Desigual. Donde se rompe el alma

Amigos

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Al terminar de almorzar, Alan le preguntó dónde quería que la dejara, Maya respondió con voz tranquila:

—Llévame a la fundación, allí tengo mi moto.

Alan, extrañado, la miró con curiosidad.

—¿Trabajas allí?

—No… solo vengo como voluntaria los sábados —contestó ella, con una leve sonrisa.

Alan sonrió también, satisfecho, porque sabía que volvería a verla , Luego se despidieron.

Al irse, Maya sabía que tenía que enfrentar a Samuel y Kevin.,Los llamó y, al encontrarse, discutieron. Ella, con voz firme y mirada desafiante, les dijo:

—¡Déjenlo en paz! Si algo le pasa, sabré que fueron ustedes y los denunciaré.

Ellos respondieron con desprecio:

—Olvídate de que te vamos a ayudar a sacar a David de la cárcel. Que se pudra allí.

Maya apretó los puños, pero no dijo nada más, de esa manera cortó todo el trato con ellos.

Por la noche, no dejó de pensar en Alan. En su cabeza, una y otra vez, se repetía todo lo que había pasado ese día. Una semana pasó rápido. Al llegar el sábado, ya no tenía que ir a la fundación como voluntaria, pero deseaba hacerlo. Se había encariñado con algunos niños y ayudar le agradaba… aunque también quería encontrarse con Alan.

Ese día se arregló más de lo común. Por otro lado, Alan estaba igual: no dejaba de pensar en ella, se arreglo y se preparó con la esperanza de verla.

Durante la jornada, se buscaban con la mirada hasta que finalmente se encontraron. Alan se acercó de inmediato.

—Hola, ¿cómo estás? —preguntó, con una sonrisa sincera.

—Hola, bien —respondió ella feliz.

Luego conversaron un rato junto con otros voluntarios. En medio de la charla, quedaron en salir todos al cine a ver una película taquillera. Ese día la pasaron genial. En el grupo hicieron más amigos.

Entre ellos había personas muy diferentes, pero todos compartían algo en común: habían perdido a un ser amado abruptamente. No tenían miedo de mostrarse como eran. No querían impresionar a nadie ni competir. Solo querían pasarla bien. Sentían calidez en sus corazones fríos.

Y así todos los sábados se encontraban, ayudaban a los niños, conversaban largas horas, salían a comer. Hasta que un día fueron de noche a bailar. Todos notaban la química entre Alan y Maya.

En un momento, Alan la invitó a bailar. Mientras lo hacían, la música cambió a una romántica. Él, con ternura, le arregló el cabello. Poco a poco se acercaron más y más, hasta que empezaron a besarse de manera lenta, disfrutando del momento. Era algo que habían deseado desde hacía mucho.

Los demás se alegraron por ellos, diciendo que hacían una bonita pareja. Esa noche, al despedirse, Alan le habló del beso.

—Maya… quiero seguir conociéndote. Quiero que seamos más que amigos.

Ella, con alegría pero también cautela, respondió:

—Yo también quiero… pero vayamos despacio, sin apuro.

El asintió con su corazón rebosante de felicidad.

Después se encontraban más seguido, siempre en la fundación, pero también entre semana en algún parque, en el cine o en un restaurante. A veces con el grupo, otras veces solos. Entre ellos existía mucha atracción, pero también calma. La pasaban de maravilla.

Sin embargo, Maya empezó a sentirse insegura. Sabía que entre ellos existía una diferencia abismal. Pensaba que todo era demasiado hermoso para durar, que la vida siempre le quitaba lo bueno ,en su cabeza no paraban de llegar los pensamientos negativos. Cuando estaba con Alan no le gustaba hablar de su vida. Solo le habló de Valentina, pues aún vivía con ella.

Alan percibía en Maya que había sufrido,le daba curiosidad, quería saber más de su vida y su familia, de por qué siempre estaba tan atenta a todo a su alrededor, como si viviera en alerta, como si siempre estuviera en peligro pero decidió darle tiempo, quería que ella misma hablara de su vida personal cuando sintiera confianza.

Con el tiempo, Enma, la madre de Alan, se dio cuenta de que él estaba saliendo con alguien. La curiosidad se apoderó de ella y le preguntó. Alan habló maravillas de Maya: lo linda y alegre que era, lo buena que era con los niños de la fundación de cáncer.

Enma le pidió conocerla. No obstante, también pensaba mandar a investigar quién era Maya y su familia. Su hijo no podía andar con cualquiera. Alan, que conocía cómo era su madre, se preocupó, pero pensó en invitarla a comer en familia. Así la conocerían y se darían cuenta de lo maravillosa que era Maya.

Mientras tanto, Maya seguía trabajando en el restaurante con horarios rotativos. Cuando tenía libre, salía con Alan. También visitaba a David en la cárcel y, algunas veces, la tumba de Miguel y de Leo. Aunque pensaba entrar al CICPC, primero quería ayudar a David a salir de prisión.

Y llegó el día que tanto evitaba Maya. Alan le dijo que su madre, Enma, quería conocerla y que la llevaría a su casa para que conociera a su familia.

Maya pensó para sus adentros:

«Ya los conozco a todos… más de lo que me gustaría.»

No tenía muchas ganas de tratar con la familia Sindoni. Pero al ver a Alan, aceptó, por él.




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