📖 Capítulo 16
Mientras tanto, en casa de los Sindoni, Enma, aún con el susto, se sentó pensando cómo podía ser que esa chica supiera de ella y de José Araujo. Al verla, Emilio le dijo con firmeza:
—No estuvo bien lo que hiciste, Enma. Entiendo que como madre quieras lo mejor para tu hijo, pero no debes tener prejuicios contra una chica solo por su familia o posición económica. La idea de traerla era ver su actitud, su forma de ser. Yo conozco muy bien a Alan, sé que él no se enamoraría de alguien malo. Debiste darle una oportunidad de demostrar quién es, y después sí juzgarla.
Lo que Emilio no sabía era que el semblante de Enma no era por la discusión, sino por el miedo de que su engaño como esposa saliera a la luz.
Alan también llegó, pero en vez de discutir con su madre, subió a su habitación y se encerró, procesando todo lo que Maya le había confesado.
Y así pasaron los días y Maya decidió no volver los sábados a la fundación. Iba otro día para no encontrarse con Alan. En esos días, Carmen, su amiga, le daba terapias. Uno de sus consejos fue que tratara de perdonar a su madre.
—No se trata de justificarla —le explicó Carmen—, pero sí de dejar el resentimiento. Cargar con las consecuencias por ser alcohólica ya es suficiente castigo para ella.
También le sugirió considerar otra profesión que le ayudara a manejar su ansiedad y estrés.
—Podrías estudiar veterinaria. Te gustan mucho los animales. No puedes cambiar tu pasado ni la familia en la que creciste, pero sí puedes decidir qué familia vas a construir y qué vida quieres llevar, Maya.
Para ese tiempo, Valentina estaba muy enferma. Sufría de artrosis y ya era muy mayor. Maya la cuidaba como si fuera su abuela: la llevaba al doctor, la bañaba, le hacía sopa, y cuidaba de la casa.
Hasta que un día el médico le dijo que ya no le quedaba tiempo, que posiblemente moriría en el transcurso de un día.
Maya, conmovida, compró muchos chocolates. A Valentina le encantaban, aunque casi no los comía por recomendación médica. Esa tarde se acostó con ella en la cama, comieron chocolate juntas y vieron su novela preferida.
Valentina, con voz débil, le agradeció:
—Gracias por todo lo que has hecho por mí, por tu compañía. Hablé con mi hijo… la casa está a tu nombre. Puedes quedarte o venderla, haz lo que quieras.
Se abrazaron. Valentina, debilitada por la medicación para el dolor, se recostó en la almohada. En ese momento estaban presentes algunas vecinas y el doctor. Poco después, se durmió… y quedó sin signos vitales.
A Maya se le fue esa viejita que tantas veces la aconsejó y la ayudó. Ese día hubo tristeza, pero también la certeza de que Valentina descansaba de sus enfermedades y dolores. Maya la vistió y organizó todo para su entierro.
A los días, Maya decidió entrar en la universidad para estudiar Veterinaria. Y con el tiempo, visitó a David en la cárcel. Allí también estaba Ana. Conversaron de manera calmada. Ambas acordaron vender la casa materna y así conseguir un abogado. Los consejos de Carmen ayudaban mucho a Maya a calmar su ansiedad.
Mientras tanto, Alan seguía sin entender lo que había sucedido. ¿Cómo era posible que Maya fuera así? Un día, conversando con su padre, Emilio le dijo:
—Búscala. Solucionen sus problemas.
Aunque Emilio era arrogante, no se portaba así con sus hijos. Quería verlos felices.
Al pasar un tiempo, Alan pensó mejor las cosas. Entendió que, a pesar de las intenciones de Maya, al final no lo hizo. Corrió hacia él, lo salvó. También imaginó los problemas que debió tener por haberse echado atrás en los planes del secuestro.
De repente, tuvo un deseo profundo de buscarla y decirle que aún la amaba. Preguntó a sus amigos en común por ella. Ellos, esperando que se arreglaran las cosas entre ambos, le dijeron:
—Ella visita a los niños los viernes. Allí la puedes encontrar.