A veces extraño ese dolor de mano luego de tocar la guitarra, mis dedos sangrando y mi muñeca al borde de una fractura, el olor de incienso de lavanda y el aura de tranquilidad que emanaba, esa mirada oscura y insignificante de mi alma hecha pedazos anhelando algo que veía lejano.
Un sueño roto que jamás se cumpliria, una palabra que no tenía sentido, un mundo distinto al cual quería, un mundo en dónde era una viva imagen de la depresión en su mejor forma, una depresión que no intente ocultar detrás de sonrisas.
Despertar en las mañanas con mis deseos de seguir de vacaciones, con ganas de no crecer más para poder seguir en mi hogar lejana a la realidad. Pero, las cosas son momentaneas, dejar ir es la solución, busque mi paz y la conseguí, deje lo que me ataba a áreas tóxicas, deje lo que me hacía ser distante, deje todo lo que me ataba a mi misma y floreci, floreci como una de las melodías más fuertes de Vivaldi.
Una melodía que me hace mirarme al espejo y preguntarme, ¿en qué demonio me he convertido?.