Deseo afrodisíaco

Capítulo 1

stá a punto de caer una tormenta tropical, pero la plaza está a rebosar de vendedores ambulantes. Camino rápido y con expresión molesta, y ni eso consigue que la gente deje de cruzarse por delante de mí. Recibo un codazo en el costado y tropiezo contra un puesto de plátanos que se esparcen por el suelo. Intento disculparme, pero solo recibo insultos del vendedor, así que decido continuar.

Apenas unos metros me separan de la última persona que se sube al autobús, pero no soy lo suficientemente rápida. Frente a mis ojos, el vehículo se pone en marcha y me deja plantada en la acera.

Quiero gritar de frustración.

No puedo llegar tarde al último examen del año. La universidad queda cerca, pero la cuesta que la separa de la ciudad es agotadora. Me detengo a beber agua de mi botella y una motocicleta frena a mi lado.

El conductor es un adolescente, no debe de tener más de dieciséis años, y su mirada va directa a mi escote. Se ofrece a subirme hasta la universidad. Lo escaneo buscando pupilas dilatadas o un temblor extraño en las manos. No veo nada y acepto su propuesta.

Sé que es una estupidez, pero llegar tarde me parece peor que cualquier otra cosa.

En cuanto acelera, me agarro a la parte trasera del vehículo con fuerza. En pocos minutos, me deja cerca de la entrada y le agradezco antes de salir corriendo. Me pidió mi número y le di uno falso. Pobre muchacho.

Atravieso los pasillos a toda prisa y el profesor Santos me mira con una ceja alzada. Estaba a punto de cerrar la puerta.

—Maya Oliveira, llegas justo a tiempo.

Si fuese un día cualquiera, me la habría cerrado en las narices.

Ocupo mi sitio de siempre en las gradas y suelto un suspiro antes de darle la vuelta al examen. En la segunda página me espera una gráfica, un amasijo de barras y números que debería tener sentido. La analizo varias veces, pero no entiendo nada. Los minutos se me escurren entre los dedos y, cuando por fin logro avanzar, ya es tarde.

El profesor me arrebata la hoja y lo miro atónita. Apenas he rellenado la mitad de preguntas. Me quedé clavada en esa gráfica y no me dio tiempo a terminar el resto.

—Eres la única que queda por entregar el examen —se excusa.

Ofendida, echo un vistazo a mis compañeros. Todo el mundo ya está abandonando el aula y solo unos pocos están recogiendo sus cosas. Incluso a Eliana le da tiempo a dado tiempo a comprar un café y volver a por mí.

—El profesor se ha portado de maravilla con las preguntas. Creo que voy a aprobar con buena nota. ¿Cómo te ha ido a ti?

—No respondí nada de la segunda hoja —sueno tan desanimada como me siento. Oculto el rostro entre mis manos—. No he dormido en toda la noche estudiando para este examen. Cerré los ojos cinco minutos y casi quedo fuera.

Eliana me abraza intentando consolarme.

—Estoy segura que no te ha salido tan mal. Eres la mejor de la clase y siempre estás participando en las actividades. Vas a aprobar la asignatura.

—No creo.

—¿Estás así porque piensas que Santos no te recomendará para el Santuário Ipanema? —pregunta sorprendida—. Al menos a ti no te ignora y responde las preguntas que haces en clase.

—Me puso requisitos para acceder a las prácticas. Uno de ellos era aprobar todas las asignaturas de este año, y ahora voy a suspender la que imparte él mismo.

Trabajar un verano completo en Ipanema es una oportunidad única. Ayudar a los animales a recuperarse antes de devolverlos a la libertad es más que gratificante, pero también recibiré una remuneración económica. Mi sueño sería conseguir un contrato en la empresa, aunque es poco probable por la escasa plantilla. Si tengo algo de suerte, podría conseguir una carta de recomendación para conseguir trabajo en otro lugar.

Eliana me aparta las manos de la cara y sonríe con una idea en mente.

—Tengo el plan perfecto para mejorar tu ánimo. ¿Pasamos a recoger a Ronaldo a la escuela y disfrutamos el día en la playa?

—Va a llover.

—¿Eso impide comer un helado en el paseo marítimo?

—No —sonrío.

Una hora después, Ronaldo y yo nos reímos en la sala de espera de su escuela. Afuera, Eliana habla a gritos por teléfono. Por la cantidad de improperios que masculla, puedo suponer que se trata del padre de su hijo. Apenas pueden soportarse cinco minutos en la misma habitación desde que rompieron. Vuelve con el ceño fruncido, pero al mirar a Ronaldo relaja su expresión.

Copacabana es una de las playas más conocidas de la ciudad, pero aún no es temporada y está desierta. Caminamos por la orilla hasta uno de los extremos, donde está el mejor heladero de todo Río de Janeiro. Su negocio no es más que una carreta con una sombrilla, pero es el único que continúa utilizando el método tradicional.

—¿Puedo mezclar más de un sabor? —Ronaldo pregunta mirando toda la mercancía con ansias.

—Sí.

Arrugo la nariz con disgusto al ver la combinación que decide pedir. Eliana escoge un helado de dulce de leche y yo uno de mango. Pago mientras mi amiga regaña a su hijo por tirar más de la mitad al suelo.

Entonces, el heladero baja la voz mientras analiza los alrededores con recelo, como si temiera que alguien más pudiera escucharlo.

—Tu padre pronto se encontrará contigo, Maya.

Se me hace un nudo en la garganta y trago con dificultad el sabor de mi helado favorito.

—¿Cómo has conseguido esta información?

—No deberías ignorar que la gente de tu padre está en todas partes.

—Entonces espero que le llegue mi petición de mantenerse lejos de mí.

No espero su respuesta, arrastro a Eliana y a su hijo fuera de la playa. Parecen no haberse dado cuenta de la conversación y lo agradezco. La mancha de helado en la camiseta de Ronaldo ha sido distracción suficiente.

—¿Podemos comprar una botella de agua? —pide y Eliana se acerca al chiringuito.

Nos quedamos esperándola sentados en el muro del paseo. La mirada de Ronaldo se queda fija en mi pelo durante varios segundos. Incluso alarga una mano, tentativo, para tocar una de mis trenzas con curiosidad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.