DesextinciÓn: La Segunda Edad de la Tierra

Capítulo 5: Lo que casi termina aquí

Registro del compilador

La cámara ya estaba encendida cuando decidí hablar.

No porque fuera el momento adecuado,

sino porque comprendí que quizás no habría otro.

—Cuando comencé con esta recolección… —digo, mirando directamente al lente— nunca imaginé que sería así.

Mi voz suena más cansada de lo que esperaba.

—Pensé que sería peligroso, sí. Pero no… no de esta forma.

Me quedo en silencio unos segundos antes de continuar.

—Nací en Chile. Después de que el sistema humano, el que duró siglos, ya había caído por completo. Crecí entre restos, entre estructuras que nadie reparaba, entre historias contadas a medias.

La cámara tiembla levemente.

—Este viaje comenzó aquí —añado—. Y también aquí estuvo a punto de terminar.

La imagen se corta.

[Archivo 11 – Interior / Escuela abandonada – Chile]

La grabación se reanuda de forma abrupta.

La imagen es oscura, mal encuadrada. La cámara apunta hacia una rendija estrecha. Apenas unos centímetros de luz se filtran desde el exterior.

Estoy escondido dentro de un casillero metálico inclinado. El metal cruje levemente cada vez que respiro.

Mi mano cubre mi boca con fuerza.

La respiración es rápida. Irregular. Intento controlarla, pero el pecho me arde.

No me muevo.

No me atrevo a moverme.

A través de la rendija puedo distinguir fragmentos del aula: pupitres volcados, vegetación entrando por ventanas rotas, el suelo cubierto de polvo y hojas secas.

Entonces se escucha.

Una puerta.

No la del casillero.

Una puerta más lejos.

Se abre lentamente.

Mis dedos se tensan contra mi rostro.

Pasos.

Pesados.

Lentos.

Demasiado definidos para ser el viento.

La cámara se mueve apenas, traicionando mi pulso.

Algo cruza frente a la rendija.

No completamente.

Solo una silueta.

Grande.

Alargada.

Reptiliana.

El aire parece vibrar con un sonido grave, gutural. No es un rugido, no del todo. Es más bajo. Más contenido. Como si estuviera probando el espacio.

La silueta se detiene.

A través de la rendija, algo brilla.

Un ojo.

No se fija en la cámara.

No se fija en mí.

Se mueve lentamente, explorando el aula.

Mi respiración se detiene por completo.

El sonido continúa. Un bufido húmedo. El roce de algo contra el suelo.

Los segundos se estiran.

Se convierten en minutos.

Entonces, desde fuera del edificio, se escucha un grito.

No es humano.

No pertenece a ningún animal que conozca.

Es una llamada.

La criatura dentro del aula se tensa. Su postura cambia. El ojo desaparece de la rendija.

Responde.

El sonido es más fuerte ahora. Más definido.

Un intercambio.

Luego, pasos alejándose.

La silueta cruza una última vez frente al casillero y desaparece por la puerta.

El silencio regresa.

No me muevo.

No inmediatamente.

La grabación continúa varios segundos más, captando solo mi respiración contenida y el leve temblor de la cámara.

Finalmente, la imagen se corta.

Nota del compilador

Ese fue el inicio y casi el final de mi viaje.

Hasta ese momento, las criaturas existían para mí solo como registros, sombras del pasado reconstruidas a partir de archivos incompletos.

Después de ese día, comprendí algo esencial:

No estaba documentando historia antigua.

Estaba caminando dentro de ella.

Y desde entonces, cada lugar revisado, cada archivo recuperado, cada paso dado… tuvo un precio.

Este archivo continúa

porque sobreviví.

No porque fuera seguro hacerlo.

Nombrar lo que no debía tener nombre

Nota del compilador

Busqué durante años en lo que alguna vez fue mi país.

Registros oficiales no existían.

Centros de datos habían sido vaciados.

Archivos institucionales, extraídos antes del colapso.

Lo único que sobrevivió fueron fragmentos de vida cotidiana.

Familias grabando celebraciones.

Personas documentando días comunes.

Jóvenes registrando su entorno sin saber que estaban dejando testimonio de algo irrepetible.

Elegí los registros de Matías y Sebastián por una razón simple:

Eran completos.

No solo mostraban lo que ocurrió,

sino cómo fue ignorado mientras ocurría.

Sus archivos contienen algunos de los primeros indicios claros de que algo comenzaba a desviarse de lo conocido.

El siguiente fragmento corresponde a una conversación registrada pocos días después del segundo avistamiento confirmado en redes.

[Archivo 12 – Interior / Tarde]

La cámara está sobre el escritorio, ligeramente ladeada. Afuera se escucha el ruido lejano de la ciudad. Nada parece fuera de lugar.

Sebastián está sentado frente al computador. Varias ventanas abiertas muestran imágenes detenidas, comparaciones, diagramas.

Matías está recostado en la cama, mirando el techo.

—No me gusta nada esto —dice Matías—. Desde que apareció ese último video, todo el mundo se cree experto.

Sebastián no responde de inmediato. Amplía una imagen en la pantalla.

—No es “todo el mundo” —dice finalmente—. Son muy pocos. Y casi nadie está mirando bien.

Matías gira la cabeza hacia él.

—¿Y tú sí?

Sebastián asiente lentamente.

—Las dos criaturas que se han visto con claridad… —empieza— no son al azar.

Cambia de ventana. Aparece una imagen borrosa del video del streamer R.

—Esta —dice— es pequeña. Bípedo. Corre con la cola rígida para equilibrarse. Extremidades traseras largas, centro de masa adelantado.

—Ya dijiste eso antes —interrumpe Matías.

—Porque importa —responde Sebastián—. No hay ningún animal actual que se mueva así.

Se inclina hacia la pantalla.



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En el texto hay: ficcion, post-apocalíptico / fin del mundo, fan fotage

Editado: 01.08.2026

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