Despertar en tu piel

EL COLAPSO DE LA MERITOCRACIA | VII

MILES

La cama de Agnes no era una cama, era una tortura de resortes vencidos que chirriaban con cada respiración. Me quedé mirando el techo, donde unas estrellas de plástico fluorescente brillaban con una intensidad ofensiva. ¿Quién mayor de diez años tenía estrellas en el techo?

Intenté acomodar la almohada que tenía la consistencia de un saco de papas, y cerré los ojos, tratando de ignorar el sonido de un gato peleando en el techo de chapa vecino y la música que retumbaba desde algún auto en la calle. En Boston, el silencio se pagaba caro. Aquí, el ruido era el único lujo gratuito.

—¿Agnes? ¿Sigues despierta, hija?

La puerta se abrió sin que nadie golpeara. Sin permiso. Sentí un espasmo de irritación. En mi mundo, entrar a una habitación sin previo aviso era motivo de despido inmediato.

La mujer, la madre de Agnes, cuyo nombre me negaba a retener para no darle espacio en mi disco rígido, se sentó en el borde del colchón.

—Te traje un té de tilo, te vi muy tensa con las agendas —dijo, estirando una taza con flores pintadas.

—No tomo té de flores —respondí—. Y no estoy tensa. Estoy procesando la ineficiencia logística de este lugar.

La mujer parpadeó, confundida, y puso una mano en mi frente. Su mano olía a lavanda y a trabajo manual.

—Estás hablando rarísimo desde hoy, Agie ¿Te sientes bien? ¿Es por lo que hablamos de la cuota del instituto? No te preocupes, mañana vamos a la feria y sacamos lo que falta.

Me incorporé, sintiendo el roce de la sábana de algodón barato contra la piel.

—Madre... —empecé, tratando de mantener la compostura—. No sé nada de ferias, ni de cuotas, ni mucho menos me interesa el horóscopo de Sagitario. Solo necesito que me deje dormir. Mi cerebro funciona en ciclos de descanso de noventa minutos y usted está interrumpiendo el primero.

La mujer se quedó muda unos segundos. En lugar de irse, me miró con una mezcla de lástima y ternura que me resultó insoportable.

—Ay, mi vida. El eclipse te pegó fuerte, ¿no? Mañana te hago una limpieza con ruda. Toma el té y descansa, mañana hay que madrugar para terminar los pedido.

Se inclinó y, antes de que pudiera reaccionar, me plantó un beso en la mejilla. Se levantó y salió cerrando la puerta, dejándome ahí, estupefacto, con una taza de té tibio en la mano y la mejilla ardiendo por un afecto que no me pertenecía.

Me limpié la cara con la manga del pijama de polar. "Mañana hay que madrugar", había dicho.

—Ni muerto —le susurré a las estrellas de plástico—. Mañana encuentro a ese usurpador, recupero mi Porsche y borro este barrio de mi GPS para siempre.

_________________________

El despertador sonó a las 6:30 AM con una melodía de flautas que me dieron ganas de estampar el teléfono contra la pared. Según el cronograma pegado en el ropero, hoy Agnes tenía "Semiótica II".

—Ni en un millón de años voy a sentarme en un aula a escuchar a un tipo con barba hablar de signos —mascullé mientras me ponía lo primero que encontré: unos jeans

y un buzo color rosa. Patético.

Mi plan era simple: ir a mi penthouse, entrar por el garage privado, ducharme en mi mármol italiano y llamar a mi equipo de abogados para que demandaran al universo. Pero había un problema técnico. Mi Porsche no estaba, y mi billetera estaba en manos del usurpador.

Tuve que preguntarle a una señora en la parada cómo llegar a Beacon Hill.

—¿El 54 te deja, nena? —me dijo, mirándome como si fuera un bicho raro—. Pero ese va para el otro lado. ¿No vas a la facultad?

—Voy a recuperar mi dignidad, señora. Guarde sus consejos de transporte para alguien que los necesite.

Después de dos trasbordos en bus que olían a encierro y una caminata que me dejó las zapatillas hechas bosta, llegué. Ahí estaba: Mi reino.

Me acerqué a la entrada principal con mi paso de mando habitual, pero antes de que pudiera cruzar la puerta giratoria, un brazo uniformado me bloqueó el paso. Era Harris, el guardia de seguridad que yo mismo había contratado el año pasado.

—Atrás, señorita. Esta es una entrada privada —dijo Harris, con esa voz monótona que yo siempre le exigí.

—Harris, no seas idiota. Muévete—le ordené.

Harris parpadeó, confundido por un segundo, pero luego me miró de arriba abajo. Mi cuerpo actual medía un metro sesenta y tenía una mochila con un llavero de un gatito.

—¿Cómo sabe mi nombre? Mire, si es una de las fans de las redes sociales del señor Dumont, sepa que él no recibe visitas sin cita previa. Y mucho menos... —hizo una pausa, mirando mis zapatillas sucias— de este perfil. Circule, por favor.

—¿Fans? ¿Me estás cargando? —grité, sintiendo que la vena de la frente me iba a explotar—. ¡Soy Miles Dumont! ¡Yo te firmé el bono de Navidad de cinco cifras el mes pasado! ¡Muévete ahora mismo o te juro que vas a terminar custodiando un depósito de chatarra en los muelles!

Otro guardia, un tipo nuevo que ni siquiera reconocía, se acercó con la mano en el cinturón.

—¿Algún problema, Harris?

—La chica, que dice que es el jefe. Debe estar bajo los efectos de algo o es una de esas locas del instituto.

—¡No estoy bajo los efectos de nada! —chillé, indignado—. ¡Llamen a mi asistente! O llamen a mi padre, él me va a reconocer.

—El señor Dumont está en una reunión de alta prioridad y no puede ser molestado por... artesanas —dijo el guardia nuevo, mirando con asco un resto de plasticola que todavía tenía pegado en la uña del dedo índice—. Si no se retira ahora mismo, nos vamos a ver obligados a llamar a la policía.

Me quedé ahí, parada en la vereda de mi propio edificio, viendo cómo la puerta de cristal se cerraba en mi cara. Yo, que podía mover millones de dólares con un mensaje de texto, no podía ni siquiera entrar a mi propio baño.

—Esto es un Default Operativo absoluto —gruñí, pateando un tacho de basura plateado—. ¡Me las vas a pagar, usurpador! ¡Donde sea que estés usando mi cuerpo, espero que te estés chocando contra todas las paredes!




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