Nota del compilador
Después del incidente del submarino, el ocultamiento dejó de ser una estrategia.
Se convirtió en una carrera.
Las autoridades insistieron en el mismo discurso: accidentes, desprendimientos, errores humanos.
Pero ya era tarde.
Porque cuando la duda se instala, no se queda quieta.
Se mueve.
Se reproduce.
Y comienza a morder desde dentro.
Las personas no necesitaban una prueba definitiva.
Solo necesitaban algo más simple:
la sensación de que les estaban mintiendo.
Y una vez que esa idea entra en la mente colectiva, el miedo deja de ser reacción.
Se vuelve anticipación.
El siguiente registro corresponde a Matías y Sebastián.
No hay gritos.
No hay persecuciones.
No hay criaturas.
Solo dos adolescentes mirando una pantalla.
Y entendiendo, lentamente, que el mundo ya no estaba funcionando como antes.
[Archivo 27 – Interior / Noche]
La cámara se enciende con un sonido breve, como un clic.
El encuadre es irregular. Se nota que Matías la dejó apoyada sobre algo: una silla, una caja, un borde del escritorio. La luz del computador ilumina el cuarto con un tono frío, casi enfermo.
Sebastián está sentado frente a la pantalla. Tiene el rostro tenso.
Matías se mueve detrás, como si no supiera dónde ponerse.
—Ok… —dice Matías, en voz baja—. Ya. Estamos grabando.
Sebastián no responde al instante. Tiene el mouse en la mano, pero no hace clic. Solo mira.
En la pantalla se ve una página abierta. No es un noticiero oficial. No hay logos. No hay presentadores. Es un sitio con publicaciones cortas, videos mal recortados, mensajes de gente común.
Matías se sienta en el borde de la cama.
—Esto es lo que tú querías ver —murmura—. Lo que “no censuran”.
Sebastián suelta una risa breve, sin humor.
—No es que no censuren —dice—. Es que no pueden.
Matías se cruza de brazos.
—Igual pueden decir que es fake.
—Sí, pero… —Sebastián señala la pantalla con un dedo—. Mira esto.
Matías se inclina un poco para ver mejor.
Un titular escrito por alguien cualquiera:
“Desapareció barco de pesca. Señal perdida. Nadie responde.”
Debajo, un video de baja calidad. Oscuro. Se escuchan voces en un idioma que no es español. Un mar agitado. Luego un golpe. Un grito. Después, nada.
Matías frunce el ceño.
—Eso podría ser cualquier cosa.
Sebastián cambia de pestaña.
Otra publicación:
“No vuelvan al sendero. No es seguro.”
Una foto borrosa de árboles.
Y algo al fondo. Una sombra que parece demasiado alta.
—¿Ves? —dice Sebastián—. No es uno. Son muchos.
Matías traga saliva.
—Pero eso no significa que sea… ya sabes.
Sebastián lo mira.
—¿Qué? ¿Un dinosaurio? —pregunta, como si la palabra le diera asco.
Matías no responde.
Sebastián vuelve a la pantalla y hace scroll. La página se llena de mensajes, algunos en inglés, otros en idiomas que Matías no reconoce.
“Se escuchan rugidos en el bosque.”
“Alguien vio algo cruzar la carretera.”
“Perdimos contacto con el campamento.”
“La policía no está entrando.”
Matías se ríe, pero su risa sale rota.
—Esto parece un foro de creepypastas.
Sebastián asiente lentamente.
—Sí —dice—. Exactamente.
Matías levanta la vista.
—¿Y si lo es?
Sebastián no responde de inmediato.
—¿Y si solo es gente inventando cosas porque se aburrieron? —insiste Matías—. ¿Como siempre?
Sebastián hace clic en un video.
El sonido es lo primero: viento. Respiración. Pasos rápidos.
La cámara se mueve entre árboles.
Alguien susurra algo. Luego se escucha un golpe seco, como una rama rompiéndose.
La cámara gira y enfoca la oscuridad del bosque.
No se ve nada.
Pero se escucha.
Un sonido grave. No como un rugido de película.
Más bajo. Más real.
Como un animal demasiado grande respirando cerca.
La grabación termina.
Matías se queda quieto.
—Eso… —dice, sin poder terminar.
Sebastián pausa el video y se frota la cara con ambas manos.
—Eso no es un filtro —murmura—. No es un audio editado de TikTok.
Matías se levanta, nervioso, y camina por el cuarto.
—Pero no vimos nada —dice—. No hay prueba.
Sebastián lo mira fijo.
—Matías… la prueba es que ya no están mostrando nada en las noticias.
Matías se detiene.
Sebastián vuelve a hablar, más lento.
—Si fuera mentira… lo estarían usando para burlarse. Para hacer rating. Para vender miedo.
Matías frunce el ceño.
—¿Y por qué no lo hacen?
Sebastián señala la pantalla.
—Porque esta vez… el miedo es real.
Silencio.
Matías mira de nuevo el computador, como si de pronto fuera algo peligroso.
—O sea… —dice— ¿tú crees que lo del submarino…?
Sebastián asiente.
—Sí.
Matías baja la voz.
—¿Y si hay algo en el mar?
Sebastián no parpadea.
—Ya lo hay.
Matías traga saliva.
—¿Y en los bosques?
—También.
Matías vuelve a sentarse, pero ya no parece cómodo.
—¿Y por qué no…? —intenta— ¿por qué no están diciendo nada?
Sebastián responde sin emoción, como si la respuesta le diera rabia.
—Porque si lo dicen… se les cae el mundo.
Matías lo mira.
—¿Y si ya se cayó? —pregunta, casi sin darse cuenta.
Sebastián no responde.
La cámara sigue grabando.
El brillo del computador ilumina sus caras.
No como una luz de noche.
Como una fogata que no calienta.
Nota del compilador
Ese fue el inicio de una nueva fase.
No la de los avistamientos.
No la de las pruebas.
Sino la de la búsqueda.
Cuando la gente deja de mirar hacia arriba esperando respuestas
y comienza a mirar alrededor, esperando señales.