El salón permaneció en silencio.
Todos observaban la lista.
Los nombres.
Los países.
Los campeones.
Las leyendas.
Los atletas que Noah y Evelyn habían admirado durante años.
Y ahora...
Competirían contra ellos.
No como espectadores.
No como fanáticos.
Como rivales.
Sophie fue la primera en reaccionar.
Por supuesto.
—Bueno.
Silencio.
—No quiero asustarlos.
—Entonces no hables —dijo Liam.
—Pero algunos de estos patinadores dan miedo.
—Sophie.
—Solo digo la verdad.
Richard tomó la carpeta y la cerró.
—Ignórenla.
—Sabia decisión —murmuró Noah.
Pero la realidad era que Sophie tenía razón.
Aquella competencia sería completamente diferente.
Porque el Campeonato de los Cuatro Continentes reunía a los mejores atletas de América, Asia y Oceanía.
Los mejores.
No promesas.
No talentos emergentes.
Los mejores.
Durante la siguiente semana, los entrenamientos se intensificaron.
Otra vez.
Richard parecía convencido de que el sueño era opcional.
Y el descanso una actividad sospechosa.
—Otra vez.
—Richard...
—Otra vez.
—Estoy cansada.
—Excelente.
—¿Excelente?
—Significa que todavía puedes mejorar.
Evelyn estaba considerando cometer un crimen.
Noah también.
Sin embargo...
Los resultados comenzaron a aparecer.
Porque ambos estaban creciendo.
Muchísimo.
Más rápidos.
Más precisos.
Más sincronizados.
Y sobre todo...
Más conectados.
Ya no necesitaban hablar para entenderse.
Un movimiento.
Una mirada.
Un pequeño cambio de peso.
Y sabían exactamente qué hacer.
Una tarde, mientras practicaban una secuencia compleja de pasos, Richard finalmente detuvo la música.
Algo raro.
Muy raro.
Porque normalmente solo detenía la música para señalar errores.
Pero esta vez parecía diferente.
Los observó durante unos segundos.
Y finalmente dijo:
—Ya están listos.
El silencio fue inmediato.
Porque aquellas palabras tenían un peso enorme viniendo de él.
—¿Listos para qué? —preguntó Noah.
Richard arqueó una ceja.
—Para competir con cualquiera.
Nadie habló.
Ni siquiera Sophie.
Porque aquello era probablemente el mayor cumplido que Richard Carter había pronunciado en toda su carrera.
Evelyn sintió un calor extraño en el pecho.
Orgullo.
Confianza.
Esperanza.
Y algo más.
Porque por primera vez desde que comenzó toda aquella aventura...
Creía de verdad que podían hacerlo.
Que podían enfrentarse a los mejores.
Y sobrevivir.
Dos semanas después llegó el viaje.
El campeonato se celebraría en la ciudad de Vancouver, Canadá.
Una de las sedes más prestigiosas del circuito internacional.
Y cuando el avión aterrizó...
La magnitud del evento se hizo evidente inmediatamente.
Carteles.
Publicidad.
Equipos de todos los países.
Periodistas.
Fanáticos.
Patinadores.
Era enorme.
Mucho más grande que cualquier competencia en la que hubieran participado.
El hotel oficial parecía una pequeña villa olímpica.
Atletas de todas partes caminaban por los pasillos.
Escuchaban idiomas distintos.
Veían uniformes distintos.
Historias distintas.
Sueños distintos.
Todos persiguiendo exactamente lo mismo.
Fue allí donde conocieron a sus principales rivales.
Y la primera impresión fue impactante.
La pareja japonesa.
Elegante.
Precisa.
Prácticamente perfecta.
La pareja canadiense.
Favorita local.
Experimentada.
Poderosa.
Y la pareja surcoreana.
Conocida por realizar algunos de los programas más difíciles del mundo.
Evelyn observó uno de sus entrenamientos.
Y tragó saliva.
—Son increíbles.
Noah asintió.
—Sí.
—¿Estamos en problemas?
Él sonrió.
—Probablemente.
Ella soltó una pequeña carcajada.
Porque agradecía que alguien estuviera siendo honesto.
Pero entonces ocurrió algo curioso.
Mientras abandonaban la pista de práctica...
Una de las parejas favoritas pasó junto a ellos.
Los campeones japoneses.
Reconocidos mundialmente.
Y el chico del equipo se detuvo.
Observándolos.
Durante unos segundos.
Después sonrió.
Y habló en inglés.
—Ustedes son Carter y Hayes, ¿verdad?
Noah asintió.
Sorprendido.
—Sí.
El joven volvió a sonreír.
Y dijo algo que nadie esperaba.
—Queríamos conocerlos.
Silencio.
—Su programa nacional fue increíble.
Evelyn abrió los ojos.
Completamente sorprendida.
Porque aquellos atletas eran estrellas internacionales.
Y habían visto su actuación.
Después de que se marcharan, Sophie apareció de la nada.
Como siempre.
—Bueno.
—¿Qué?
—Creo que ya son famosos.
—No exageres.
—Nunca exagero.
Liam casi se atragantó de la risa.
Aquella noche, Evelyn no pudo dormir.
No por nervios.
No exactamente.
Sino porque seguía pensando en algo.
En lo lejos que habían llegado.
Meses atrás, Noah era el misterioso chico de las gradas.
El joven que aparecía en silencio para corregir errores.
El compañero inesperado.
Y ahora...
Estaban juntos en una competencia internacional.
Representando a su país.
Persiguiendo un sueño.
Se acercó a la ventana.
Observando las luces de Vancouver.
Y escuchó un golpe suave en la puerta.
No necesitó preguntar quién era.
Porque ya lo sabía.
Cuando abrió...
Noah estaba allí.
Con dos vasos de chocolate caliente.
Y una sonrisa.
—No podías dormir tampoco, ¿verdad?
Evelyn sonrió.
—No.
—Yo tampoco.
Permanecieron unos segundos observándose.
Y entonces ambos comenzaron a reír.
Porque después de todo lo que habían vivido...
Algunas cosas nunca cambiaban.
Pero ninguno de los dos sabía que en otro piso del hotel...
Alguien observaba una lista de competidores.
Y junto a los nombres de Noah Hayes y Evelyn Carter...
Acababa de hacer una marca roja.
Una simple marca.
Pequeña.
Casi insignificante.
Pero suficiente para indicar una cosa.
Alguien había vuelto a fijarse en ellos.
Y sus intenciones no parecían buenas.
#2409 en Novela romántica
#224 en Thriller
#96 en Misterio
mafia romance y misterio, secreto pasado dolor superacion, romance deportivo
Editado: 04.06.2026