Deslizándome hacia ti

Capitulo 96: El hombre que nunca murio

El bosque desapareció.
El sonido de los disparos.
El viento.
El lago.
Todo.
Porque la figura que acababa de salir de entre los árboles había robado toda la atención.
Toda.
Emily permaneció inmóvil.
Mirándolo.
Incapaz de procesar lo que estaba viendo.
Porque era imposible.
Completamente imposible.
—No...
susurró.
Las lágrimas aparecieron en sus ojos.
No de alegría.
No de alivio.
De puro shock.
—Tú no...
La figura sonrió.
Una sonrisa elegante.
Fría.
Calculada.
La misma sonrisa que Emily recordaba.
La misma que había visto décadas atrás.
La misma que había aprendido a temer.
—Sí.
respondió el hombre.
—Yo.
Evelyn observó a su madre.
Y sintió miedo.
Porque jamás la había visto así.
Jamás.
Ni frente a Arthur.
Ni frente a los disparos.
Ni frente a veinte años de secretos.
Nada la había afectado de esa manera.
Nada.
El desconocido avanzó unos pasos.
Los atacantes armados permanecieron detrás.
Esperando órdenes.
Como soldados.
Como sombras.
Como herramientas.
Arthur levantó la vista desde el suelo.
Y cuando vio al hombre...
Una mezcla de rabia y resignación apareció en su rostro.
—Sabía que vendrías.
El recién llegado sonrió.
—Por supuesto.
Silencio.
—Nunca te gustó terminar las cosas correctamente.
Arthur soltó una risa amarga.
Incluso herido.
Incluso sangrando.
Incluso muriendo.
Todavía era capaz de odiarlo.
Walter observó la escena.
Y algo hizo clic.
Porque conocía aquel rostro.
Lo había visto antes.
En documentos.
En fotografías antiguas.
En registros olvidados.
Y cuando finalmente recordó dónde...
Sintió que el estómago se hundía.
—No puede ser.
Samuel cerró los ojos.
Porque él también lo había reconocido.
Mucho antes.
Y sabía exactamente quién era.
El hombre observó a Walter.
Y sonrió.
—Me halaga que aún me recuerdes.
Walter tragó saliva.
—Thomas Reed.
Silencio absoluto.
El nombre cayó como un rayo.
Porque todos conocían ese nombre.
Todos.
Thomas Reed.
El primer sospechoso.
El primer gran nombre de la investigación de Emily.
El hombre que oficialmente había muerto hacía más de veinte años.
El hombre cuya desaparición había sido considerada el final de una etapa.
El hombre que nunca debió estar allí.
Porque estaba muerto.
O eso creían.
Thomas hizo una pequeña reverencia teatral.
—En persona.
Emily sintió que las piernas temblaban.
Porque ahora comprendía.
Comprendía por qué Arthur nunca había sido el verdadero enemigo.
Comprendía por qué las piezas nunca encajaban completamente.
Comprendía por qué el Director parecía cambiar constantemente.
Porque el Director nunca había sido un cargo vacío.
Nunca.
Había sido Thomas.
Siempre Thomas.
Desde el principio.
Arthur comenzó a reír.
Una risa ronca.
Dolorosa.
Casi delirante.
—¿Lo ves?
le dijo a Evelyn.
—Yo era un monstruo...
Tosió sangre.
—Pero él creó los monstruos.
Thomas no pareció ofendido.
Ni siquiera un poco.
Porque para alguien como él...
Aquello era prácticamente un cumplido.
Emily dio un paso adelante.
—¿Por qué?
Thomas levantó una ceja.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué hiciste todo esto?
Thomas sonrió.
—Porque podía.
El silencio que siguió fue aterrador.
Porque aquella respuesta era sincera.
Totalmente sincera.
No había trauma.
No había tragedia.
No había una gran justificación.
Solo ambición.
Solo poder.
Solo ego.
Thomas observó a Evelyn.
Y algo parecido al interés apareció en sus ojos.
—Tu madre siempre fue inteligente.
Silencio.
—Demasiado inteligente.
Emily sintió náuseas.
Porque aquella era exactamente la razón por la que la habían perseguido.
Porque había descubierto demasiado.
Porque había visto demasiado.
Porque nunca había sabido cuándo rendirse.
Thomas volvió a mirar a Arthur.
Y su sonrisa desapareció.
—Te di todo.
Arthur no respondió.
—Poder.
Dinero.
Control.
Silencio.
—Y aun así decidiste traicionarme.
Arthur levantó la vista.
Y respondió con una última chispa de orgullo.
—No.
Pausa.
—Decidí dejar de ser como tú.
Thomas lo observó.
Y por primera vez...
Pareció realmente molesto.
Muy molesto.
Entonces levantó una mano.
Y los hombres armados avanzaron.
Un paso.
Dos.
Tres.
Cerrando el círculo.
Encerrándolos.
El final parecía inevitable.
Hasta que una voz resonó desde el bosque.
Una voz conocida.
Una voz imposible.
—Siempre haces entradas dramáticas, Thomas.
Todos giraron.
Todos.
Porque conocían aquella voz.
O al menos algunos de ellos.
Emily abrió los ojos.
Arthur también.
Y por un instante ambos parecieron haber visto un fantasma.
Porque desde los árboles apareció un hombre anciano.
Cabello completamente blanco.
Bastón en una mano.
Y una sonrisa cansada en el rostro.
Una sonrisa que Thomas perdió inmediatamente al ver.
Porque aquel hombre era la única persona que jamás había logrado derrotar.
Y la única persona a la que verdaderamente temía.
Michael Donovan.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.