MILES
Mi vida tiene el ritmo exacto de una lista de reproducción curada por expertos: es impecable, vibrante y siempre suena a éxito.
Me desperté a las 7:30 a.m. No necesito un despertador con sonidos de pajaritos; mi cerebro se activa solo, consciente de que cada minuto que paso pegado a las sábanas de mi penthouse en Beacon Hill es un minuto que alguien más está usando para intentar superarme. Me tiré de la cama, me puse unos shorts de entrenamiento y le dediqué veinte minutos a la cinta de correr mientras chequeaba las criptos en la pantalla frente a mí. Una ducha rápida, un poco de cera en el pelo para que parezca que no me esforcé, aunque me tomó diez minutos.
—Buenos días, Miles. Tu batido de proteínas está listo —anunció el sistema inteligente de la casa.
Agarré el vaso, le di un trago y busqué las llaves de mi Porsche. No uso traje, no soy mi padre (todavía), pero sé reconocer la calidad. Me puse una sudadera de marca, unos jeans oscuros y mis zapatillas de edición limitada. Ese es mi uniforme: el de alguien que no necesita demostrar nada porque ya lo tiene todo.
Manejar por Boston a esta hora es mi momento favorito del día. Mientras el resto de los mortales se amontonan en las paradas del bus o corren como locos para no perder el metro, yo simplemente subo el volumen de la música y acelero. Hay algo casi terapéutico en ver a la gente correr detrás del transporte público desde la comodidad de un asiento de cuero con calefacción.
Llegué a Brookfield y estacioné en el lugar que todos saben que es mío, aunque no tenga cartel. Ni bien bajé, el "squad" de siempre ya me estaba esperando.
—¡Miles! Decime que salimos hoy a la noche. Me dijeron que en el club nuevo nos reservan la mejor mesa —exclamó Bauti, chocándome los cinco. Detrás de él, Santi y Nacho se reían de algún video en el celular. Son unos idiotas, pero son mis idiotas; los conozco desde que usábamos pañales de seda.
—Depende de si Vicky me deja —bromé, aunque los dos sabíamos que yo hacía lo que quería.
—Hablando de la reina de la universidad... —susurró Santi, señalando con la cabeza.
Victoria Colucci venía caminando hacia nosotros con ese aire de seguridad que solo te da tener una cuenta bancaria con seis ceros. Llevaba puesto ese conjunto deportivo de diseñador que le quedaba increíble y una sonrisa que decía que ya tenía planeado todo mi fin de semana.
—Hola, bombón—me dijo, dándome un beso rápido que sabía a gloss de cereza—. Ni se te ocurra faltar al almuerzo en el club hoy. Mi papá quiere preguntarte qué opinas de no sé qué inversión.
—Ahí estaré, Vicky. Sabés que me encanta hablar de negocios con tu papá—le respondí, rodeando su cintura con mi brazo.
Caminamos hacia el edificio central de Administración de Empresas. Yo me sentía el rey del mundo. Tenía la chica, el auto, el estatus y un futuro que brillaba tanto que me obligaba a usar anteojos de sol.
Entramos al hall principal y el murmullo de la gente bajó un poco, como siempre pasa cuando el grupo adecuado hace su entrada.
Estábamos por subir las escaleras mecánicas cuando Bauti se frenó de golpe, mirando su reloj inteligente como si acabara de recibir una alerta de la NASA.
—¡Paren todo! —exclamó, levantando una mano—. Son las 9:09 del día 9. ¿Saben lo que eso significa, no?
Me detuve y lo miré con una ceja levantada. Vicky también se frenó, acomodándose el bolso en el hombro con interés.
—¿Que finalmente te bajaste una app para no llegar tarde a clase? —ironicé.
—No, idiota. Es el portal energético más fuerte del año —dijo Bauti, totalmente serio, mientras Santi y Nacho se acercaban con cara de "esto es importante"—. Mi mamá se gasta una fortuna en una astróloga que le hace la carta astral a los perros, y me mandó un audio hoy temprano. Dice que hoy es el día del "Deseo Absoluto". Lo que pidas hoy, el universo te lo concede sí o sí. Pero tiene que ser un deseo que te cambie la vida.
Santi asintió con fervor, sacando su propio teléfono.
—Es verdad, lo vi en TikTok. Dicen que si pedís algo ahora, se manifiesta antes de que termine el día. Yo voy a pedir que mi viejo me regale el yate para mi cumple.
Solté una carcajada seca, negando con la cabeza.
—Ustedes no pueden ser tan básicos. ¿Portal energético? Chicos, el único "portal" que te cambia la vida es el de una cuenta bancaria con fondos ilimitados o un contacto en Wall Street. El universo no concede deseos, el universo te da lo que sos capaz de quitarle.
—¡Ay, Miles, no seas tan amargo! —Vicky me dio un empujoncito juguetón en el brazo—. Anímate, pide algo. No pierdes nada. Dicen que hay que cerrar los ojos y visualizar lo que más quieres.
—Lo que más quiero ya lo tengo —dije, mirando alrededor con suficiencia—. Tengo el promedio más alto, los mejores autos del estacionamiento y a la chica más linda de Boston. ¿Qué más podría pedir? ¿Un clon para que rinda los finales por mí mientras yo me voy a esquiar a Aspen?
—Pídelo. Capaz el universo te escucha y te da un respiro de tanta perfección —se burló Nacho mientras empezábamos a caminar de nuevo.
—Bueno, está bien. Si eso los hace dejar de hablar de astrología y empezar a hablar de la clase de Microeconomía, lo hago —cerré los ojos un segundo con una sonrisa burlona en la cara—. Querido Universo: dame algo nuevo. Algo que me saque de esta rutina tan... perfecta. Sorprendeme.
Abrí los ojos y me encogí de hombros.
—Listo. Ya pedí mi dosis de aventura mística. ¿Podemos ir a clase ahora o tenemos que prender sahumerios en el pasillo?
Mis amigos se rieron y seguimos camino al aula Magna. Lo que yo no sabía era que el universo tiene un sentido del humor bastante retorcido, y que mi pedido de "algo nuevo" estaba a punto de tomarse demasiado en serio.
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Después de un día insoportablemente largo escuchando a profesores hablar sobre teorías que yo ya aplico en mis propias inversiones, volví a casa. El sol se estaba poniendo y el penthouse se veía impecable, bañado en esa luz dorada que te hace sentir que, efectivamente, eres el dueño de la ciudad.