Desigual. Donde se rompe el alma

Destinos Cruzados

El plan continuaba y Maya empezó a seguir a Alan.

El día comenzaba cuando él iba a clases de medicina. Ella lograba entrar a la universidad y lo observaba sin ser notada. Notó que, a pesar de ser muy sociable con sus compañeros, también era solitario. Lo que más la sorprendió fue su empatía hacia los trabajadores. Un día lo vio ayudar a recoger unos papeles que se le habían caído a un señor mayor de conserjería.

Maya se quedó mirando, con los ojos brillando.

«¿Será que lo juzgué mal?» pensó.

Así pasaron los días. Su rutina era básica: ir a clases, hacer deporte y, en ocasiones, salir a nadar, casi siempre solo. Una mañana, Maya lo siguió en la moto y notó que Alan se orilló al manejar, el bajó las ventanas y se quedó quieto. Al pasar junto a él, Maya redujo la velocidad y lo vio con las manos en el pecho, respirando con dificultad. Estaba teniendo un ataque de ansiedad. En el fondo del carro sonaba una canción que le recordaba a él un momento alegre con Camila.

Maya no entendía qué le pasaba, pero lo esperó en una esquina para poder seguirlo después. Ese sábado, Alan se dirigió a un centro comercial y compró un disfraz. Maya pensó:

«¿Qué va a hacer? Si no estamos en carnaval.»

Con curiosidad, lo siguió hasta que llegó a la fundación de niños con cáncer. Al entrar, Maya descubrió que era un evento para los pequeños pacientes. Se quedó por allí, observando. En un espectáculo, algunos jóvenes salieron disfrazados de superhéroes. Alan era Spiderman. El show era de comedia, los niños no paraban de reír a carcajadas… y Maya también reía, como hacía mucho no lo hacía.

Había música, globos, regalos, comida. Una chica se le acercó y le preguntó:

—¿Tú también eres voluntaria?

Maya dudó un instante, pero respondió:

—Sí… claro.

Se puso a ayudar a servir y a atender a los niños que más lo necesitaban. Al terminar el día, estaba cansada, pero durmió con una tranquilidad y paz que hasta Valentina notó.

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Los días pasaban y la rutina se repetía. El sábado siguiente, Alan volvió a la fundación y estuvo ayudando toda la mañana. Pero al mediodía, en vez de salir en su carro, se fue caminando hasta un restaurante cercano. Para cortar camino, tomó unas calles solitarias.

Maya pensó:

«Este es el momento perfecto para Kevin y Samuel. Aquí nadie lo vería.»

Decidió esperar unas semanas para confirmar si esa rutina se repetía. Y sí, Alan volvió a hacerlo. No había dudas: ese era el momento. Habló con Kevin y le contó sobre el día, el lugar y las calles por donde caminaba. Ellos comenzaron a planear el secuestro para el siguiente sábado.

Maya siguió observándolo. Ese domingo, Alan fue al cementerio. Camila cumplía un año de muerta. Llevaba un ramo de flores. Al llegar a la lápida, no pudo contener las lágrimas. Maya, que lo observaba desde lejos, recordó a Miguel, quien también había cumplido un año de muerto. Se escondió detrás de un árbol y lloró. Entendía muy bien los sentimientos de Alan.

Cuando él se fue, Maya se acercó a la tumba. Al ver las fechas grabadas en la lápida, supuso que se trataba de una mujer joven.

«Seguro fue su novia, pensó con tristeza.»

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La semana pasó rápido. La noche antes del secuestro, Maya no podía dormir. Daba vueltas en la cama, pensando que aquello no estaba bien. Recordaba a Alan en el show, lo bien que se veía con el traje de Spiderman, el momento en que ayudó al hombre mayor, los niños de la fundación.

«Él no es el arrogante que me dijeron que era… además, igual que yo, perdió a alguien que amaba.»

La noche fue larga. Al día siguiente, Maya fue a la fundación como voluntaria, tratando de que Alan no la viera. Al mediodía, lo observó salir. Ella también salió y se quedó cerca, en una esquina de las calles donde se realizaría el secuestro.

Kevin y Samuel estacionaron el carro en una esquina. Samuel salió, esperando el momento en que Alan pasara. Todo estaba premeditado. Maya, desde la otra esquina, lo vio venir. Su corazón comenzó a palpitar con fuerza. Se tocaba la cabeza, pensando:

«Esto no está bien»

La angustia era insoportable. Sin pensarlo más, salió corriendo y chocó con Alan. Al instante cayó al suelo. Samuel, desde lejos, pensó con rabia:

«¿Qué le pasa a esta estúpida? Está arruinando todo el plan.»

Alan la ayudó de inmediato.

—¿Estás bien? ¿Te hiciste daño? —preguntó, preocupado.

Maya, con voz temblorosa, respondió:

—Unos hombres me perseguían… es mejor que nos vayamos rápido de aquí.

Alan miró a su alrededor y notó a Samuel, que se veía extraño. Le creyó.

—Vámonos de aquí —dijo con firmeza.

Ya seguros en el estacionamiento de la fundación, Maya le advirtió:

—Esas calles son muy solas… no camines por allí. Son peligrosas.

Alan la miró con atención. Ella hablaba rápido, tartamudeaba. Pensó que aún estaba asustada por lo que había pasado. Pero la verdad era que él la ponía nerviosa.

Maya se despidió y comenzó a irse. Alan la observó mientras se alejaba. Notó que era una mujer muy atractiva, pero estaba cojeando.

—¡Espera! ¿Te lastimaste el pie? Déjame revisarlo, estudio medicina —le dijo, acercándose.

Ella aceptó. Al revisarla, descubrió que solo estaba hinchado por el golpe al caer.

—Mejorará con desinflamatorios —le explicó, con voz calmada.

Cuando estaba a punto de despedirse otra vez, Alan, pensativo pero decidido, le dijo:

—Voy a comer en un restaurante cercano. ¿Quieres acompañarme? La comida allí es muy buena.

Maya lo miró sorprendida. Dudó un instante, pero aceptó. Esta vez irían en el carro.

Ya en el restaurante, la conversación fluyó como si se conocieran de toda la vida. Las bromas no faltaban, las risas tampoco. Las miradas entre ellos dejaban notar una química única.

Así comenzó una historia que les hacía olvidar sus tristezas…




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