1
Tras años de cuidados agotadores por parte de Jaime, finalmente el alma de su abuela partió. No hubo palabras de despedida, no hubo drama. Sólo cerró los ojos para no volver a abrirlos. Durante esa mañana, entró a la habitación y la vio ahí, recostada, con un rostro apaciguado; una pequeña sonrisa se dibujaba en aquel rostro arrugado. No sintió tristeza ni alegría, sin embargo en su interior surgió un sentimiento del deber: llevar las cenizas de su abuela a su pueblo natal. Ella nunca se lo había pedido, pero él sabía que tenía que hacerlo.
Era un pueblo casi oculto entre dos cerros al sur del país. Hace años que no iba, difícil recordar cuántos, más de diez, seguro. Compró los boletos para la misma tarde en que la cremaron. Siendo él su único familiar, no hubo necesidad de una misa, de un velorio o siquiera de notificar a alguien la noticia. Una vez dentro del camión comenzó un viaje de horas, Jaime las aprovechó para dormir, pues desde hace tiempo no había podido dormir por más de dos horas seguidas. Por primera vez no sentía ninguna preocupación.
Pasadas siete horas, llegó a la terminal en un pueblo mágico lleno de turistas nacionales y extranjeros, un gran tumulto caminaba por las calles. Intentando esquivar a la multitud, llegó a la base de taxis más cercana.
―Buenas tardes, ¿Puede llevarme a Huehuetlán?
―¿Huehuetlán?―preguntó el hombre sorprendido.
― Si, quiero visitar la vieja casa de mi abuela y de paso distraerme en la fiesta del pueblo, hace años que no vengo, si no estoy mal, la fiesta es hoy.
―Uy, joven ¿Pues hace cuánto que no viene por aquí? Hace años que ese pueblo está abandonado.
―¿Cómo dice?
―Si, desde hace como diez años que nadie vive ahí. Dicen que las personas empezaron a desaparecer justamente tras la última fiesta, ya nadie va pa allá por el miedo. Pero si quiere, pus lo llevo, pero yo le recomiendo que no salga de su casa al anochecer, y menos al escuchar el primer Kyrie eleison porque salen los espíritus a espantar a los vivos, ya sea animalito o persona.
Jaime incrédulo y extrañado por lo que el hombre le dijo, no hizo más que asentir. Una vez llegados a la avenida principal el taxista se detuvo:
―Yo hasta aquí llego, joven― él hombre hizo una pausa, como si reflexionara sobre algo, ―escuché que le parece si mañana lo vengo a recoger, estoy seguro que no querrá quedarse más de una noche aquí. A esta misma hora vendré por usted ¿Qué le parece? Porque la verdad si me carga en la conciencia dejarlo aquí.
Jaime pudo notar la preocupación en su rostro, le parecía casi como sí éste estuviera apunto de llorar.
―S-si, esta bien, gracias―bajó del taxi, mirando el paisaje.
Lo que una vez fue un pueblo colorido, ahora no era más que viejas casas grises a punto de caer. Aún se conservaban los adornos de fiestas pasadas en algunas paredes.
―Recuerde joven no salga al anochecer, cierre bien todas las puertas y ventanas, no haga caso a ningún ruido, lo veo mañana.
2
Jaime caminó lento por las calles abandonadas, sintiendo una mezcla de nostalgia e incomodidad. Los únicos sonidos eran el eco de sus pisadas y el viento. Pasó por la vieja escuela, por el palacio municipal, por las calles donde alguna vez anduvo de la mano de su madre y su abuela, se detuvo un momento frente a la iglesia del pueblo: una gran estructura blanca que resaltaba entre todas las edificaciones. Antes brillaba con el sol del atardecer soltando pequeños destellos dorados, ahora desprendía un aire triste y tétrico.
Llegó a la vieja casa de la abuela. Una barda gris con un gran portón rojo cubierto de telarañas lo recibía, con esfuerzo logró abrir la puerta trabada por el óxido acumulado tras tantos años sin ser abierta. Un escalofrío recorrió su cuerpo al mirar el interior: una gran extensión de terreno lleno de maleza crecida. A un costado se encontraba una pequeña choza de ladrillo y más al fondo el gran árbol de ahuehuete, árbol que durante todas sus visitas de pequeño lo llenaba de miedo al pensar que algo lo acechaba desde detrás del enorme tronco o desde sus ramas o incluso desde su interior, sentimiento que se acrecentaba durante las noches.
3
Caminó entre la maleza, entró a la pequeña choza y comenzó a limpiar. Barrió el polvo, buscó telarañas, buscó cualquier insecto o animal rastrero que hubiera reclamado el lugar como su refugio, para su sorpresa no encontro nada. Visiones del pasado venían a su mente tras al recorrer cada rincón. Una vez limpia la casa, comenzó a quitar la maleza del resto del terreno. Al acercarse al gran árbol vio, tumbando bajo éste, a un gran perro negro, ―¿ De dónde ha salido?―se dijo a sí mismo. El can se levantó lentamente, era un perro viejo y se notaba cansado, le miró con ojos tristes, se acercó a la barda aledaña y, por un hueco, cruzó al otro lado. Jaime no hizo movimiento alguno, pensó que la mirada del perro era desconcertante, le parecía casi humana.
Dieron las siete, el sol estaba apunto de ocultarse en el horizonte, Jaime se adentro en la choza dispuesto a descansar y cenar un poco de pan y café. Al día siguiente a primera hora del día se propuso dejar las cenizas de la abuela en el cementerio detrás de la iglesia, caminar un poco por el resto del pueblo, al mediodía esperar al taxista para finalmente esa misma tarde regresar a la ciudad.