AGNES
—¡Agnes! ¡Si no sales en tres minutos te juro que entro y te uso el café para regar mis plantas! —el grito de Sasha atravesó la puerta de mi habitación junto con dos golpes secos que hicieron vibrar mis libros.
Suspiré, tratando de no perder el equilibrio mientras intentaba ponerme una zapatilla y, al mismo tiempo, guardar el ejemplar de Rayuela en mi mochila que ya no cerraba más. Mi habitación es un caos de fotocopias y hojas sueltas, pero es mi caos. Logré calzarme, me acomodé el suéter y decidí que el estilo despeinado hoy no era una elección, sino una consecuencia de haberme quedado leyendo hasta las tres de la mañana.
Salí al pasillo y casi choco con mi hermana, que ya estaba lista e impecable, moviendo los dedos sobre la pantalla de su celular a la velocidad de la luz. Sasha tiene catorce años y parece que nació con un manual de estilo que a mí me vino fallado. Me miró de arriba abajo y arrugó la nariz.
—Agie, por favor, decime que te vas a peinar antes de cruzar la puerta. Es el día del Portal Energético, tienes que atraer cosas buenas, no espantarlas —sentenció sin sacar los ojos de la pantalla.
—El universo va a tener que aceptar mi pelo tal cual está. Tengo que llegar a la clase de Semiótica, no a una pasarela —le contesté, esquivándola para bajar a la cocina.
Abajo, el ritmo era el de siempre. Mi mamá estaba peleando con la tostadora que siempre quema el pan de un solo lado, y mi papá buscaba sus anteojos por toda la mesada mientras intentaba escuchar las noticias en la radio.
—¡Buen día, cariño! —me saludó mi viejo, dándome un beso ruidoso en la sien—. Comé algo rápido que el bus no espera a nadie. Dicen que hay demora en el centro, así que va a venir lleno.
—Lo de todos los días, entonces —murmuré, agarrando la tostada negra y raspando lo quemado con un cuchillo—. ¿Ma, viste mi cuaderno de tapas azules? El de los apuntes importantes.
—Fíjate arriba del microondas, hija, lo dejaste ahí anoche —respondió ella, concentrada en servir los cafés—. Y hazme el favor de pedir un deseo hoy, que según la radio es el día ideal. "Pedid y se os dará", decía tu abuela.
—Lo único que quiero pedir es que el profesor no se ponga pesado con la asistencia —dije, guardando el cuaderno y dándole un trago rápido al café que ya estaba tibio.
Me puse la campera, me colgué la mochila que pesaba una tonelada y salí corriendo antes de que Sasha empezara a darme consejos de maquillaje. Caminé las tres cuadras hasta la parada, sintiendo el frío de Boston en la cara. La fila ya daba la vuelta a la esquina. Gente cansada, empujones silenciosos y ese olor a gasoil que se te queda pegado en la ropa.
Miré el reloj 9:09 a.m. Recordé lo que había dicho mi mamá y, por un segundo, apreté las correas de mi mochila y cerré los ojos mientras escuchaba el ruido de la ciudad. "Solo quiero una oportunidad", pensé con una sonrisa pequeña. "Saber qué se siente ser alguien a quien escuchan, alguien que no tiene miedo de ocupar espacio".
El bus apareció a lo lejos, soltando un humo negro y frenando con un chillido de metal. Me acomodé la mochila, tomé aire y me preparé para subirme a los codazos
Llegué a la Facultad de Letras con un nivel de dignidad cercano a cero. Bajar del bus en hora pico es lo más parecido a salir de una licuadora: terminé con el pelo más revuelto que antes, un pisotón en mi zapatilla izquierda y el aliento de un desconocido todavía impregnado en mi nuca.
Caminé por el pasillo principal, esquivando a un grupo de teatro que estaba ensayando una tragedia griega en medio del paso, hasta que vi a los sospechosos de siempre sentados en los escalones de la biblioteca.
—¡Llegó nuestra futura Premio Nobel! —gritó Lucas, levantando un termo abollado como si fuera un trofeo—. Agie, te guardamos un lugar, pero vas a tener que sentarte arriba de la antología de poesía barroca de Oliver.
Oliver, que estaba sumergido en un libro tan grueso que podría usarse como arma de defensa personal, ni siquiera levantó la vista, pero movió sus pertenencias un par de centímetros.
—Llegas tarde, Agnes —dijo Oliver con su tono monocorde y existencialista—. El tiempo es una construcción social, pero el profesor de Semiótica no lo sabe y ya cerró la puerta del aula 4.
—No me digas eso —gemí, dejándome caer al lado de Lucas—. El bus venía tan lleno que creo que me hice amiga íntima de la axila de un señor. ¿Qué me perdí?
—Nada importante, solo a Lucas intentando convencer a todos de que su horóscopo literario predijo que hoy íbamos a conocer al amor de nuestras vidas —dijo Clara, apareciendo por detrás con un fajo de fotocopias que le tapaban media cara—. Dice que el Portal de hoy es "el evento del siglo".
Lucas se acomodó los anteojos con un gesto dramático.
—¡Es que no entienden! Hoy es 9 del 9 a las 9. Es un momento de transmutación. Yo ya pedí que mi ex me desbloquee de Instagram y que la cafetería deje de cobrar el extra por la leche de almendras. Agie, ¿vos pediste algo?
—Pedí que el universo me diera una señal de que no voy a terminar viviendo en una caja de cartón después de graduarme —respondí, robándole un poco de café a Lucas—. Pero por ahora, el universo solo me dio un viaje en bus con olor a humedad.
—Tienes que ser más específica —insistió Lucas, señalándome con un dedo—. El universo es como un editor jefe: si no le das un buen gancho, te rebota el manuscrito. Tienes que visualizarte siendo... no sé, alguien poderosa. Alguien que camina y la gente se abre como el Mar Rojo.
—¿Yo? —solté una carcajada, imaginándome la escena—. Lucas, si yo trato de hacer eso, lo más probable es que me tropiece con mis propios cordones y termine pidiendo perdón al piso por golpearlo.
—Bueno, capaz hoy es el día en que dejas de ser alguien "invisible" y te conviertes en una... —Lucas buscó una palabra, mirando hacia el techo del hall—. Una fuerza de la naturaleza.