Despertar en tu piel

CONTRATO INVISIBLE | VIII

AGNES

El día había sido un simulacro de incendio constante. Entre reuniones sobre fondos de inversión que no entendía y Harris persiguiéndome con una tablet para que firmara documentos digitales, sentía que el cerebro me iba a explotar. Recién cuando la ciudad empezó a encender sus luces y me quedé a solas en el inmenso living del penthouse, pude respirar.

Me desplomé en el sillón de cuero y busqué el celular en el bolsillo del pantalón de vestir. Tenía un mensaje de voz de un número desconocido. Al darle play, el mundo se detuvo.

—Escúchame bien, usurpador. Soy Miles. Sí, el dueño del cuerpo que estás usando...

Me llevé la mano a la boca, ahogando un grito. Era mi voz. Era yo, o mejor dicho, era mi cuerpo, pero hablando con una frialdad y una soberbia que me pusieron la piel de gallina. No era una alucinación: Miles Dumont estaba atrapado en mi casa, usando mis cuerdas vocales para escupir amenazas financieras.

—Dios mío, Miles... esta en mi cuarto —susurré, sintiendo un escalofrío al imaginarlo rodeado de mis peluches y mis libros de poesía.

Miré el número del que provenía el audio. No era el mío. Seguramente habrá pedido prestado uno, si quería hablar con él tenía que escribirle a mi propio número, el que él seguramente estaba usando desde mi casa.

Con los dedos largos de Miles, anote mi número y escribí con urgencia:

"Escuché tu mensaje. Soy Agnes. Casi me da un infarto al escuchar mi propia voz diciendo esas cosas, pero ahora entiendo todo: estamos cruzados. Miles, necesito que mantengas la calma. No le grites a mi mamá y, por favor, no rompas nada en mi cuarto. Ven al edificio ahora mismo. Voy a dar la orden en la entrada para que te dejen pasar. Tenemos que resolver esto antes de que la gala destruya nuestras vidas (o las acciones de tu empresa). Te espero en el lobby."

Le di a enviar y me quedé mirando la pantalla, viendo cómo el "Enviado" se marcaba en azul.

Me levanté y caminé hacia el ventanal. Si Miles era la mitad de impulsivo de lo que sugería su mensaje de voz, probablemente ya estaba en camino, listo para prender fuego el edifico si no le abrían la puerta.

—Harris —llamé por el intercomunicador, tratando de sonar autoritaria—. Va a venir una chica. Pelo castaño, probablemente vestida con ropa que te va a parecer un insulto al buen gusto. Dejala pasar directamente a mi piso.

Me quedé de pie en medio del living, rodeada de un silencio que solo se veía interrumpido por el zumbido del sistema de climatización.

De pronto, el timbre sonó. Un sonido seco y nítido.

Caminé hacia la puerta y la abrí. Ahí estaba.

Miles, habitando mi cuerpo de un metro sesenta, estaba parado en el pasillo del palier privado. Tenía los brazos cruzados sobre mi buzo, el pelo desprolijo por la llovizna de Boston y una expresión de furia tan concentrada que me dio escalofríos. Nos quedamos mirando un largo rato en silencio. Era perturbador, era mi cara, mi piel, mis ojos, pero con una mirada cargada de un veneno y una autoridad que yo nunca había tenido.

Él no dijo "hola", ni pidió permiso. Me pasó por al lado como una ráfaga, entrando a su propiedad con la seguridad de quien sabe que es el dueño de cada centímetro de ese mármol, aunque ahora sus pasos fueran mucho más cortos.

—¡Finalmente! —gritó Miles, lanzando mi mochila de gatito sobre un sillón de diseñador de tres mil dólares—. ¡Paredes sólidas y ni un solo rastro de té de flores!

Caminó directo al mueble bar, agarró una botella de whisky que costaba más que todos mis ahorros y se sirvió un trago corto con una mano que le temblaba de la rabia. Se dio la vuelta, me miró de arriba abajo evaluando su propio cuerpo y me señaló con el vaso.

—Mirame. Estoy en un cuerpo que funciona a base de cereales —dijo con mi voz, pero con un tono de mando que me hizo dar un paso atrás—. Explicame ahora mismo cómo vamos a revertir este desastre, Agnes.

—¡Yo también estoy asustada, Miles! —le respondí, y escuchar la voz de él saliendo de mi boca todavía me mareaba—. Escuché tu mensaje de voz. ¿"Usurpador"? ¿En serio? Yo no pedí estar en este cuerpo que mide casi dos metros y que tiene la calidez de un iceberg.

Miles soltó una carcajada seca y amarga, dándole un trago al whisky.

—Ese mensaje de voz fue un acto de misericordia comparado con lo que le voy a hacer al universo cuando recupere mi vida —se siseó, acercándose a mí. Era raro tener que mirar hacia abajo para verlo—. Mi asistente cree que me volví loco, mi padre y mi amigo me dieron la espalda.

Dejó el vaso sobre una mesa de cristal con un golpe seco.

—No voy a volver a ese lugar, Agnes. No voy a dormir en una cama que chirría ni voy a dejar que esa mujer me vuelva a poner una mano en la frente para ver si tengo fiebre. Me quedo acá.

—¿Aquí? —repetí parpadeando—. Miles, no puedes quedarte aquí. Si alguien te ve entrar o salir, van a pensar que... no sé qué van a pensar, pero no va a ser bueno para tu imagen.

—Soy el dueño del edificio —remató él, cruzándose de brazos—. Y ahora mismo, soy la única persona que sabe cómo manejar esta empresa. Así que siéntate. Vamos a diagramar un plan de contingencia porque mañana, a primera hora, tú tienes que ser yo, y yo... —se miró las manos con asco— yo tengo que sobrevivir a ser una estudiante de letras.

—No puedes quedarte aquí, Miles —insistí, mientras él inspeccionaba el living con una familiaridad que me resultaba chocante—. Si Victoria llega y te ve aquí conmigo, se va a armar un escándalo.

Miles se detuvo en seco. Giró sobre sus talones y me clavó esa mirada gélida que, en mi cara, se veía extrañamente intensa.

—¿Victoria? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Hablaste con ella?

—Me interceptó en la facultad —solté, y el solo recuerdo me hacía sudar—. No sabía qué hacer. Apareció de la nada y me encaró frente a todo el mundo. Me agarró del brazo y... bueno, se puso muy personal.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.