Despertar en tu piel

LA CAÍDA DEL IMPERIO | III

MILES

Lo primero que sentí no fue el aroma a café recién molido de mi cafetera inteligente, sino un ruido metálico y chirriante que parecía taladrarme el cráneo. Estiré la mano para apagar el sistema, pero en lugar de tocar la superficie fría y lisa de mi mesa de luz de mármol, mi mano golpeó una pila de libros que se derrumbó ruidosamente sobre el piso.

—Maldita sea... —gruñí. Mi voz sonó extraña, demasiado aguda, pero mi cerebro todavía estaba procesando el exceso de whisky de la noche anterior.

Me tapé la cara con las sábanas. Eran ásperas, olían a suavizante barato y no tenían ese tacto de algodón egipcio que tanto me costó elegir. Abrí un ojo. El techo no era blanco inmaculado; tenía una grieta que parecía un mapa y una mancha de humedad en la esquina.

"¿Dónde carajos estoy?", pensé, incorporándome de golpe. El dolor de cabeza era real. Miré a mi alrededor. El cuarto era diminuto, las paredes estaban empapeladas con hojas de libros y fotos de autores muertos que no conocía, y había ropa colgada de una silla de madera que crujía con solo mirarla.

"Increíble, Dumont. Te pasaste de copas y terminaste en la casa de una "hippie". ¿Cómo se llamaba? ¿Chloe? No, Chloe olía a perfume caro, este lugar huele a... ¿lavanda y encierro?", pensé.

Me pasé la mano por el pelo, esperando sentir mi gel perfectamente colocado, pero mis dedos se enredaron en una melena larga y rebelde que me llegaba a los hombros. Me quedé congelado. Miré mis manos. Eran pequeñas, delgadas, con las uñas cortas y una mancha de tinta en el dedo índice.

El corazón me empezó a latir en la garganta. Salté de la cama que hizo un ruido de protesta y tropecé con un par de botas usadas hasta llegar a la única puerta que parecía un baño.

—Esto es una broma. Bauti, si me pusiste algo en el trago, te juro que te mato —susurré, entrando al baño minúsculo.

Manoteé la cadena de la luz, que era un cordón mugriento, y me planté frente al espejo manchado.

El grito que salió de mi boca no fue el de un hombre. Fue un alarido agudo, desgarrador, que rebotó en los azulejos viejos. En el espejo no estaba el heredero de la fortuna Dumont. No estaba el tipo más codiciado de Brookfield.

—¡¿QUÉ MIERDA ES ESTO?! —grité, tocándome las mejillas, el cuello, el pelo.

Me miré el pecho, bajé la vista hacia mis piernas... y volví a gritar.

Me pasé las manos por la cara, esperando que el contacto me despertara de esta pesadilla, pero lo único que sentí fue la suavidad de una piel que no era la mía.

—No puede ser... —susurré, acercándome tanto al vidrio que mi respiración lo empañó.

En el espejo me devolvía la mirada una chica de unos veinte años, con una cara que, para mi gusto, era demasiado... común. Tenía unos ojos castaños enormes, rodeados de pestañas largas pero despeinadas, y unas pecas diminutas que le cruzaban el puente de la nariz como si alguien hubiera salpicado café sobre ella.

Me toqué el pelo. Era una masa castaña y ondulada que le llegaba por debajo de los hombros, totalmente rebelde, nada que ver con mi corte de cien dólares. Bajé la vista y el horror aumentó. Llevaba puesto un pijama de algodón con dibujos de gatitos (¡gatitos!) que me quedaba un poco grande, revelando una contextura delgada y pequeña. Mis manos eran finas, con dedos largos que parecían diseñados para sostener una pluma estilográfica, no un volante de cuero.

—¡Soy una mujer! —exclamé, y mi propia voz, aguda y aterciopelada, me dio escalofríos—. Una mujer con pijama de gatitos y... ¿qué es esto?

En la repisa del lavamanos, al lado de un cepillo de dientes usado, había unos anteojos de marco grueso y negro. Los agarré como si fueran un bicho raro.

—Por favor, dime que además de pobre no soy miope —gruñí. Me los puse por curiosidad y casi me mareo; todo se veía borroso y gigante—. Okay, los debe usar para leer. Genial. Soy una intelectual de clase media-baja. ¡Esto tiene que ser una cámara oculta! ¡Bauti! ¡Santi! ¡Salgan de donde estén!

Grité tan fuerte que mi nueva garganta dolió. El silencio del pasillo se rompió por el sonido de unos pasos rápidos y pesados que venían hacia la puerta.

—¡Agnes! ¡¿Se puede saber por qué estás gritando como si te estuvieran matando?! —la puerta se abrió de golpe y una nena con cara de pocos amigos y el pelo atado en una colita tirante me miró con los brazos cruzados.

Me quedé mudo, con los anteojos de lectura todavía puestos en la punta de la nariz y una mano en el pecho.

—¿Quién eres y qué hacés en mi suite? —logré decir, intentando sonar imponente, aunque mi voz salió como un chillido asustado.

La nena parpadeó dos veces, me miró como si me hubiera salido una segunda cabeza y soltó una carcajada.

—¿"Tu suite"? Agie, creo que el examen de hoy te terminó de quemar las neuronas. Muévete, que mamá ya hizo el café y dice que si no bajas ahora, te va a cobrar el desayuno.

La nena se fue dando un portazo, dejándome solo en ese baño que parecía un set de filmación de una película de bajo presupuesto.

—Tranquilo, Miles. Es un sueño. Un sueño lúcido muy... muy vívido —murmuré, apoyando las manos en el lavamanos—. Solo tienes que encontrar tu teléfono, llamar a tu padre, que llame a los mejores abogados y científicos del mundo, y listo.

Salí del baño a los tropezones y empecé a revolver el cuarto de la tal Agnes. Tiré libros de poesía al piso, revolví cajones llenos de medias desparejas y cuadernos escritos a mano, pero no había ni rastro de un smartphone decente. Al final, encontré un aparato sobre la mesa de luz que parecía sacado de un museo: un teléfono con la pantalla astillada y una funda de silicona que había perdido su color original hace años.

—¿Esto es una broma? No tiene ni reconocimiento facial —intenté desbloquearlo, pero me pedía un patrón de puntos. ¡Un patrón!—. ¡¿Quién usa esto en 2026?!

Sentí que el aire me faltaba. Respiré hondo, como me había enseñado mi instructor de yoga cuando las acciones de Tesla bajaron un 2%. Inhala, exhala. Sos Miles Dumont. Sos un tiburón. Los tiburones no entran en pánico en cuartos con pósteres de Julio Cortázar.




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