Despertar en tu piel

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MILES

Caminé por el hall central tratando de no rozar a nadie; en este lugar, la higiene parecía ser un concepto opcional. El aire estaba saturado de un olor a humedad que me revolvía el estómago. "Paso uno: identificar a los amigos de Agnes", me repetí.

—¡Agnes! ¡Aquí! ¿Dónde te habías metido?

Me tensé. Una chica que parecía una percusión andante por la cantidad de pulseras que llevaba corrió hacia mí y me encajó un beso en la mejilla. Antes de que pudiera activar mi protocolo de distancia social, un tipo de pelo largo y remera de una banda que seguro nadie conocía se nos unió, dándome un empujón en el hombro.

—Hola —dije, intentando que mi voz no sonara tan aguda—. Tuve una... falla logística.

—¿"Falla logística"? —El tipo se rió—. Agie, te pegó mal el café. Vamos, que el viejo de Narrativa ya entró al aula 12.

—Estás rarísima —acotó la de las pulseras mientras me arrastraba por el pasillo—. Pero entiendo, entre los parciales, las tres horas en la biblioteca, el taller de tu madre y andar corriendo para llevar a Sasha a danza, es lógico que tengas el cerebro frito.

"¿Biblioteca? ¿Danza? ¿Taller?", pensé mientras sentía un tic en el ojo. Esta chica no era una estudiante, era una empresa de logística de bajo presupuesto.

Entramos al aula. Un recinto oscuro con bancos de madera rayados que parecían sacados de una película de terror. Me senté y el profesor, un hombre que parecía impreso en papel de diario viejo, repartió las hojas. Leí la consigna con desprecio: "Analice el conflicto del protagonista en relación a su entorno social".

Agarré la lapicera barata y empecé a escribir con una velocidad furiosa. No sé quién era el autor, pero sí sabía quién tenía la culpa.

"El protagonista no sufre un dilema moral, sino un problema de gestión de activos," redacté, dejando que mi verdadera personalidad fluyera. "Su entorno es hostil porque él opera bajo un modelo de hundimiento de costos, sin un plan de contingencia ni un retorno de inversión claro en sus vínculos afectivos. En conclusión: la obra es una apología a la ineficiencia operativa".

Entregué la hoja a los diez minutos y salí al pasillo. El profesor nos mandó a todos afuera para esperar las notas.

—¿Qué hiciste? —susurró la de las pulseras cuando salimos—. ¡Entregaste en tiempo récord! Agie, por favor, dime que aprobaste. Necesitás ese siete sí o sí para que la beca continúe. Sin el subsidio, te quedás afuera del sistema.

Me quedé helado. ¿Beca? ¿Me estás diciendo que este "envase" vive de un subsidio estatal? Mi patrimonio neto actual dependía de un promedio. Estaba en default.

—Ricci, pase —gritó el profesor desde el aula vacía.

Entré con la frente en alto. El profesor miraba mi examen como si fuera un bicho raro.

—Señorita Ricci... su análisis sobre la "ineficiencia operativa" de Cortázar es... inquietante —dijo él—. Esto no es lo que pedí.

—Mire, profesor —lo interrumpí, apoyando las manos en el escritorio con seguridad—. Usted busca metáforas, yo busco resultados. El protagonista es un activo tóxico. Mi análisis le ahorra tiempo de lectura y le da una perspectiva de mercado que esta facultad necesita. Podemos cerrar este trato con una nota que mantenga mis indicadores en verde, o podemos perder ambos el tiempo en una revisión innecesaria.

El hombre se quedó mudo. Me miró fijo, procesando mi audacia, y finalmente soltó una risita seca.

—Es tan cínico que resulta vanguardista. Tiene un ocho, Ricci. Solo porque me dejó desconcertado. Váyase.

Salí al pasillo y mis "amigos" me rodearon. Les dije la nota y casi se desmayan.

—¡Hay que festejar el finde! —gritó el tipo—. Cerveza y plaza, ¡te lo ganaste!

—Sí, claro, lo que digan —respondí, aunque en mi mente la idea de tomar cerveza barata en una plaza me producía urticaria.

Me estaba dando la vuelta para irme cuando la chica me agarró del hombro.

—¿A dónde vas? Te tocan las tres horas de turno en la biblioteca ahora, Ag. Si no vas, Martha te mata.

"Maldita sea", mascullé. Fui a la biblioteca y pasé tres horas moviendo libros llenos de polvo, sintiendo que mi valor de mercado caía con cada tomo de enciclopedia que acomodaba. Estaba terminando cuando el teléfono astillado de Agnes empezó a vibrar.

—¿Hola? —atendí con voz de pocos amigos.

—¡Agnes! Me llamó la profesora de danza de Sasha —era la voz de la madre de Agnes, sonando al borde del colapso—. Dice que no la pasaste a buscar y que ella tiene que cerrar el salón. ¡Hija, te olvidaste! Yo no puedo dejar los pedidos de las agendas a la mitad, ¿puedes ir ya?

Sentí un cansancio físico que mi cuerpo real nunca había conocido. Era un agotamiento de clase media que me estaba liquidando.

—Está bien, está bien. Voy —dije, frotándome el puente de la nariz—. Pero recuérdame... ¿dónde era el lugar de danza?

—¿Cómo te vas a olvidar? En la calle Salta, al lado de la panadería. ¡Corre, Agnes!

Corté la comunicación y miré mi reflejo en el vidrio de la biblioteca. Tenía el suéter beige sucio, el pelo hecho un desastre y ahora tenía que ir a buscar a una adolescente intensa a una clase de danza.

—Definitivamente —susurré—, el universo tiene un sentido del humor muy retorcido.

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Llegué a la puerta del estudio de danza después de perderme tres veces y casi ser arrollado por un repartidor en bicicleta. El lugar olía a spray para el pelo y transpiración juvenil. Ahí, parada en la vereda con los brazos cruzados y una expresión que podría congelar el nitrógeno, estaba la criatura.

—Llegas tarde. Exactamente diecisiete minutos tarde —sentenció ella, escaneándome como si fuera un guardia de seguridad del aeropuerto—. Y tienes una mancha de polvo en el hombro. ¿Qué estuviste haciendo? ¿Peleándote con un bibliotecario o revolcándote en un archivo muerto?

—Escúchame bien, pequeña... —me frené en seco. ¿Cómo se llamaba? ¿Sabrina? ¿Sandra? ¿Santi? No, Santi era el idiota de mi squad—. Escuchame bien, Sasha —arriesgué, esperando no haberme confundido con la marca de algún perfume—. Tuve una crisis de gestión de tiempo en la biblioteca. Súbete al transporte y no me hagas perder más minutos de los que ya perdí.




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