Deslizándome hacia ti

Capitulo 1: Caídas

El sonido de las cuchillas contra el hielo llenaba todo el estadio.
Evelyn respiraba rápido.
Demasiado rápido.
Su pecho subía y bajaba bajo la tela ajustada del traje de entrenamiento mientras daba otra vuelta completa alrededor de la pista, intentando ignorar el ardor en sus piernas.
Las luces blancas del complejo deportivo de Lakewood Ice Arena caían sobre ella con una frialdad casi clínica. Afuera todavía no amanecía del todo, pero dentro del estadio el tiempo parecía no existir.
Solo importaban los saltos. La técnica. La perfección.
—Más velocidad —ordenó Richard Carter desde las gradas.
Su voz rebotó en las paredes vacías.
Evelyn tragó saliva y obedeció.
Impulsó el cuerpo hacia adelante, sintiendo el hielo vibrar bajo sus patines mientras se preparaba para la combinación.
Triple Lutz. Doble Toe Loop.
Flexionó las rodillas. Giró. Despegó.
Por un instante todo salió perfecto.
El aire helado rozó su rostro mientras completaba las rotaciones con precisión.
Cayó limpia.
Pero en la segunda combinación perdió el eje apenas unos centímetros.
Suficiente.
Su cuchilla raspó mal el hielo y terminó chocando contra la pista con fuerza.
El golpe le arrancó el aire de los pulmones.
—¡Otra vez! —gritó su padre inmediatamente.
Evelyn cerró los ojos unos segundos desde el suelo.
Le dolía la espalda. El hombro. La cadera.
Quería quedarse ahí.
Pero se levantó igual.
Porque Richard Carter no creía en descansos.
Mucho menos en excusas.
—El nacional es en tres meses —continuó él bajando algunos escalones de las gradas—. ¿Crees que Madison Reed va a darte una medalla por lástima?
Solo escuchar ese nombre hizo que Evelyn tensara la mandíbula.
Madison.
La princesa del patinaje estadounidense. Perfecta frente a cámaras. Cruel cuando nadie miraba.
Y junto a Blake Donovan formaban la pareja favorita para ganar el campeonato nacional juvenil.
Patinaban como si hubieran nacido sincronizados.
Y lo peor… era que lo sabían.
—Estoy bien —murmuró Evelyn.
—No parece.
Richard se cruzó de brazos.
Alto. Elegante. Intimidante incluso con ropa deportiva.
Había sido entrenador olímpico antes de dedicarse exclusivamente a ella, y llevaba toda la vida moldeándola como si fuera una extensión de su propia carrera.
—Otra vez desde el inicio.
Evelyn tomó aire lentamente.
Sentía los músculos temblando.
Pero volvió a colocarse en posición.
Y entonces lo vio.
Las gradas.
Última fila.
Capucha negra.
Otra vez.
Noah Hayes.
Estaba sentado exactamente igual que la noche anterior, observando en silencio.
Como si perteneciera ahí.
Como si el estadio vacío también fuera suyo.
Evelyn apartó la mirada de inmediato.
No iba a darle la satisfacción de distraerla.
Tomó impulso.
Uno. Dos. Tres.
Saltó.
Triple Axel.
Giró en el aire con el corazón golpeándole el pecho.
Pero justo antes de aterrizar…
Pensó en él.
Y cayó.
El dolor explotó en su tobillo apenas tocó el hielo.
Un gemido ahogado escapó de sus labios.
—¡Maldición! —Richard bajó rápidamente hacia la pista—. ¿Qué fue eso?
Evelyn respiró agitadamente mientras intentaba incorporarse.
Pero apoyar el pie fue peor.
Mucho peor.
El dolor le subió por toda la pierna.
—Creo que se torció… —susurró.
Richard soltó una exhalación frustrada.
—Perfecto. Simplemente perfecto.
Ella bajó la mirada.
Sabía lo que eso significaba.
Debilidad.
Fracaso.
Problemas.
—Déjame ver.
La voz apareció cerca. Grave. Calmada.
Evelyn levantó la vista.
Noah estaba del otro lado de la baranda.
Richard frunció el ceño de inmediato.
—¿Y tú quién demonios eres?
Noah ni siquiera lo miró.
Sus ojos estaban puestos en el tobillo de Evelyn.
—Si seguís apoyándolo así, mañana no vas a poder caminar.
—Estoy bien —dijo ella automáticamente.
—No, no lo estás.
Él saltó la baranda con una facilidad irritante y aterrizó sobre la pista.
Richard dio un paso hacia adelante.
—No puedes estar aquí.
—Y aun así estoy.
Evelyn observó la escena confundida.
Noah se agachó frente a ella.
De cerca se veía distinto.
Más cansado.
Más real.
Tenía pequeñas marcas en las manos y una cicatriz fina cerca de la mandíbula que no había notado antes.
—Movelo despacio —murmuró.
Ella obedeció sin entender por qué.
El dolor pinchó apenas giró el tobillo.
Noah asintió levemente.
—No está roto.
Richard soltó una risa seca.
—Fantástico. El desconocido también es médico ahora.
Noah finalmente levantó la mirada hacia él.
Y por un instante el ambiente entero pareció congelarse más que el hielo bajo ellos.
—No hace falta ser médico para notar cuando alguien está entrenando hasta destruirse.
Silencio.
Evelyn sintió el aire tensarse entre ambos hombres.
Richard entrecerró los ojos.
—Te conozco.
Noah sonrió apenas.
Pero no fue una sonrisa agradable.
—Lo dudo.
—Noah Hayes —murmuró Richard unos segundos después—. El chico que desperdició su carrera.
El golpe fue directo.
Evelyn contuvo la respiración.
Pero Noah ni siquiera pestañeó.
—Y aun así puedo ver todos los errores de tu hija desde la última fila.
Eso hizo que Richard avanzara un paso más.
—Escúchame bien.
—Papá, basta.
Ambos la miraron.
Evelyn se puso de pie lentamente, ignorando el dolor.
—Estoy cansada. Solo quiero irme.
Richard apretó la mandíbula, claramente furioso, pero terminó apartándose.
—Mañana entrenamos a las cinco.
Por supuesto.
Ni siquiera lesionada le daría descanso.
Evelyn tomó su bolso y caminó hacia la salida cojeando ligeramente.
Cuando pasó junto a Noah, él habló otra vez.
—No deberías seguir intentando el Axel si entrenas tensa.
Ella se detuvo.
—¿Y qué se supone que haga?
Noah la observó unos segundos.
—Aprender a confiar en alguien más sobre el hielo.
El corazón de Evelyn dio un pequeño salto extraño.
Molesto.
Inoportuno.
Porque por primera vez en mucho tiempo…
Alguien parecía verla más allá de las medallas.




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