya esperaba lo que encontraría, pero aun así guardé esperanzas. En una callejuela oscura, oculta tras un contenedor de basura, desconocí al hombre que me había criado. Nunca olvidaré el terror del muchacho al que mi padre no dudó en disparar para arrebatarle su mochila. En aquella bolsa había una cantidad indecente de dinero que no tardaría en entregar a los hombres que lo rodeaban a cambio de varios paquetes blancos.
Por aquel entonces tenía dieciocho años y había decidido abandonarlo. O eso intenté, hasta que me encontró semanas más tarde malviviendo en las calles. Me llevó a la nueva y lujosa casa que había adquirido, donde los riesgos de ser la hija de uno de los mayores mafiosos de Brasil fueron puestos sobre la mesa. Tras dos años más bajo su techo, logré deshacerme completamente del apellido de mi progenitor.
Desde entonces, decidí luchar por mis sueños lejos del mundo de Bruno Ferreira. Ante los ojos de la sociedad, yo era Maya Oliveira: una joven veinteañera inscrita en una modesta universidad pública; una huérfana con un futuro prometedor en la veterinaria. O eso pensaba, hasta que me vi involucrada en un secuestro. Aunque la víctima no era alguien cercano a mí, todo estaba macabramente conectado para terminar en el apellido Ferreira. Y, en concreto, en mi persona.
Ahora, meses después, estoy dispuesta a dar a conocer mi historia. No me arrepiento de las decisiones que tomé. Muchas no fueron las acertadas y mis seres queridos sufrieron las consecuencias; sin embargo, estoy segura de que si volvieran a darme la oportunidad de elegir entre dejar morir a la joven alemana o adentrarme de nuevo en el mundo de la mafia, volvería a repetir la misma historia.
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Editado: 04.04.2026