Deslizándome hacia ti

Capitulo 70: La marca roja

La lluvia golpeaba suavemente las ventanas del hotel.
Vancouver dormía.
O al menos la mayor parte de la ciudad.
Pero no todos.
Porque en una habitación del piso doce, una persona observaba una carpeta llena de nombres.
Competidores.
Entrenadores.
Delegaciones.
Y junto a uno de esos nombres...
Una marca roja.
Noah Hayes.
Evelyn Carter.
La figura cerró lentamente la carpeta.
Y sonrió.
Una sonrisa que no tenía nada de amistosa.
A la mañana siguiente, la actividad comenzó temprano.
Demasiado temprano según Sophie.
—¿Por qué las competencias importantes siempre empiezan antes de que exista la dignidad humana?
—Porque el mundo no gira alrededor de ti —respondió Liam.
—Todavía.
Richard pasó junto a ellos.
—Cinco minutos para estar en la pista.
—Ya no me cae bien.
—Nunca te cayó bien.
—Buen punto.
La pista de entrenamiento estaba llena.
Patinadores de distintos países ocupaban cada rincón del hielo.
La energía era completamente diferente a la de los campeonatos nacionales.
Más intensa.
Más competitiva.
Más peligrosa.
Porque aquí todos eran buenos.
Muy buenos.
Evelyn ajustó sus guantes.
Respiró profundamente.
Y salió al hielo junto a Noah.
De inmediato sintió la diferencia.
Los nervios.
La presión.
Las expectativas.
Todo era más grande.
Pero también más emocionante.
Richard los observaba desde las gradas.
Y por primera vez desde que lo conocían...
Parecía tranquilo.
No relajado.
Eso sería imposible.
Pero tranquilo.
Lo suficiente para sorprender a Noah.
—Creo que está enfermo.
Evelyn soltó una pequeña risa.
—¿Por qué?
—No nos gritó en diez minutos.
—Eso sí es preocupante.
El entrenamiento avanzó bien.
Muy bien.
Las elevaciones salieron limpias.
Las secuencias sincronizadas.
Los saltos estables.
Y poco a poco la confianza comenzó a regresar.
Porque sí.
Estaban rodeados de estrellas.
Pero ellos también pertenecían allí.
Comenzaban a creerlo.
Fue entonces cuando ocurrió algo extraño.
Un hombre apareció cerca de la zona técnica.
No llevaba uniforme de entrenador.
Ni acreditación visible.
Ni parecía parte de ninguna delegación.
Simplemente observaba.
En silencio.
Con demasiada atención.
Especialmente a Noah y Evelyn.
Noah fue el primero en notarlo.
Y sintió una sensación incómoda.
Una familiar.
Una que no le gustaba.
Porque le recordaba demasiado a los meses anteriores.
A las amenazas.
A los sabotajes.
A todo lo que habían vivido.
El hombre permaneció allí apenas unos minutos.
Después desapareció.
Como si nunca hubiera estado.
Pero la inquietud permaneció.
Esa misma tarde se celebró la ceremonia oficial de apertura.
Miles de espectadores.
Luces.
Música.
Presentaciones.
Y delegaciones entrando una por una.
Cuando anunciaron a Estados Unidos, el público aplaudió con fuerza.
Y Evelyn sintió algo especial.
Un orgullo inmenso.
Porque estaba allí.
Representando a su país.
Representando a su madre.
Representando todo por lo que había luchado.
Después de la ceremonia, los atletas tuvieron acceso a la pista principal.
La misma donde se disputaría la competencia.
Y cuando Noah y Evelyn la vieron por primera vez...
Se quedaron sin palabras.
Era gigantesca.
Perfecta.
Majestuosa.
Las luces reflejándose sobre el hielo parecían estrellas.
—Guau...
susurró Evelyn.
Noah asintió.
Era exactamente lo que estaba pensando.
Patinaron durante casi una hora.
Adaptándose.
Sintiendo la superficie.
Calculando distancias.
Preparándose.
Y mientras lo hacían...
Los nervios comenzaron a transformarse.
Ya no parecían miedo.
Parecían emoción.
La emoción que sienten quienes están a punto de vivir algo importante.
Al terminar la sesión, Richard los reunió.
Su expresión era seria.
Pero no preocupada.
Solo concentrada.
—Escuchen bien.
Ambos prestaron atención inmediatamente.
—No vinimos aquí para participar.
Silencio.
—Vinimos aquí para competir.
Evelyn sonrió.
Porque aquello sonaba exactamente a Richard.
—No me importa quién esté en esta pista.
No me importa cuántos títulos tengan.
No me importa cuántas medallas hayan ganado.
Los observó fijamente.
—Si salen ahí y hacen lo que saben hacer...
Pueden vencer a cualquiera.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Porque él lo creía.
Realmente lo creía.
Y eso hizo que ellos también comenzaran a creerlo.
Aquella noche, Noah recibió un mensaje anónimo.
Otra vez.
Un número desconocido.
Sin nombre.
Sin identificación.
Solo una frase.
Una única frase.
Y cuando la leyó...
La sangre se le congeló.
Porque decía exactamente lo mismo que había aparecido meses atrás.
"Algunas historias deberían permanecer enterradas."
Noah levantó la vista lentamente.
Observando la habitación del hotel.
El corazón acelerado.
Porque aquello significaba una sola cosa.
La historia de Emily Carter no había terminado de afectar a todos los involucrados.
Y alguien...
Todavía estaba intentando detenerlos.
Justo cuando la competencia más importante de sus vidas estaba a punto de comenzar.




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