MILES
Nunca en mis veinte años imaginé que entraría a una de mis propias galas benéficas con un vestido de seda y zapatos que me obligan a caminar como si estuviera pisando huevos. Pero aquí estoy. Gracias a mi tarjeta de crédito logré armar un look lo suficientemente sofisticado para pasar desapercibido entre la élite de Boston.
Me aseguré de que mi reflejo en el espejo del auto fuera impecable: maquillaje sutil para resaltar la cara de Agnes y el peinado que le da el toque de clase que ella nunca tuvo. Mi plan era perfecto. No iba a dejar que una chica que se emociona con la "lana orgánica" manejara mi imagen en la noche más importante del año. Yo iba a ser su sombra. Una "invitada de la familia" para el resto, pero su director de orquesta en la realidad.
Caminé por la alfombra roja unos metros detrás de mi propio cuerpo.
Ver a Agnes habitando mi metro noventa y mi traje de etiqueta bajarse del auto, fue una experiencia surrealista. Se veía imponente, pero yo podía notar ese micro-temblor en sus hombros que solo yo conocía.
"Espalda recta, Agnes", le ordené mentalmente mientras los fotógrafos se peleaban por su atención.
Entré al salón principal. El aroma a champagne caro y a acuerdos de pasillo me devolvió el alma al cuerpo. Me ubiqué estratégicamente cerca de una de las barras de mármol, vigilando cada movimiento.
De repente, la multitud se abrió. Victoria apareció con un vestido rojo, caminando con esa seguridad de quien sabe que su apellido vale billones. Se dirigió directo hacia Agnes (o sea, hacia mí) con una sonrisa que me puso los pelos de punta.
Me alejé un poco, lo suficiente para no ser obvio pero manteniendo el ángulo visual perfecto. Me serví una copa de champagne del bueno, y observé la escena como quien mira una partida de ajedrez de alto riesgo.
Desde lejos, Agnes se veía impecable en mi cuerpo. Victoria estaba colgada de su brazo, hablándole al oído, y aunque no podía escuchar ni una palabra por el ruido de la orquesta, podía ver que Agnes estaba resistiendo. No salió corriendo, no tartamudeó y, sobre todo, no puso esa cara de susto que suele tener.
Nada mal, Agnes. Nada mal, pensé, dándole un sorbo a la copa. Todavía caminas como si tuvieras miedo de romper el piso, y esos ojos... Dios, esos ojos siguen siendo demasiado Agnes. Demasiado brillantes, demasiado "buenos". No logramos matar del todo esa mirada.
Estaba tan concentrado analizando el lenguaje corporal de mi propio cuerpo que no sentí que alguien se acercaba por detrás.
—¿Una mujer tan elegante y sola en la barra? Eso es un pecado capital en una fiesta de los Dumont.
Me tensé. Conocía esa voz. Me giré despacio y me encontré con Julian Vance, un heredero de la industria textil, egocéntrico, con más dinero que neuronas y, lamentablemente, uno de mis conocidos del club de yates. Julian me miró de arriba abajo con una sonrisa depredadora que me dio náuseas. Si yo estuviera en mi cuerpo real, ya lo habría despachado con un comentario sarcástico, pero ahora... ahora él me veía como una presa.
—Me llamo Julian —dijo, estirando una mano con un anillo de sello ridículo—. No te he visto en el circuito antes. ¿Eres invitada de Miles?
—Algo así —respondí, tratando de forzar una voz femenina que no sonara como si tuviera algo atorado en la garganta.
—Bueno, Miles está muy ocupado con Victoria, como siempre. Ese tipo no sabe divertirse —soltó Julian con una carcajada—. ¿Me concederías este baile? La orquesta está tocando algo que merece ser bailado.
Mi primera reacción fue querer darle un puñetazo en la nariz. Pero entonces miré hacia la pista de baile. Agnes y Victoria se estaban moviendo hacia allá. Si aceptaba bailar con este idiota, podría acercarme lo suficiente para vigilar lo que Victoria le decía a Agnes sin levantar sospechas. Sería el escudo perfecto.
—Sería un placer —dije, fingiendo una sonrisa encantadora que me dolió en el alma.
Julian me tomó de la mano y me guio hacia la pista. Mientras caminábamos, vi a Agnes de reojo. Ella me vio. Vi cómo sus ojos (mis ojos) se abrían de par en par al verme del brazo de Vance. Casi se tropieza con su propio pie del impacto.
Concéntrate en Victoria, Agnes, le grité mentalmente mientras Julian me ponía una mano en la cintura y empezaba a moverme al ritmo de un vals.
Me movía por la pista de baile con cierta torpeza porque, seamos sinceros, nunca practiqué cómo ser la que sigue los pasos y mi único objetivo era quedar lo más cerca posible de Agnes. Ella estaba ahí, a menos de dos metros, tratando de no colapsar mientras Victoria le susurraba cosas al oído.
—Es una pena que estés aquí sola, preciosa —me dijo Julian, acercando su cara más de lo necesario—. Pero bueno, si eres invitada de Miles Dumont, ya deberías saber que ese tipo no tiene tiempo para nadie que no sea él mismo.
Me tensé. Mis dedos se enterraron un poco más en el hombro de su traje.
—¿Ah, sí? —pregunté, forzando una voz suave y curiosa—. ¿No se llevan bien?
—Nadie se lleva bien con Miles. Es un témpano. El tipo camina como si el aire que respiramos fuera de su propiedad —soltó Julian con una risita burlona—. Es un robot con traje. Fíate como está ahí con Victoria. Parece que está analizando un contrato de fusión en lugar de estar con la mujer más linda. No tiene sangre en las venas. Es pura fachada y arrogancia.
Sentí que la sangre me hervía. Estaba escuchando una reseña en vivo de mi propia personalidad y, por alguna razón, tener que recibirla en el cuerpo de Agnes lo hacía mucho más insultante.
—A lo mejor solo es... selectivo —respondí, apretando los dientes detrás de mi sonrisa fingida.
—Selectivo, no. Es un aburrido —insistió Julian, dándome un giro innecesario que casi me hace perder el equilibrio—. Te apuesto lo que quieras a que ahora mismo le está contando a Victoria el precio de las acciones de la mañana. No sé cómo ella lo aguanta. Si yo fuera él, bueno... yo sí sabría qué hacer con una mujer así. Miles es un desperdicio de apellido.