Despertar en tu piel

EL PESO DE LA CORONA | VI

AGNES

Me quedé helada. Mis manos, ahora grandes y con venas marcadas, empezaron a sudar. No tenía idea de quién era Santi, ni qué video era ese, ni por qué el mundo parecía estar esperando una reacción de mi parte.

—El video... sí. Increíble —logré decir, tratando de que mi voz profunda no sonara como la de una chica a punto de llorar.

—"Increíble". ¡Es épico, hermano! — El chico se rió, pasando un brazo sobre mis hombros mientras me arrastraba hacia el edificio principal—. Nunca nadie le había dicho eso al manager del club en la cara. Eres un animal, Miles. Sos nuestro ídolo.

Caminamos por el pasillo y sentí que el aire se volvía pesado. Chicas con ropa que parecía salida de una revista de Milán se daban vuelta para mirarme, y algunos chicos me saludaban con un gesto de respeto que yo nunca había recibido en mi vida. Era una sensación extraña.

—¡Miles! ¡Dumont! —una voz femenina, aguda y cargada de una seguridad que rozaba la arrogancia, cortó el aire.

Me detuve en seco. Una chica rubia, con un conjunto deportivo de diseñador que le quedaba como si hubiera sido esculpido sobre ella, venía hacia nosotros a paso firme. Tenía una belleza intimidante, de esas que te hacen querer pedir perdón por existir.

—Viene con los tapones de punta, hermano —susurró el rubio, dándome un codazo cómplice—. Suerte con eso.

Antes de que pudiera preguntar quién era ella, la chica llegó a mi altura. Me miró con unos ojos grandes y brillantes, pero cargados de reproche.

—Se puede saber por qué no me contestas los mensajes, Miles? —me espetó, cruzándose de brazos—. Me dejaste plantada anoche. Mi mamá compró ese vino que te gusta y mi papá se quedó esperándote con los habanos.

Me quedé muda. ¿Habanos? ¿Vino? ¿Plantada? Traté de rebuscar en mi memoria algún recurso para salir del paso.

—Yo... lo lamento mucho. Tuve una... —traté de buscar una palabra técnica, algo que Miles diría— una desconexión en mi sistema operativo.

—¿Tu qué? —ella arrugó la nariz, pero de repente su expresión cambió a una de preocupación—. ¿Todavía te sientes mal? Porque anoche me dijiste que te estabas muriendo, pero Santi dice que te vio pasar con el auto a mil por hora cerca de ese club nuevo.

"¡Maldito Miles!", pensé. Le había mentido a esta chica y ahora yo estaba pagando las consecuencias.

—Sí, me siento... diferente. Muy diferente —dije con mi nueva voz de violonchelo, tratando de mantener la distancia.

—Bueno, ven aquí, que te extrañé —dijo ella con una sonrisa que se suavizó de golpe.

Y entonces pasó. Se acercó con una naturalidad que me congeló la sangre y, antes de que pudiera procesar qué estaba pasando, se puso en puntitas de pie y buscó mis labios para darme un beso.

Mi reacción fue instintiva. En lugar de recibirla, eché la cabeza hacia atrás con un movimiento tan brusco que casi me disloco el cuello. Mis ojos se abrieron como platos y puse mis manos gigantes frente a mi pecho para marcar una zona de exclusión.

—¡No! ¡Alto! ¡Protocolo! —grité, con la voz quebrándose hacia un agudo ridículo.

El rubio soltó una carcajada que resonó en todo el hall. La chica se quedó congelada, con los labios todavía estirados hacia el aire vacío y una expresión de humillación total que rápidamente se transformó en furia.

—¿"Protocolo"? —repitió ella, con un tono que prometía mi muerte—. ¿Me estás rechazando un beso, Miles Dumont? ¿A tu novia? ¿A Victoria Colucci?

"Victoria Colucci", anoté mentalmente. Así que esta era la novia. El terror me recorrió la espalda. Yo era una chica de Letras, introvertida y miedosa, y jamás, ni en mis sueños más locos, había besado a una mujer. Y menos a una que parecía poder comprar mi casa solo con el reloj que llevaba puesto.

—Vicky... —dije, tratando de calmar las aguas mientras retrocedía un paso—. No es lo que parece. Es que... soy un hombre nuevo. Literalmente. Y tengo... miedo de contagiarte mi... desajuste energético.

—¿Desajuste energético? —Victoria me miró como si me hubiera salido una tercera oreja—. Miles, ayer estabas "enfermo" y hoy hablas como un gurú de yoga. ¿Te lavaron el cerebro o finalmente te volviste loco?

—Debe ser el estrés de la presentación —intervino el rubio, tratando de salvarme sin saber que me estaba hundiendo más—. Ya saben cómo es Miles cuando se obsesiona con los números.

—No sé qué es Bauti—sentenció Victoria, acomodándose el bolso con un gesto violento, "Bauti" se llama el rubio, anotado—. Pero más te vale que para la cena de hoy recuperes la cordura Miles. No voy a permitir que me hagas pasar vergüenza frente a mi padre otra vez con estas... estas ridiculeces.

Se dio la vuelta y se fue, dejando una estela de perfume de cereza y una tensión que se podía cortar con un cuchillo.

—Uff —Bauti me palmeó la espalda de nuevo—. Creo que vas a tener que invertir mucho en control de daños, amigo. Nunca vi a Vicky así de sacada.

Yo solo podía pensar en una cosa: si esta era la mañana, no quería imaginarme lo que sería el resto del día. Mi vida en el bus de las 9:00 de repente me parecía el paraíso terrenal.

Entré al aula de "Estrategia de Mercados" sintiéndome como un impostor en un banquete real. El salón no tenía bancos rayados ni olor a humedad; eran butacas de cuero con enchufes individuales y una pantalla gigante que proyectaba gráficos que parecían electrocardiogramas de gente muy estresada.

—Dumont, qué bueno que se une —dijo el profesor, un hombre de traje gris que me miró con una ceja levantada—. Estábamos por empezar el análisis de caso de la aerolínea en crisis. Ya que usted siempre tiene una opinión sobre cómo limpiar los activos, pase al frente y resuelva el dilema de la deuda estructural.

Bauti me dio un empujón mientras me susurraba: — Vamos, Miles, humillalo como siempre.

Caminé hacia la pizarra electrónica. Las manos me temblaban tanto que escondí los dedos en los bolsillos del pantalón de seda. Miré los números: columnas rojas, porcentajes de pérdida, proyecciones de quiebra. Para Miles, esto seguramente era un juego de suma cero. Para mí, era un jeroglífico.




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