Unos ojos cansados me devuelven la mirada desde el espejo. Mantengo la vista sobre mis irises verdes, inquieta todavía de mi conversación con Bruno Ferreira. Abro el grifo con la intención de espabilarme, pero no cae ninguna gota. Lo intento de nuevo y no funciona. Se me olvidó por completo reponer las reservas de agua.
Estoy segura de que a Macarena no le importará prestarme un poco, y a estas horas Bernardo no suele estar en casa. Decido vestirme con una sudadera y llamo a su puerta. Un adolescente fumando hierba recibe la visita, y por un instante me siento confundida.
—¿Tú quién eres? —pregunta, deteniéndose más de la cuenta en mis piernas.
—¿Está Macarena en casa?
—¡Mamá, te están buscando!
La señora aparece detrás de su hijo. Una mancha oscura decora una de sus mejillas.
En más de una ocasión, lo he escuchado pegar a su mujer cuando vuelve del bar entrada la noche. He ofrecido mi ayuda a Macarena, pero siempre la ha rechazado diciendo que en algún momento su marido cambiará. Algo que nunca pasará.
—Hola, Maya. Veo que tú tampoco tienes agua —dice, fijándose en la garrafa que llevo—. Tendrás que ir a buscarla a otro sector. Bernardo aún no ha vuelto de la fábrica y no ha traído la nuestra. Si quieres, puedo pedirle que te traiga un poco a ti también.
—No te preocupes, gracias. Ya me las arreglaré.
Me retiro pero una mano en mi hombro me detiene.
—Así que tú eres la famosa Maya. Mi padre no deja de hablar de ti —se ríe mientras se inclina hacia mi oído—. Si tienes curiosidad, no dice nada bueno. Pero yo creo que está muy equivocado.
Se retira con una sonrisa y vuelve a su casa. Macarena se disculpa con la mirada antes de cerrar la puerta tras ella. Con un mal sabor en la boca, me retiro de la fachada. El teléfono vibra en el bolsillo de mi sudadera, pero decido ignorarlo. Sé que se trata de Eliana, ha estado toda la mañana intentando contactar conmigo. Es la primera vez que la dejo tirada y obviamente quiere una explicación. Por ahora, estoy haciendo tiempo hasta que alguna mentira me convenza.
Suspirando, comienzo mi subida por la empinada calle de la favela. Es mediodía y el sol quema mi piel, pero no detengo mi paso. Varios grupos están en las sombras y unos muchachos con ametralladoras no me pierden de vista. No me molesto en dirigirles una segunda mirada, sé que son enviados de mi padre. Una chispa de ira se instala en mi cuerpo. En más de una ocasión le he dejado claro que no quiero su ayuda. Mi único deseo es alejarme lo máximo posible de él, por eso me había mudado a uno de los tantos barrios bajo el poder del Comando Gambiarra. Sin embargo, Bruno Ferreira se las ha ingeniado para dominar de nuevo esta zona.
Llego a una fuente de uso público y relleno la garrafa. Apenas sale más que un hilo de agua, por lo que me lleva un buen rato llenarla al completo.
Con la botella cargada, bajo de nuevo la cuesta. Los grupos ya no se encuentran en el mismo lugar y ahora la calle se encuentra un tanto desolada. Acelero el paso. Un disparo suena en la callejuela de mi derecha y mi corazón se detiene. Odio esta situación. Odio la mafia.
Me acerco por fin a mi casa. Alguien me está esperando en la puerta. Me detengo a analizar al hombre que me está dando la espalda. Se está sacudiendo el pelo con frustración y parece que no porta ningún arma en sus manos. Más disparos se escuchan a mi espalda y decido arriesgarme. Prefiero enfrentarme a un solo hombre que quedarme a la espera de que alguna bala me atraviese.
Devon me enfrenta en cuanto llego en una carrera. No dejo que el impacto de verlo en este lugar me detenga y le agarro por la camiseta empujándolo dentro de mi hogar. Cierro la puerta detrás de mí y quedamos a una distancia muy pequeña. Nadie dice nada mientras nos miramos fijamente a los ojos. Mi respiración es rápida, la suya también.
—¿Qué hacías fuera? —pregunto alterada— ¡Hay un maldito tiroteo y tú estabas parado ahí a la vista de todos!
Mis demandas parece sacarle del trance en el que se había sumido.
—¿Dónde está tu maldita amiga? —pregunta con voz temblorosa.
—¡Y yo qué sé! ¿Eso es lo único que te preocupa después de estar en medio de dos bandas enfrentadas?
—¡Dónde está Eliana! —me agarra fuertemente de los hombros y chocamos contra la madera de la puerta. Hago una mueca por el golpe.
—¿Para qué quieres saberlo? ¿Por qué estás tan agresivo? ¡Acabo de salvarte la vida!
Su ceño se pronuncia aún más y sus dedos se clavan con más fuerza en mis omoplatos. El corazón me va acelerado y una semilla de miedo se instala en mi estómago. Su cuerpo está aplastando el mío y tengo que mantener el mentón dolorosamente alzado para verle a los ojos. Estoy atrapada bajo el cuerpo de Devon mientras más tiros suenan fuera.
—Mila no volvió anoche. No me ha respondido a los mensajes desde que se fue con tu amiga. Tengo un mal presentimiento, joder. Nunca hace algo así, menos en un país desconocido.
—¿Estás montando toda esta escena porque aún no volvió de su noche de pasión? —pregunto intentando zafarme. Él se presiona más contra mí.
—Dime dónde vive Eliana.
—¿Por qué no obtienes esa información de la misma fuente de la que obtuviste dónde vivía?
Se aleja repentinamente de mí. Vuelvo a respirar con normalidad. Devon se alborota el pelo una vez más.
—El hombre que dejó la habitación detrás de ti no supo de quién hablaba.
No sé que me impacta más, si el hecho de que Devon hubiera hablado con mi padre o que mi padre le hubiese dado mi dirección a un completo desconocido. Todas esas preocupaciones quedan relegadas a un segundo plano cuando una bala atraviesa una de mis ventanas.
Los dos nos tiramos al suelo y cristales riegan el lugar. El miedo me cala por completo. En los tres años que he estado viviendo en esta favela nunca me había pasado algo así. Había escogido esta zona para vivir porque era una de las menos concurridas por las bandas, pero al parecer eso ha cambiado.