El corazón de Evelyn se detuvo por un segundo.
Noah permanecía apoyado en el marco de la puerta con las manos dentro de los bolsillos de la campera negra, como si aparecer en la habitación de hospital de un desconocido fuera lo más normal del mundo.
La nieve todavía se derretía sobre sus hombros.
Liam parpadeó confundido.
—Okay… o estoy drogado por los analgésicos o Noah Hayes acaba de entrar a mi habitación.
Noah levantó apenas una ceja.
—Sigues vivo. Así que supongo que no son tan fuertes.
Evelyn se puso de pie inmediatamente.
—¿Qué haces aquí?
—Visitar a alguien.
—¿Cómo sabes dónde estábamos?
—Tu padre habla demasiado fuerte por teléfono.
Eso sonó tan irritantemente tranquilo que Evelyn quiso golpearlo con algo.
Liam, en cambio, parecía fascinado.
—Espera, espera… ¿EL Noah Hayes? ¿El que ganó juveniles a los quince?
Noah hizo una mueca leve.
—Hace mucho de eso.
—Desapareciste por completo del circuito —continuó Liam—. Literalmente hay teorías conspirativas sobre ti.
—Internet necesita hobbies mejores.
Evelyn cruzó los brazos.
—Sigues sin responder qué haces aquí.
Noah finalmente la miró directamente.
Y otra vez ocurrió eso.
Esa sensación incómoda de que él veía demasiado.
—Quería hablar contigo.
El pecho de Evelyn se tensó apenas.
Liam miró de uno al otro lentamente.
Después sonrió.
—Oh, definitivamente interrumpo algo.
—Cállate —murmuró ella.
Noah soltó una pequeña exhalación divertida. Casi una risa.
Fue tan breve que Evelyn dudó haberla escuchado realmente.
Pero cambió por completo su rostro.
Lo hizo parecer menos frío. Menos roto.
Y eso fue peligrosamente injusto.
—¿Podemos hablar afuera? —preguntó Noah.
Evelyn dudó unos segundos.
No debería seguirle el juego. Ni siquiera conocía realmente a ese chico.
Pero algo dentro de ella necesitaba entender por qué aparecía una y otra vez.
Suspiró.
—Cinco minutos.
Liam levantó el pulgar desde la cama.
—Usen protección emocional.
Evelyn le lanzó una mirada asesina antes de salir de la habitación.
El pasillo estaba casi vacío.
Las luces tenues del hospital daban al lugar un silencio extraño, interrumpido solo por el sonido lejano de monitores y pasos ocasionales.
Noah caminó unos metros antes de detenerse frente a una ventana enorme donde la nieve caía lentamente sobre el estacionamiento.
Evelyn permaneció a cierta distancia.
—Habla.
Él la observó un momento.
—Tu compañero no va a recuperarse a tiempo.
Directo. Sin suavizarlo.
Evelyn sintió el pecho apretarse otra vez.
—Ya lo sé.
—Entonces también sabes que necesitas otro partner.
Ella frunció el ceño.
—¿Y qué tiene que ver eso contigo?
Noah inclinó apenas la cabeza.
—Patina conmigo.
Silencio.
Por un instante Evelyn creyó haber escuchado mal.
—¿Qué?
—Tu padre está desesperado. Tú necesitas clasificar. Y yo necesito volver.
El aire pareció volverse más frío.
—¿Volver? —repitió ella lentamente.
Los ojos claros de Noah se desviaron hacia la nieve cayendo afuera.
—No terminé con el hielo.
Había algo extraño en su voz. Algo pesado.
Como si aquellas palabras escondieran más dolor del que dejaba ver.
Evelyn lo estudió en silencio.
Era imposible no sentir curiosidad.
Todo el mundo conocía el nombre de Noah Hayes. El prodigio que desapareció. El chico destinado a llegar a olímpicos.
Y nadie sabía realmente por qué abandonó todo.
—¿Por qué yo? —preguntó finalmente.
Él la miró otra vez.
—Porque eres buena.
Ella arqueó una ceja.
—Vaya. Qué romántico.
—Y porque cuando dejas de pensar demasiado… vuelas sobre el hielo.
El corazón le dio un pequeño salto inesperado.
Maldito sea.
Noah se acercó un paso.
—Pero entrenas aterrada.
Evelyn sintió la respiración atorarse apenas.
Odiaba que dijera cosas tan ciertas.
—No me conoces.
—No hace falta conocerte para notar cómo tiemblas antes de cada salto difícil.
Eso golpeó directo.
Demasiado directo.
Ella apartó la mirada inmediatamente.
—No tiemblo.
—Sí tiemblas.
El silencio cayó entre ambos.
Tenso. Cargado.
Evelyn podía escuchar su propio corazón latiendo demasiado rápido.
Y Noah seguía ahí. Mirándola de esa forma tranquila que parecía desnudar cada inseguridad que intentaba esconder.
—¿Siempre eres tan arrogante? —murmuró ella.
—Solo cuando tengo razón.
Eso casi la hizo sonreír.
Casi.
—No sé nada sobre patinar contigo —dijo Evelyn—. Las parejas tardan años en sincronizarse.
—Entonces tendremos que aprender rápido.
—No es tan simple.
—Nunca lo es.
Otra vez esa mirada.
Intensa. Silenciosa.
Peligrosa.
Evelyn tragó saliva.
Y entonces Noah hizo algo inesperado.
Le extendió la mano.
—Dame una semana.
Ella bajó la vista hacia su mano.
Dedos largos. Marcados por años de entrenamiento.
—¿Una semana para qué?
—Para demostrarte que podemos ganar.
El corazón le golpeó fuerte contra las costillas.
Porque una parte de ella quería decir que no.
Pero otra… la parte rota y desesperada… quería creerle.
Quería creer que todavía había una posibilidad.
Noah mantuvo la mano extendida.
Esperando.
Evelyn lo observó unos segundos eternos antes de tomar aire lentamente.
Y finalmente… apoyó su mano sobre la de él.
El contacto fue breve.
Pero suficiente para que un escalofrío le recorriera toda la piel.
Y por alguna razón…
Noah también pareció sentirlo.
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Editado: 04.06.2026