Desigual. Donde se rompe el alma

No somos iguales

Ese día llegó. Maya se arregló muy bien, aunque la preocupación no la dejaba tranquila. Se preguntaba qué estaba haciendo, si ya sabía cómo eran los Sindoní ,sin embargo, fue. Alan, emocionado llegó a su casa, tomados de la mano.

Al verla, todos —aunque intentaron disimularlo— la miraron de pies a cabeza. Aun así, educadamente la invitaron a pasar y conversar. La charla comenzó con cosas triviales, hasta que se sentaron a comer.

Era imposible para Enma no preguntar cosas más privadas de la vida de Maya.

—¿Y tus padres? ¿En qué trabajan? —preguntó con tono inquisitivo.

Maya, incómoda, respondió con voz baja:

—Solo tengo a mi madre… trabaja de cajera.

Se escuchó un “mmm” de Enma, cargado de juicio.

—¿Tienes hermanos o eres hija única?

La incomodidad de Maya se notaba. Alan, al verla, intervino rápidamente:

—La comida está deliciosa, mamá.

Pero Enma se puso más intensa, porque ya sabía de la vida de Maya y decidió hablar sin tapujos. Emilio y Matías solo miraban y escuchaban en silencio.

—Tienes un hermano en la cárcel, ¿verdad? Y tu madre no es más que una alcohólica.

Alan, con reproche, dijo:

—¡Madre!

Maya no respondió. Soltó el cubierto y se levantó para salir. Al instante, todos se levantaron también. Emilio rompió el silencio:

—Espera, por favor. No fue con mala intención. No quiero que te vayas… he notado cómo mi hijo está más alegre después de mucho tiempo, y la razón eres tú.

Maya, con voz firme y sin dejarse intimidar, replicó:

—¿De qué intención habla? ¿De exponer a mi familia?

Enma, sin reparo, continuó:

—¿Es que no lo sabes, Alan? Ella seguro te ha estado engañando. Es una simple mesera en un restaurante, y toda su familia es un desastre.

Alan, enojado, respondió con fuerza:

—¡No es un desastre! Es una chica que sale adelante sola, a pesar de no haber tenido la suerte de que alguien la cuidara.

Enma lo miró con dureza.

—Pero es una chica rota. ¿Por qué tienes tú que arreglar lo que no es tu culpa? No está a tu nivel.

Cada una de esas palabras eran como apuñaladas en el corazón de Maya. Emilio intentó detenerla, tomándola del brazo, pero Maya lo soltó con firmeza.

—No tendré dinero, pero tengo mucha más moral que usted, señora Sindoni… o debería decir… —se acercó lentamente al oído de Enma y, con voz suave, susurró— ¿de Araujo?

Al escuchar eso, a Enma se le heló la sangre.

«¿Cómo sabe de lo mío con José? Ahora se lo dirá a Emilio» pensó, aterrada. Su rostro se puso pálido.

Maya no dijo nada más. Se fue, mientras Alan la seguía, pidiéndole disculpas por la actitud de su madre.

Ya afuera, Maya no pudo soportar más. Con lágrimas en los ojos, le dijo a Alan:

—Tu madre tiene razón. Yo no soy la indicada para ti. No somos iguales.

Alan insistía, desesperado:

—El dinero no lo es todo. Eso no me importa.

Pero Maya hablaba de algo más. Llorando, le explicó.

—No soy buena, Alan. Estoy rota, como dijo tu madre. Mi madre sí es alcohólica y nunca me cuidó. Nunca conocí a mi padre. Mi hermano y mi exnovio murieron en un robo que ellos mismos planearon. Y… te conocí porque planeaban secuestrar a tu familia. Ese día… eras tú a quien iban a llevarse. Yo fui parte de ese plan, todo para poder sacar de la cárcel al único hermano que alguna vez me cuidó.

Su voz se quebraba con cada palabra. Alan quedó en shock. No se movió, solo escuchó. Cuando ella se fue, se quedó mirando cómo se alejaba, mientras las lágrimas corrían por sus ojos.

Esa noche, Maya llamó a una de sus amigas del grupo de la fundación, Carmen. Ella era psicóloga y daba apoyo a los niños con cáncer. Quedaron en verse para hablar.

La ayuda de una profesional le daría a Maya la oportunidad de empezar a curar las heridas de su alma. Carmen la escuchó con mucha empatía, dejándola hablar y desahogar todo el dolor que llevaba dentro, mientras la admiraba, pues no todos tienen la valentía de tomar el camino de la sanación.




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