Me refugio detrás de mi cámara, con el ojo pegado al visor, intentando capturar el momento perfecto. Mi objetivo es una hermosa ave que se ha posado en una rama delgada, justo frente a mí.
Mi respiración es lenta y controlada, no quiero asustarla. Necesito esperar el momento perfecto, el cual no tarda en llegar cuando mis ojos se encuentran con los del pequeño ser.
La cámara capta el momento perfecto, y yo sonrío, sabiendo que he obtenido una fotografía increíble.
Unos delgados brazos me rodean por atrás, cubriendo mi visión de una manera juguetona. El característico aroma primaveral de Alba inunda mis fosas nasales, puede parecer un juego tonto, pero su compañía me hace sonreír instantáneamente.
—Seguramente quieres que caigamos las dos —Tomo sus manos con fuerza, tirando hacia delante.
—No lo harías, a menos que quieras terminar cubierta de lodo —Se aleja con rapidez, señalando el suelo—. No es temporada de lluvias, pero en serio creí que se estaba cayendo el cielo.
—¿Te dan miedo los truenos, Alba? —me burlo, conociendo su respuesta.
Puedo sentir su mirada atravesando mi ser, como un par de afiladas cuchillas.
—¿Es para el periódico escolar? —Toma la fotografía, admirando el plumaje rojo del ave.
—Me han pedido algunas para la sección ambiental de esta semana —hago una leve pausa, mostrando mi desilusión—. Han rechazado mi propuesta anterior.
—Seguramente eran muy buenas, Leda —Me otorga su apoyo, acompañado por una cálida sonrisa—. Deberías buscar más oportunidades, le veo mucho potencial más allá que un pasatiempo.
Tenía razón, soy consciente de lo difícil que es sobresalir en este campo, pero soy yo misma la que se limita al pensar en que no va lograrlo.
—Quizás busque alguna oportunidad.
—Definitivamente, alguien con buen ojo sabrá reconocer tu talento —Me entrega la fotografía y, acto seguido, me da unas palmadas en la espalda a modo de consolación—. Quiero que seas la fotógrafa de mi boda.
—Vaya, pensando en casarse y el novio aún no aparece —me burlo, fingiendo buscar a alguien con la mirada.
—Eres cruel, Leda Nidelle —Coloca una mano en su pecho—. Me has dado un golpe bajo.
La observo correr hacia la puerta del aula de manera energética. Eso era algo tan característico de ella, si alguna vez veías a Alba Hopkins revolcándose en su miseria, claramente tendría que haber sido abducida por alienígenas para que sucediera algo así. Era algo que admiraba mucho, su facilidad para regalar sonrisas y afrontar cualquier situación.
—Aquí nos despedimos —Estiro mis brazos para atraparla en un enorme abrazo—. Nos vemos en el almuerzo.
Asiente con alegría. La observo tomar asiento, es hasta entonces que vuelvo a perderme en mis pensamientos durante mi recorrido hacia mi inevitable perdición.
Era increíble la intensidad con la que podía odiar algunas cosas, lo que sentía hacia mi futura carrera era la definición de la palabra en carne propia. Todos pensarían que elegirías a lo que te vas a dedicar el resto de tu vida con suma delicadeza, después existen pocos como yo que desconocen la manera correcta de tomar decisiones importantes. La fotografía había llegado a pintar mi vida de colores, pero como todos los arcoiris tienen un final, terminé chocando con la olla de oro en su terminación.
Mi indecisión sobre mi futuro y la continúa presión en las cenas familiares terminaron por encaminarme a una ingeniería. No, no es lindo escuchar a tu tía opinar sobre tu vida mientras recalca todos sus logros como un punto de salida en una carrera, como una meta que tuvieses que superar.
Una nueva voz me saca de mis pensamientos, de una manera tan abrupta como su aparición.
—Aterriza ya, Leda.
Recibo un pequeño golpe en la frente, automáticamente aparto la mano de un golpe, tomando por sorpresa a Diane.
—¿Te ha dolido? —cuestiona con una leve preocupación.
—Lo lamento, Diane —Mi cuerpo se relaja, pero mi rostro es consumido por la vergüenza—. Estaba pensando en algo.
—Espero que ese algo tenga que ver con mi fiesta —Estira ambos brazos con emoción, dando pequeños brincos de alegría.
—Mis padres no me dejarían asistir, en especial si no fueron remodelados para volverse padres liberales con meses de anticipo —Observo a mis compañeros salir del aula, sintiendo gran alivio al haber culminado con mi día escolar.
—Oh vamos, un día en el que no estudies no va a matarte.
—A mi padre le daría un infarto —Me burlo, recordando lo exagerado que puede llegar a ser en situaciones que ni siquiera lo ameritan—. Y mi madre se encargaría de que no vuelva a verte en mi vida.
—Y tú me amarás después de probar todos los manjares que tengo por ofrecer en la barra —Se aferra a mi brazo con fuerza, tirando de mí cual muñeca de trapo.
—Eso jamás —Hago una mueca de asco, imaginándome la variedad de sustancias y bebidas en las que Diane podría estar pensando—. Antes preferiría arrancar mi propio cabello y después comermelo.
Estoy a nada de correr en dirección a la salida, sin embargo, ella se encarga de bloquear mi camino y al parecer de derribar todas mis defensas, pues frente a mí yace un rostro que me súplica por asistir a una fiesta repleta de universitarios con moral cuestionable.
—¿Ha dicho que sí?
Alba aparece por mis espaldas, logrando confundirme.
—¿Se han puesto de acuerdo o algo así? —Las señalo a ambas, con una gran confusión.
—Vamos, Leda. Hemos visto como te has esforzado para sacar el semestre adelante —. Además, no puedes perderte la fiesta por nada del mundo.
—Piénsalo, será un fin de semana lleno de diversión —menciona Alba, cómo si eso resultara un incentivo—. La mejor parte es que será en la casa de campo de mis padres.
—¿Tus padres han estado de acuerdo? —Eso no puede ser posible—. No, olvídalo. Conozco la respuesta.
Los padres de Alba y Diane mantenían una estrecha relación desde años atrás, no me sorprendería que tuvieran la amabilidad de prestar una de sus propiedades, pero claramente no lo harían si se enteraran de que ha sido para estos fines. Obviamente hay una mentira de por medio.
Editado: 13.03.2025